Ainoha Me desperté antes que Maximiliano, un raro privilegio en esta vida donde él siempre parece estar tres pasos por delante de todo eran las primeras horas de la mañana y la luz todavía no lograba atravesar del todo las cortinas de seda. El silencio en nuestra suite era espeso, casi sólido, garantizado por las capas de acero, cristales blindados y tecnología de punta que convertían nuestra alcoba en el lugar más seguro del continente. Han pasado dos semanas desde el ataque y hoy, por fin, el miedo que me apretaba el pecho se había transformado en una certeza: mientras estuviera al lado de este hombre, nada malo podría alcanzarnos. Me deslicé fuera de la cama con cuidado Maximiliano dormía de espaldas, su torso musculoso subiendo y bajando con una respiración rítmica y tranquila.

