Ainoha La carretera serpenteaba entre bosques de pinos cargados de nieve hasta que, de repente, la bruma se abrió para revelar el Castillo de Neuschwanstein alzándose sobre la roca con sus torres blancas y sus agujas azuladas, parecía una alucinación extraída de un cuento de los hermanos Grimm. Autum estaba pegado al cristal, con los ojos tan abiertos que parecían querer absorber cada detalle de aquella fortaleza de ensueño. —Papá, ¿de verdad vive un rey ahí? —preguntó Autum con un hilo de voz, maravillado. —Vivía uno que amaba la belleza por encima de todo, campeón —respondió Max, mirándome con una intensidad que me hizo contener el aliento—. Pero hoy, ese lugar nos pertenece a nosotros. Maximiliano no se conformó con una visita convencional. Había movilizado su influencia para qu

