4. CELESTE

2715 Words
Capítulo cuatro: Celeste Brandon Hell Todos parlotean a mi alrededor en medio de bromas y risas, incluso Abdul participa gustoso. Yo por el contrario me mantengo en silencio con la expresión pétrea. La doctora Vera se ha convertido en el tema principal de conversación. Retó al King, lo tocó y este ni siquiera está molesto. Creo que sé la razón y eso me cabrea más. ¿De dónde leches salió esa mujer? La furia emerge desde el centro de mi estómago y arde en mis venas con más intensidad que nunca. Los ojos celestes continúan tatuados en mi cabeza, esta vez con dos rostros diferentes. Se parecen demasiado. Apenas el Jeep aparca frente a la casa me bajo sin siquiera esperar a que el chofer apague el motor. Necesito recuperar el control. —¿A dónde vas? —inquiere mi padrino. — A la sala de interrogatorios —contesto apresurado. Solo a él le doy explicaciones... cuando me apetece. —Pero si acabamos de llegar —arquea las cejas en un gesto muy suyo. —Tengo entendido que Scar me dejó un regalo abajo —le recuerdo—. No me gusta hacer esperar a mis invitados. La sonrisa orgullosa no se hace esperar. —Entonces, disfrútalo —concede—. La cena de hoy se pospondrá para las nueve. —Allí estaré. Me dirijo hacia la habitación subterránea seguido por mi séquito. El Prince tiene sus propios guardianes como el King. —Señor —me recibe mi cazador—. Su presa espera. Me extiende el expediente antes de guiarme hacia el regalo. —¿Qué tenemos aquí? —medito en tanto examino el documento—. Hilon Krasnoyarsk, ruso, asesino a sueldo, violador en tus tiempos libres y... —me corto de golpe al leer la última línea mientras aprieto los puños, consiguiendo arrugar el papel— de vez en cuando te gusta jugar con los niños. Toda una joyita. Voy hasta el sujeto, quien se encuentra atado a los pies con una cadena que guinda del techo. Según el informe, lleva unas diez horas en esa posición. A estas alturas la circulación ha hecho su parte. »¿Sabes quién soy? —inquiero a pesar de conocer la respuesta. —Br-brandon H-hell —tartamudea con dificultad. Debe tener los músculos entumecidos por la posición—, el P-prínci-pe d-del In-fier-no, p-pero yo no... —Chist —lo acallo mientras paseo mi daga favorita por su cuello—. Dime cuántos fueron —el prisionero se queda en silencio y no dudo en clavar el puñal en su estómago de una estocada—. ¡¿A cuántos niños has violado, pedófilo de mierda?! Él continúa gimiendo sin pronunciar una palabra, así que vuelvo a apuñalarlo para después torcer la hoja filosa sobre la carne. Estoy perforando órganos vitales en las zonas más dolorosas. —P-por f-fa-vor... —¿Por favor qué? —le corto con otra acometida—. ¿Quieres morir? —P-por fa-vor... —Pues lo siento mucho, amigo mío —rodeo su cuerpo antes de abrirle la espalda a la mitad con un corte limpio, robándole un grito atronador—, todavía te falta un poco para eso. Primero debes vivir mi infierno, luego te enfrentarás al que está bajo tierra. Procedo a cortar sus dedos uno a uno, tomándome mi tiempo. Más tarde, con un ágil movimiento rompo sus brazos y la columna vertebral. En tortura física nadie me supera. Dejo cortes limpios sobre cada una de sus venas sin dejar de suministrarle energéticos para que no pierda la consciencia. El hombre pasa a mejor vida y aun así continúo en mi tarea hasta drenar la última gota de sangre. Mis hombres desatan las cadenas que lo sostienen y de inmediato, comienzo a picar la carne en trozos pequeños. Termino bañado en sangre, con el olor a muerte impregnado en mi piel. Sin embargo, la ira no desaparece. —Envolvedlo todo en una caja de regalo y enviadlo al Jefe de la Bratva —ordeno—. Dejadle claro lo que sucederá a quien merodee por los alrededores de la isla. —Sí, señor —responde el cazador por el resto. — ñYa sabéis qué hacer con la cabeza —indico antes de dirigirme hacia las duchas de la sala. No me apetece entrar en casa ahora mismo. El agua se desliza por mi cuerpo mientras los recuerdos de las últimas horas vienen a mi mente. Visualizo su cabello dorado, su voz altiva, la forma en la que desafió al King sin temor y... los ojos celestes. «Eres mío, Brandon Hell. Solo yo puedo ser tu princesa y entender tu infierno» Su voz dulce y aterciopelada interfiere en los recuerdos, mezclando al pasado con el presente e intensificando mi furia. Aprieto los puños para no destrozar mis nudillos contra la pared. Necesito recuperar el control. Salgo disparado y en menos de diez minutos me encuentro encendiendo el coche para ir a "Deadly Sins". Yo creé el lugar y lo bauticé con ese nombre. —Mi Prince —Mirna me recibe con una amplia sonrisa—, siempre es un placer verlo. —Ya sabes lo que quiero —señalo pasando de largo sin siquiera mirarla. Nadie puede desafiarme y menos en mi propio club. Todos y cada uno de los que me rodean saben que tengo limites que no se cruzan y han aprendido a identificar cuando yo mismo estoy al borde de saltar sobre mis propios límites y lejos de acercarse, huyen despavoridos de mí. Algo que en verdad aprecio. Además, Mirna tiene muy claro que el hecho de jugar con ella en algunas ocasiones no la hace especial, ninguna mujer lo es. La única manera de calmar a un cabrón como yo en sus momentos más violentos, además de la tortura física, es con sexo del duro, rudo y sin frenos. Ese que no todas las mujeres pueden soportar ni todas están hechas para ofrecer. Por eso fundé este club según mis preferencias. Aunque soy m*****o de muchos alrededor del mundo, no hay nada mejor que tener uno en casa. Piso fuerte sobre el suelo mientras avanzo hasta mi habitación y los estruendosos sonidos que hago me delatan. Es evidente que estoy fuera de control y necesito volver a dominarme. Eso me lo tiene que ofrecer una sumisa experimentada y entrenada a la perfección para acatar mis designios. Me detengo en el bar para beber un rápido whisky seco sin hielo; el preludio perfecto para avivar el fuego antes de apagarlo. Cuando por fin atravieso las puertas de mi salón de juegos, ella está lista, obediente y cabizbaja, acomodada sobre sus rodillas en el suelo de madera negra y esperando que dé rienda suelta a mi furia. La mujer sabe lo que busco y yo lo que ella quiere. Nada más. No me apetece hablar. Aún tengo metido dentro de mis sentidos auditivos la voz de aquella maldita mujer que no logro apartar de mi cabeza y me tiene duro desde entonces, provocando que mi frustración vaya en aumento. Preparo las cadenas antes de extender la barra de metal, acomodando todo en sus bases para suspender a la esclava. No quiero preámbulos y desde luego, a mí me las traen ya listas. —Escucho un solo gemido y te azotaré hasta despellejarte viva, ¿entendido? —Sí, amo —responde de manera obediente. —Palabra de seguridad —exijo. Todas deben saberla, pues siempre utilizo la misma. —Celeste. Me quito la ropa y la levanto del suelo. Ella no se atreve a mirarme en tanto la sitúo de espaldas a mí. Con mi pie abro los suyos y busco entre sus pliegues la humedad que necesito para resbalar dentro de ella. Sin embargo, no esperé que estuviera tan jodidamente chorreante, pero la recibo de buena gana y beso su cuello dejando una mordida detrás de su oreja en señal de advertencia al notar sus intenciones de soltar un gemido. Amarro sus muñecas, saco los pequeños peldaños a mediados de la larga barra y consigo que suba sus pies allí, quedando abierta y expuesta para mí. Deslizo un dedo, luego otro a lo largo de su sexo mientras voy separando los labios y regando sus fluidos por toda su entrepierna, al tiempo que me aprieto el falo con fuerza y me masturbo un poco, pensando en los ojos azules malditos que no consigo olvidar. Subo el mecanismo de las barras hasta dejar la pelvis de la chica a mi altura y la penetro de un solo golpe. Hondo, duro, firme. La levanto con mis embestidas y tomo su boca con ferocidad. Muerdo esos labios que me hacen imaginar aquellos otros y cuando siento que estoy perdiendo el interés, aprieto sus pezones hasta que deja caer su cabeza hacia adelante sin poder descansar de mis acometidas salvajes. Tiro de su cabello enredándolo en mi puño. Veo cómo le fallan los pies a punto de caer de los estribos, pero con un fuerte azote vuelve a su postura. Muerdo su espalda y entro. Una, dos, tres, cuatro, cinco, muchas veces más y todas ellas empujo hondo provocando que se aferre con sus puños a los amarres. Cuando noto que me voy a correr, salgo de ella para volver a entrar en su culo, el cual me recibe apretado, exprimiendo las ganas que me hacen recuperar el control. No escuchar la palabra de seguridad es señal de que ha disfrutado tanto como yo y verla mojada de sus propios jugos, alimenta a la bestia. Aunque no me sorprende, todas ellas disfrutan de mis perversiones, ansían que las lleve a sus límites y sueñan con repetir conmigo. El silencio reina en el lugar mientras la desato, pues aún no le he dado permiso para hablar. —Buen trabajo, esclava —comento antes de volver al bar por mi copa, esta vez sí vierto hielo sobre el whisky—. Ahora largo. Termino mi trago, me visto y me marcho de la misma forma en que llegué. —Llegas tarde —me reprende Freya al cruzar el salón—. Sabes que al King no le gusta esperar. —Ni a mí las recriminaciones —replico con voz firme—. No me toques las narices, Freya, que no he tenido un buen día. —Tus días nunca son buenos, Prince. La ignoro y subo las escaleras para cambiarme el atuendo. Al llegar al comedor, me siento en mi silla y dejo que me sirvan sin pronunciar una palabra. No han invitado a cenar a todos los inquilinos, solo los seleccionados por el King. Por supuesto, no podía faltar ella. Selina Vera se ha convertido en la principal atracción de la feria. —¿Qué os ha parecido la casa? —es Abdul quien rompe el hielo. —Increíble. Ya empezaron los listillos a lamerle las botas al anfitrión. La plática continúa en tanto yo me limito a masticar con la vista fija en la rubia. Para mi sorpresa, se ha mantenido callada durante la velada. Tiempo después, como si ya no resistiera mi mirada, alza la cabeza para devolverme el gesto. Me maldigo a mí mismo por ponerme duro de forma automática. No sé qué me gustaría más, si follármela hasta romperla por dentro o arrancarle los ojos con mi daga y retorcerle el cuello hasta que deje de respirar. Quiero desaparecerla y al mismo tiempo... poseerla. «Solo yo puedo entender tu infierno y abrazar tus demonios» —¿Qué hay de usted, doctora Vera? La atención de todos se enfoca en la aludida, sin embargo, ella no deja de mirarme. —Yo... —balbucea. Luego traga saliva y una ganas repentinas de morderle los labios me invade—. He podido ver muy poco de la casa. —¿Y qué puedes decir sobre lo que has visto? —insiste mi mentor. Ha creado una fijación con la doctora y creo saber la razón, lo cual me enfurece más de lo habitual. —Pues tiene más habitaciones que la mía —responde sin tapujos, desviando la vista hacia el King. No le soy indiferente, lo sé, así como no lo soy para ninguna mujer—. Sigo diciendo que necesita reconsiderar sus métodos. Un palacio, un hotel cinco estrellas y nos encerró a todos en una sola habitación. Eso no habla muy bien de usted, King. Ella sigue comiendo con tranquilidad en tanto la sala se sume en un profundo silencio. Una sonrisa angelical se refleja en mi cabeza como si se tratara de una cámara fotográfica. De buenas a primeras, Abdul se echa a reír y el resto no tarda en seguirle, destensando el ambiente. —Lo tomaré en cuenta, Selina —comenta divertido con una expresión que no había visto en años. Sé lo que está pensando y no me gusta nada—. ¿Puedo llamarte Selina? —Por supuesto, yo lo llamaré Abdul, ¿le parece? Y ya que entramos en confianza —lo deja con la palabra en la boca—, me tomo el atrevimiento de hacerte una pregunta. —Adelante. —¿Cada cuánto tiempo raptas grupos de personas? Lo digo porque no deseo quedarme sin techo o compartir habitación otra vez. —Traigo personal cuando lo necesito... o cuando me aburro —responde el King dando un sorbo a su copa—, pero no te preocupes, Selina, puedes vivir aquí tanto tiempo como te apetezca. —Querrá decir mientras me porte bien —tiene el descaro de desafiarle una y otra vez—. Estoy más que satisfecha, ¿puedo retirarme? —Puedes —concede él. Sus colegas no tardan en seguirle y entonces, las risas no se hacen esperar. »¿Habéis visto el desparpajo de esa niña? Me gusta. —A mí también —añade Freya—. Es un soplo de aire fresco. —Creo que no nos aburriremos en una larga temporada —interviene Scar. —Hoy estás especialmente callado, Brandon. —Simplemente no le veo la gracia a lo ocurrido —replico—. No deberías dejarle hablarte así. —Tonterías —bufa mi padrino—. La dejaré hacer lo que quiera. ¿La has visto? Se parece tanto a... —¡No lo digas! —salto de inmediato—. No se parecen en nada. —Brandon... —¡No es Arya! —mi aullido hace eco en toda la casa—. No te atrevas a compararlas. —No se te olvide con quién hablas, Brandon —su tono es impersonal, sin embargo, su cara lo dice todo—. Estoy en mi casa y haré lo que me apetezca. Aprieto la mandíbula con una fuerza descomunal al mismo tiempo que contengo la ira con los puños y salgo del local como alma que lleva el diablo. Eso soy, un demonio atrapado que ansía desatar el infierno en este plano terrenal. Me encamino hacia el campo de tiro, tomo municiones y comienzo a disparar alternando balas con cuchillos. Los cuchillos son mi especialidad; fue Scar quién me enseñó a usarlos, pero al final terminé superándolo. La diana se va haciendo más pequeña, si no mantengo la vista bien enfocada, puedo marearme; por lo que debo ser más veloz y audaz. No es un campo cualquiera, está diseñada para tiradores expertos. Termino el ejercicio empapado en sudor, así que me deshago de la camisa y vuelvo a empezar. Horas después, el sueño por fin aparece y me marcho hacia mi dormitorio, no sin antes pasar por el suyo. Es absurdo, pero aún después de cinco años, puedo percibir su aroma; o tal vez es mi mente jugándome una mala pasada. Me adentro en busca de su retrato, pues necesito ver sus ojos para dormir tranquilo. No obstante, un ruido detiene mis pasos. Esta ala está prohibida para el personal, ni siquiera Freya se atreve a venir. —¡Mierda! —escucho un pequeño susurro e inmediatamente, mis músculos se vuelven rígidos como una piedra y la sangre me hierve de ira. A quién sea, lo entierro vivo. Corro a toda velocidad para atacar al intruso, sin embargo, tropiezo con esos malditos ojos iguales a los de la mujer que una vez amó mis demonios. —¿Tú? ¡¿Qué haces aquí?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD