CAPÍTULO VEINTE ―Brooke. Brooke, despierta. Mis párpados se abren de golpe. Estoy de espaldas sobre la tierra reseca. No siento ningún dolor; todo mi cuerpo está cómodamente entumecido. Hay un manto de estrellas sobre mí. Entrecierro los ojos para intentar ver quién está delante de mí. Pero es imposible. La persona no es más que una silueta. ―¿Quién eres? ―consigo decir. Mi voz ya no está reseca. Mi lengua no está hinchada, ni mis labios están secos y agrietados. Pero aún me cuesta sacar las palabras. Es como si no pudiera moverme, como si estuviera más que entumecida, paralizada. ―Soy yo ―responde la voz. Pero no puedo localizarla. Suena como cien voces diferentes en una sola. Ni siquiera puedo distinguir si es un hombre o una mujer. No sé si estoy viva o muerta, despierta o soñan

