2. ¿QUIÉN ES ELLA?

2282 Words
Capítulo dos: ¿Quién es ella? Brandon Hell Le doy vueltas al cuchillo en mi manos mientras estudio a mi víctima. ¿Por dónde debería comenzar? ¿La espalda? ¿El abdomen? ¿Los miembros? ¿O tal vez debería rebanarle el cuello de una vez para terminar con su mísera existencia? «No» Eso sería muy fácil. Paseo la punta afilada sobre su frente, recorro su nariz, luego la mejilla hasta llegar a su mentón, dejando un fino hilo de sangre a mi paso. —¿Sabes lo que sucede con los hombres que desafían a un King de la mafia? —pregunto mientras continúo la tortura psicológica. —Yo… no quería —el prisionero tartamudea por el temor. Aumentar la expectativa de una víctima resulta más efectivo que cualquier daño físico—. Ella… me… provocó. Lo juro. —No te creo. ¿Sabes por qué? —me acerco a su oído mientras abro su torso desnudo con un ágil movimiento hasta llegar al inicio de su pelvis—. Porque he visto las marcas en su piel, el llanto ahogado en su rostro y el pánico en sus ojos. El mismo que veo en lo tuyos ahora. He conocido ratas carroñeras, Ezio; pero tú… —clavo el puñal en su muslo. Al tocar una arteria, se irá desangrando poco a poco—, no eres más que un roedor de alcantarilla. No vales nada, no eres nadie y le haré un favor al mundo eliminando tu existencia. »Aunque antes me divertiré un poco. A mis hombres les gusta ver la sangre correr, ¿cierto, chicos? —ellos asienten en respuesta—. Démosle gusto. ¿Qué parte del cuerpo debería arrancarle primero? Ya sé —respondo a mí mismo, solo juego con su mente. Con mi mejor sonrisa de sádico hijo de puta hago un corte limpio sobre su falo semierecto. Puto masoquista de mierda—. Ahí va tu hombría —ignoro sus alaridos de dolor—, aunque no estoy seguro de si alguna la tuviste. El traidor continúa gritando mientras abro su piel una y otra vez hasta dejar cada espacio de su cuerpo en carne viva. Luego, tiro de todo el tejido muerto. La imagen podría resultar perturbadora para cualquier ser humano, pero no para mí. He visto demasiadas cosas a mis veintinueve años y ninguna atrocidad supera los ojos azules sin vida que me persiguen en sueños. —P…por… fav…or —suplica la rata. —¿Quieres morir? —apuñalo su abdomen, estoy seguro de que he penetrado un órgano con la acción—. Lo harás… en unas horas. Todo vuestro, muchachos. Le regalo una última sonrisa para que recuerde mi rostro incluso en el infierno y me marcho tranquilamente jugueteando con mi daga favorita. Froto cada parte de mi piel bajo la ducha para eliminar cada rastro de sangre animal. Porque eso es lo que era ese miserable: un animal. Pertenezco a la mafia desde que tengo memoria, aprendí a matar al mismo tiempo que aprendía a caminar, he torturado, mutilado y destruido más veces de las que puedo contar… sin embargo, incluso yo tengo mis límites. Salgo del cuarto de baño envuelto en una toalla como si nada. Después, comienzo a vestirme bajo la atenta mirada de mi hombre de confianza. —El King espera por usted, señor —informa él—. Ya ha abordado el jet. —Entonces, no le hagamos esperar. Escondo dos pistolas en la zona de mi espalda bajo el cinturón de mi pantalón, meto otra en la funda que llevo colgada en la cadera visible para todo aquel con deseos de mirar; me coloco el saco y guardo la daga en el bolsillo interno del mismo. En la pista aérea, una pelirroja candente me recibe con una sonrisa seductora. «Quieres jugar con fuego, guapa» —Brand… —Abdul —correspondo su saludo. Para el mundo, Abdul Schabass es El King, uno de los únicos tres que quedan en este plano terrenal; para mí es solo Abdul. Me crió desde pequeño, es el único padre que conozco, aunque nunca le vi como tal; supongo que se debía a ella… —Ya me han contado lo de Ezio. Esta vez te has pasado. —Era un puto violador —declaro con desdén—, se lo merecía. —Estoy de acuerdo. Hace cuatro días llegó el nuevo equipo médico —cambia de tema rápidamente. Esa rata asquerosa no es un asunto importante como para ser abordado por más de un minuto. —¿Cómo lo llevan? —Cinco heridos y tres días sin alimentos. —Te has pasado —repito sus palabras de hace unos minutos. —Son ellos quienes se han querido pasar de listos —agrega con rapidez—. Aunque no puedo juzgarlos, los guardianes no son muy amables que digamos. Debemos solucionar esto hoy. —Muero por ver cómo le harás. Abdul es dueño de una isla griega llamada Icaria; la heredó de su padre. Los habitantes de la misma han sido traídos bajo engaños y luego obligados a seguir al King hasta que se acostumbran. Si el Rey de la Mafia quiere un pescador para él, pues se lo traen y si quiere un puto circo, también. Vivir en Icaria es como vivir en una casa de muñecas al estilo mayúsculo. Para él es su isla, su gente y sus reglas. Puede ser muy bueno con quien le jura lealtad, pero el ser más cruel de la Tierra con quien le ofende o traiciona. La pelirroja de antes me hace unas señas nada discretas y se marcha por el pasillo. «Quieres jugar al gato y al ratón» —Regreso en unas horas —anuncio poniéndome de pie para seguirla. —Disfrútala, hijo —el King me regala una sonrisa llena de orgullo. Al llegar a la habitación bastante espaciosa del avión, me encuentro con la asistente de vuelo desnuda y de rodillas frente a la cama. Tomo la fusta en el clóset que guardo para estas ocasiones improvisadas. Luego, me coloco a sus espaldas mientras ella permanece con la cabeza baja. Paseo el cuero por su cabello teñido con el color del fuego, lo deslizo hacia los hombros, notando como la excitación crece en su organismo. Un escalofrío la recorre cuando bajo a su espalda.Crear la expectativa: ese es el secreto. —¿Quién soy? —pregunto con voz dominante. —Mi dueño. —¿Y cuál es tu misión? —vuelvo a preguntar mientras se escucha el primer crujido de la piel siendo azotada por mi fusta. —Complacerle, amo —responde jadeante. —Tienes prohibido hablar, murmurar o gemir, esclava —vuelvo a azotarle, pero esta vez no jadea—. Buena chica —me acerco a su oído—. Si me complaces, te recompensaré. En cuatro, esclava. Ella adopta la posición en menos de tres segundos y vuelvo a lanzar la fusta. Repito la acción varias veces, alternado el lugar. —Veamos —me acerco a ella. Con mis dedos recorro su espalda enrojecida, haciéndola temblar una vez más. Después, bajo a sus pechos; los atrapo con ambas manos y los aprieto hasta causarle el más sórdido y a la vez placentero de los dolores. Bajo a su abdomen hasta llegar a su sexo; lo exploro con mis dedos percibiendo la humedad —. Oh, estás lista para mí —introduzco el dedo índice en su interior mientras froto su clítoris con mi pulgar. Más tarde introduzco un segundo dedo, un tercero y así sucesivamente hasta lograr expandirla y preparada para mi puño. Entro de una estocada, ella se mueve buscando fricción, pero la detengo con un golpe seco en el trasero—. Si vuelves a moverte, te castigaré —introduzco y retiro mi puño varias veces hasta sentirla palpitar. Esa es mi señal para abandonar mi acción, sacar falo completamente erecto, colocarme el preservativo e introducirlo en ella desde atrás. Muevo mis caderas en un baile frenético, no tengo mucho tiempo, mientras azoto su culo con la palma de mi mano—. Puedes moverte —el vaivén de nuestros cuerpos se vuelve descomunal. Dentro, fuera, dentro, fuera. Propino un fuerte golpe en una de sus mejillas traseras. «Estoy cerca» »Gime, esclava —ella no se contiene al hacerlo y estoy segura de que sus gritos se escuchas hasta la cabina de mando. La azoto una y otra y otra vez hasta que siento mi momento—. ¡Córrete, esclava! Córrete para tu amo. —Sííííííííííí —con un grito ensordecedor, ambos alcanzamos el éxtasis. Termino empapado en sudor necesitando de una nueva ducha. Al observar el reloj de mi muñeca, noto que me quedan quince minutos para aterrizar. Salgo de ella y procedo a quitarme la ropa. La asistente se queda clavada en el sitio, mirándome embobada. —¿He dicho que puedes mirarme? —automáticamente baja la cabeza—. Te quiero fuera en diez segundos o te castigaré y no de la forma en que estás pensando, guapa. Diez, nueve, ocho, siete… —antes de llegar al tres sale de la habitación. Me doy una ducha rápida antes de volver a sentarme en mi sitio, llevándome otra sonrisa orgullosa por parte de mi tutor. —Serás un buen King, Brandon. —¿Piensas retirarte tan pronto? —me mofo, provocando las sonrisas de ambos. —Todavía te quedan un par de años para jugar con asistentes de vuelo. —No sabía que el puesto venía con orden de celibato —continuamos el vuelo hasta aterrizar en Icaria. La isla queda situada en el mismo centro del mar Egeo y se encuentra cubierta por un paisaje natural lleno de colores vívidos en los que el verde destaca. Realmente da la sensación de vivir en el paraíso. Abdul lo ha ido acomodando a su manera con los años. Apenas bajamos del avión, somos conducidos por un gran ejército de escoltas hacia el único hotel del lugar. «Como si alguien fuera a atreverse de atentar contra el King» —¿Cómo se encuentran nuestros invitados? —cuestiona Abdul al llegar a nuestro destino. —No podría darle una descripción exacta, señor —responde Scar, sicario y segundo hombre de confianza del King después de mí—. Le han enviado un grupito de niños fresas. —Tu mujer también lo era cuando llegó aquí —intervengo para fastidiarle. Adoro hacerlo—. O eso creíamos… hasta que te rompió la mandíbula. ¿Lo recuerdas? Abdul ríe a carcajadas junto a unos pocos hombres. —¿Cómo va a olvidarlo? Si ese fue el primer flechazo. Unos cuantos hombres atraviesan la puerta mientras me quedo con el resto fuera. Mi padrino va a dar el mismo discurso peliculero de siempre y no me apetece escucharlo. Hace solo media hora que descargué mi rabia con la pelirroja, sin embargo, ya ha regresado. Siempre sucede así desde hace cinco años, la furia instalada en mi cuerpo es algo que puede controlarse esporádicamente, pero no desaparece por completo. —¿Qué hay de la tercera opción? —escucho preguntar a una valiente desde la puerta—. Siempre hay una tercera opción. —No en este caso —contesta el King. La misma voz bufa y una inesperada sonrisa se dibuja en mi rostro. Creo que es la primera vez que alguien se dirige a un King de la mafia con tanta ligereza. —Debería mejorar su discurso, señor Schabass —ahora quiero reír de manera ruidosa, pero eso sería irrespetar a mi tutor—. También debería cambiar a sus hombres. No son nada hospitalarios y le hacen quedar mal como anfitrión. Lo lujoso que es el hotel y nos han encerrado a todos en la misma habitación. Un silencio tenso se establece entre los guardianes. Nadie le habla de esa forma a Abdul Schabass. —¿Tienes idea de con quién hablas? —el King adopta su tono intimidatorio. Ese que hace temblar hasta al más sanguinario de los hombres. —Con el dueño de esta isla, mi secuestrador y quien al parecer será mi Rey a partir de ahora. ¿Me faltó algo? Ah, sí —no le deja responder—. ¿Siquiera existe el programa de preparación por el cual venimos? —No se preocupe, doctora… —Vera —aclara ella. —Oh, la prometedora cirujana y líder del equipo. —Eso me han dicho. ¿Responderá mi pregunta? «¿De dónde leches salió esta mujer?» Abdul, para sorpresa de todos, sonríe. Creo que sé la razón. —No se preocupe, doctora Vera. Tendrá suficientes heridos por balas, cuchillas, bombas y puede que si tiene suerte, se tropiece con alguna víctima de armas biológicas. ¿Son suficientes traumatismos para usted? —Bueno, al menos aprenderé algo útil. He captado el mensaje, ahora déjeme salir. Necesito una ducha. —¿Le habéis proporcionado estimulantes? —cuestiona el King a sus hombres—. ¿O es que eres desequilibrada de nacimiento? —Llevo tres días sin probar alimento, no puedes culparme. ¿Por qué habla de ese modo? Me recuerda a… «No» Alejo esos pensamientos mientras me adentro en la extensa habitación. Al divisar su menudo cuerpo, una sensación extraña me corroe. Mi piel arde, las manos me escuecen y la sangre hierve dentro de mí. Unas ganas inmensas de envolver su boca entre un trozo de tela, atarla de manos y pies y azotarla hasta hacerle perder la razón despiertan mi instinto dominante. El cabello dorado que cae sobre sus hombros consigue empalmarme de manera dolorosa. Sin embargo, al llegar a su rostro todo mi cuerpo se paraliza. Esos ojos… ¿Quién es ella?
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