La casa amaneció distinta.
No sucia. No desordenada. Distinta.
Como si las paredes hubieran escuchado demasiado y ahora guardaran secretos que no me pertenecían del todo.
No fue una sorpresa despertarme y no contratarme con Jax.
Sabía que no se quedaría y escaparía porque el ruido no le gustaba y mucho menos las explicaciones luego de lo sucedido entre nosotros.
Caminé descalza por el pasillo, con el sol entrando a medias por los ventanales, y sentí el peso de la noche anterior en el cuerpo.
No era resaca.
Era memoria.
El chalet seguía ahí, al fondo del jardín. Cerrado. Silencioso. Como si nada hubiera ocurrido dentro. Como si no hubiera sido testigo de un beso que no se parecía a ninguno de los anteriores y el que provocó que el encuentro terminara en mi habitación.
Me preparé café sin encender música. Bosco había salido temprano a llevar a Matilde por despensa al pueblo. Mis padres regresarían por la tarde. Tenía horas por delante para pensar, y eso era justo lo que no quería hacer.
Pero Jax estaba ahí.
En mi cabeza.
En mi pecho.
En esa parte incómoda donde empiezan las preguntas que no tienen respuestas inmediatas.
Durante días, me había repetido que lo nuestro era ruido. Provocación. Un juego de miradas y límites borrosos. Algo que yo controlaba.
El problema era que, anoche, dejé de hacerlo.
No lo busqué, pero tampoco lo detuve. No me protegí con ironía ni con desafío. Y eso era nuevo.
Peligroso.
En la preparatoria, el lunes fue una prueba de resistencia.
Las miradas habían cambiado. Ya no eran solo curiosidad morbosa. Había expectativa. Como si todos estuvieran esperando el siguiente capítulo de una historia que creían pública.
Jax llegó tarde.
Otra vez.
Se sentó al fondo, como siempre. No me miró de inmediato. Yo tampoco. Pero lo sentí. Sentí su presencia como una corriente baja, constante, imposible de ignorar.
En clase de Literatura, el profesor habló sobre silencios narrativos. Sobre lo que no se dice, pero pesa más que cualquier diálogo.
Sonreí por dentro.
En el descanso, Mila fue directa.
—¿Pasó algo después de que nos fuimos el sábado?
La miré.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque tienes esa cara —intervino Lily—. La de cuando cometiste algo que no debías pero dio gusto. La misma cara que tiene Jax desde el domingo en la mañana.
Cerré los dedos alrededor de mi botella de agua.
—No pasó nada que pueda explicarse fácil.
Lily sonrió, suave.
—Entonces pasó algo importante.
No lo negué.
Los días siguientes se volvieron una coreografía silenciosa. Jax y yo compartíamos espacios, aire, miradas fugaces. A veces nuestras manos se rozaban al pasar por los pasillos. Nada más.
Y, sin embargo, cada contacto mínimo dejaba una marca.
Vera no tardó en notarlo.
—¿Sigues jugando a la chica misteriosa o ya te cansaste? —me dijo una tarde, apoyada contra mi casillero.
—¿Hablamos del mismo juego? —respondí, tranquila.
—No te equivoques —sonrió—. Jax no es de nadie.
—Nunca dije que lo fuera.
—Ni lo será.
La miré de arriba abajo.
—Qué alivio. No colecciono personas.
Me alejé sin esperar respuesta.
Esa noche, me senté en el borde de la piscina. El agua estaba quieta. El jardín, en silencio. Pensé en lo fácil que habría sido no abrir esa puerta. No dejarlo entrar.
Pensé en lo imposible que habría sido ignorarlo.
El viernes llegó demasiado rápido.
No hubo anuncio. No hubo invitación formal. Solo una certeza compartida: la casa volvería a llenarse.
Esta vez, no era una fiesta, era una reunión.
La fiesta fue menos ruidosa que la anterior. Más controlada. Más íntima. Luces cálidas. Música que no gritaba. Gente que se conocía demasiado bien.
Jax llegó más tarde.
No con su grupo.
Solo.
Lo vi desde el balcón. Respiré hondo. Bajé las escaleras con calma.
No hablamos de inmediato. Nos movimos en círculos distintos. Yo conversé con Lily, con Mila, con algunas chicas que no conocía bien. Él se quedó cerca del jardín, observando más de lo que participaba.
Hasta que el ruido empezó a irse.
Como una marea que se retira sin aviso.
Lo encontré en la cocina, apoyado contra la encimera, con un vaso que no había probado.
—Pensé que no vendrías —dije.
—Pensé que no debería.
—¿Y?
—Nunca fui bueno siguiendo advertencias.
Me acerqué. No demasiado. Lo suficiente.
—¿Te sientes fuera de lugar? —pregunté.
Asintió.
—Este no es mi mundo.
—Puede serlo —respondí—. Si lo decides.
Me miró con algo que no había visto antes.
Miedo.
—No sé si quiero pertenecer —dijo—. Pero tampoco quiero quedarme al margen.
No respondí. Le tendí la mano.
No preguntó adónde íbamos.
El chalet nos recibió otra vez con su silencio cómplice. Esta vez no hubo bromas. No hubo rodeos.
—He pensado en lo que pasó entre nosotros—dije, rompiendo el aire—. Más de lo que debería.
—Yo también.
—Y no sé qué hacer con eso.
Jax dio un paso hacia mí.
—No hagas nada todavía.
—¿Eso qué significa?
—Que no lo conviertas en una decisión definitiva —dijo—. Déjalo ser lo que es.
—¿Y qué es?
Me miró como si la respuesta fuera demasiado grande.
—Algo que todavía no tiene nombre.
Me sostuvo el rostro con cuidado, como si temiera romper algo frágil. Sentí cómo el mundo se reducía a ese contacto, a esa certeza breve y peligrosa de que estaba cruzando un umbral.
Cuando nos separamos, mi respiración era irregular.
—Esto ya no se parece a un error —susurré.
—Los errores no se sienten así —respondió.
Apoyé la frente en su hombro. Cerré los ojos.
—No prometas nada —le dije—. No ahora.
—No sé prometer —admitió—. Solo puedo quedarme... o irme.
Lo miré.
—Quédate.
No respondió de inmediato. Pero no se movió.
Mis manos se deshicieron de su polera mientras mis manos paraban lentamente por su pecho observando sus tatuajes.
Estiré mis manos soltando el zíper de mi vestido haciéndolo caer dejando en descubierto mis senos y mis bragas.
Su mirada recorre mi cuerpo y puedo notar la intensidad con lo que lo hace.
Suelta el broche de su pantalón deshaciéndose de él, quedando solo en boxer permitiendo ver por primera vez otras partes de su cuerpo que eran ocultas para mi.
Se acerca rápidamente a mi sujetándome con autoridad. Su boca posee la mía con intensidad.
Retrocedemos cayendo sobre la cama, sus manos toman el dobles de mis bragas retirándola lentamente.
Saca del dobles de su boxer un preservativo el cual rompe con su mano a medida de lo coloca y retira su boxer.
Se cuela en medio de mis piernas se acomoda quedando a la altura de mis ojos, humedece sus labios a medida entra en mi de manera lentamente.
Lo sujetó de su cintura y arqueo mi cuerpo al sentirlo entrar en mi. Sus labios besan los míos ahogando mis gemidos.
Empieza a moverse de manera lenta hasta profundizar. Sus ojos se cruzan con los míos y puedo jurar que de ambos salen fuegos.
Empieza hacer sus embestidas más fuertes llenando la habitación de mis gemidos.
Lo empujo haciéndolo caer a mi lado, me mira sin entender y me subo encima de él acomodándome para empezar a moverme de manera lenta y se sensual dejándonos llevar por el extasis del momento...
***
Los toques en mi puerta hacen que me levante abriendo los ojos lentamente.
—Señorita Blake —Es la voz de Bosco —. Señorita Blake.
Tomo del suelo la polera de Jax quien duerme profundamente a mi lado. Me la coloco y me acerco abriendo la puerta suavemente.
—Lamento molestarla tan temprano, pero sus padres han llegado.
—¿No llegarían hasta mañana?
—Algo sucedió y se encuentran aquí. Cuando avisaron que estaban por llegar, escondí el auto del joven en el garaje trasero para que sus padres no lo vieran.
—¿Dónde están?
—En su habitación. —Me entrega una bolsa con ropa —. Es para que pueda cambiarse sin llamar la atención.
—Gracias Bosco.
Cierro la puerta y cuando me giro Jax está sentado sobre la cama.
—Mis padres llegaron antes de tiempo.
—¡Mierda! —Se levanta vistiéndose —. Debo irme. Tengo que ir a la ciudad.
—¿Qué harás allá?
—Cosas que atender.
Se acerca a mí mirándome fijamente. Entiendo su mirada y me retiro su polera entregándosela.
Enrollo mi cuerpo en una sábana. Se la coloca, me mira fijamente y deja un vasto beso en mis labios.
— Te veo luego.
Sale y veo cómo se marcha en compañía de Bosco quien lo guía al garaje trasero.
Me tiró nuevamente en mi cama y cierro los ojos tratando de asimilar todo lo sucedido la noche anterior.
No sabíamos qué éramos.
Pero ya no éramos indiferentes.
Y eso, supe en ese instante, iba a cambiarlo todo...