El silencio de Redwood Falls no dormía.
Aprendí eso la primera noche.
Desde el balcón de mi habitación, el bosque parecía un mar n***o e inmóvil, pero yo sabía que estaba vivo. Siempre lo están los lugares que callan demasiado. El viento se deslizaba entre las secuoyas como un susurro antiguo, y por un momento tuve la absurda sensación de que el pueblo respiraba conmigo... o contra mí.
Me apoyé en la baranda, encendí un cigarrillo a pesar de la estricta desaprobación de Alexander Hunter, mí padre y dejé que el humo se mezclara con la neblina nocturna. No fumaba por ansiedad. Fumaba para pensar. Para sentir que aún tenía el control de algo.
Redwood Falls no me intimidaba.
Pero tampoco me gustaba.
Había miradas demasiado largas. Silencios demasiado precisos. Personas que parecían saber cosas que yo aún no. Y eso... eso era peligroso.
Yo no era una chica fácil de descifrar. Nunca lo fui. Y los lugares como este solían odiar a las personas que no podían encasillar.
El sonido de una puerta abriéndose detrás de mí me hizo girar apenas el rostro.
—Blake... —susurró Alondra.
Mi hermana menor apareció con su pijama de algodón y el cabello recogido de cualquier forma. Sus ojos claros recorrían la oscuridad con una mezcla de miedo y curiosidad.
—No puedes dormir —afirmé, apagando el cigarrillo en el cenicero.
—Este lugar me da escalofríos —admitió, acercándose—. Es como si... no sé, como si todos supieran algo menos nosotras.
Sonreí apenas.
Inteligente. Demasiado para su edad.
—Regla número uno, Alondra —dije con voz baja—: cuando sientas que alguien te observa, probablemente sea porque lo está haciendo.
Ella frunció el ceño.
—Eso no ayuda.
—Nunca dije que lo haría.
La abracé por los hombros y la guié de regreso al interior.
—Duérmete. Mañana conocerás la preparatoria, harás amigas y fingirás que este lugar es normal.
—¿Y tú?
—Yo no finjo —respondí—. Yo observo.
Cerré la puerta tras ella y volví al balcón.
Mis pensamientos regresaron inevitablemente a la cafetería.
A esa mesa del fondo.
A esos ojos azules.
Había algo en su manera de mirar que no era curiosidad ni deseo inmediato. Era evaluación. Como si midiera amenazas. Como si me reconociera.
Eso era nuevo.
Y peligroso.
A la mañana siguiente, Redwood Falls se disfrazó de normalidad.
Evelyn Hunter parecía encantada con la cocina amplia, Nana Matilde tarareaba mientras preparaba el desayuno, y Alexander ya hablaba por teléfono de inversiones, terrenos y futuros negocios. Como si el pueblo fuera solo otro tablero que conquistar.
Yo bajé vestida de n***o. Siempre de n***o.
—¿No tienes ropa más clara? —preguntó mi madre, observándome.
—La tengo. No la uso.
Bosco nos llevó a la preparatoria. El edificio gris se alzó frente a mí como una advertencia. Viejo, sobrio, silencioso. Demasiado atento.
—Todos aquí estudian juntos desde niños —comentó Bosco—. Se conocen bien.
—Eso explica las miradas —respondí, bajando del auto.
En la entrada, sentí el impacto inmediato. Ojos. Susurros. Nombres que aún no conocía pronunciados en voz baja.
Hunter.
El apellido pesaba.
El pasillo principal de la preparatoria olía a desinfectante viejo y rutina. Lockers metálicos, murales escolares desteñidos y miradas que se deslizaban sobre mí como cuchillas mal afiladas. Nadie decía nada, pero todos observaban.
Fue entonces cuando una voz rompió el silencio incómodo.
—Ok, no quiero sonar intensa, pero definitivamente no eres de aquí.
Me giré.
La chica frente a mí tenía el cabello castaño oscuro, rizado de forma natural, ojos vivaces y una sonrisa que no parecía ensayada. Vestía jeans rotos, botas y una chaqueta demasiado grande para su cuerpo. Había algo caótico en ella... y eso me agradó.
—¿Tan obvia soy? —respondí.
—Mucho. Aquí todos caminamos como si pidiéramos permiso para respirar —se encogió de hombros—. Tú no.
La observé un segundo más de lo necesario.
—Blake Hunter.
—Mila Carter —extendió la mano—. Y antes de que preguntes: sí, ya escuché todo sobre ti.
—Déjame adivinar —arqueé una ceja—. Familia rica, nueva en el pueblo, futuros negocios, posible amenaza al equilibrio emocional de Redwood Falls.
Mila soltó una carcajada genuina.
—Me caes bien. Ven, antes de que alguien te adopte por lástima.
Caminamos juntas por el pasillo. Dos chicas se le unieron de inmediato.
—Ella es Harper —dijo Mila—, reina no oficial de los clubes escolares.
—Solo organizo cosas —se defendió Harper con una sonrisa amable.
—Y Sienna —añadió—. No habla mucho, pero escucha todo.
Sienna me observó con curiosidad, evaluándome en silencio. No había hostilidad en ella. Solo cautela.
—¿Es cierto que vienes de Los Ángeles? —preguntó Harper.
—Entre otros lugares —respondí—. Nos mudamos seguido.
—Eso explica la vibra —murmuró Sienna.
—¿Qué vibra? —pregunté.
—La de no te metas conmigo —respondió Mila sin dudar—. Ahora... advertencia obligatoria.
Se inclinó hacia mí, bajando la voz.
—Este pueblo funciona como una manada. Hay reglas no escritas. Personas intocables. Y chicos que es mejor no mirar dos veces.
—¿Y si miro tres? —pregunté.
Mila sonrió de lado.
—Entonces definitivamente seremos amigas.
Llegamos a la cafetería del instituto. Y ahí estaban.
El aire cambió.
Allí estaba el chico de cabellera negra de la cafetería sentado sobre una mesa, relajado, como si el lugar le perteneciera. Chaqueta oscura, postura despreocupada, mirada afilada. A su lado estaba su acompañante de ayer que reía de algo que otro chico acababa de decir. Un poco más allá, un chico de cabellera castaña me observaba... serio, tenso, con los ojos clavados en mí sin pudor.
—Ok —dije sin apartar la vista—. Nombres. Ahora.
Mila suspiró.
—Bienvenida al circo. El de cabello n***o es Jax Cole.
—¿The Blade? —pregunté sin pensar.
Mila alzó las cejas.
—Vaya... aprendes rápido. Sí. Nadie sabe bien su vida, pero créeme: encaja.
Jax levantó la vista en ese instante. Me vio.
Y no sonrió.
—El rubio es Ethan Moore, su mejor amigo. El que parece sacado de una pelea constante es Logan Reed —continuó—. Ese... cuidado con ese.
—¿Por qué?
—Porque cuando Logan quiere algo, no sabe perder —dijo Harper—. Y ahora mismo te está mirando como si ya fueras suya.
Sentí una punzada de fastidio.
—Qué mal por él.
—El otro es Noah Bennett, primo de Jax —añadió Sienna—. No es peligroso. Solo curioso.
—¿Y la chica? —pregunté.
Una joven de cabello rubio ceniza, perfectamente alisado, me observaba desde otra mesa. Su mirada no era curiosa. Era fría. Territorial.
—Ah... —Mila torció la boca—. Esa es Vera Holloway.
—¿Debería conocerla?
—No —respondió Mila—. Pero ella cree que sí. Lleva años siendo la chica del pueblo. Y tu llegada... no le cayó bien.
Como si hubiera sentido que hablábamos de ella, Vera se levantó y caminó hacia nosotros con pasos medidos.
—Así que tú eres la nueva forastera —dijo, sin molestarse en sonreír.
—Depende —respondí—. ¿Eso es bueno o malo?
Los labios de Vera se tensaron.
—Este pueblo no es como los lugares de donde vienes.
—Eso ya lo noté.
—Aquí cuidamos lo nuestro.
La miré fijamente.
—Entonces hazlo. Yo no vine a quitarle nada a nadie.
Por un segundo, el silencio fue espeso. Jax observaba desde lejos. Logan había dejado de fingir desinterés.
Vera dio un paso atrás.
—Veremos cuánto duras.
Se marchó.
Mila exhaló.
—Ok... eso fue intenso.
—¿Siempre es así? —pregunté.
—No —respondió—. Solo cuando alguien amenaza el equilibrio.
Miré nuevamente a Jax.
Él seguía ahí. Inmóvil. Observando.
Y supe algo con absoluta certeza:
Redwood Falls no solo iba a ponerme a prueba.
Iba a enfrentarme con todo lo que intentaba controlar.
Y yo, yo nunca me he sabido controlar en nada...