Maximiliano El silencio en el ala médica de la mansión era una burla cruel fuera, el mundo seguía girando, pero dentro de estas paredes, mi universo se había detenido en el preciso instante en que vi a Ainoha desplomarse entre el humo químico, verla ahora, tendida sobre las sábanas blancas, con la piel de su rostro encendida por una irritación violenta y sus párpados apretados en un rictus de agonía, me provocaba una náusea que ningún campo de batalla había logrado jamás. Me acerqué a ella mis botas resonaban contra el mármol, un sonido pesado que marcaba el ritmo de mi furia. Me senté a su lado y el colchón cedió. Ella se tensó, sus manos buscando ciegamente algo a qué aferrarse en su oscuridad personal. —Tranquila mi amor soy yo, estás en casa, estás a salvo —mi voz salió como un

