1. Una candidata.
Un humo denso y aromático flotaba en la sala de baño privada, envolviéndolo todo en una bruma azulada. Bastien dio una larga calada a su Davidoff y expulsó el humo con lentitud, dejando que la nube se disolviera sobre su cabeza.
Detrás de él, una mujer completamente desnuda masajeaba sus hombros con aceite de romero. Sus dedos expertos deshacían la tensión acumulada tras un día largo lleno de cadáveres por doquier.
A sus pies, otra mujer —morena, de curvas generosas— estaba arrodillada devorando su m*****o con vehemencia. Se atragantaba con él, esforzándose por engullirlo casi todo, con los ojos llorosos y las mejillas hundidas por el esfuerzo. Bastien la miraba desde arriba sin que un solo músculo de su rostro se alterara, impasible como una estatua de hierro, mientras ella luchaba por quebrar a base de placer esa máscara glacial.
Estaba a punto de correrse en su garganta cuando las dos hojas altas de madera de la puerta se abrieron. Unos pasos pesados y otros más ligeros resonaron sobre el mármol.
El segundo al mando apareció ante él. Hizo una leve inclinación de cabeza, sin que su expresión revelara la menor sorpresa ante la escena obscena que interrumpía.
—Señor.
—Volviste más pronto de lo que esperaba —dijo Bastien.
Terminó de derramar su simiente en la boca de la mujer arrodillada y echó la cabeza hacia atrás por un breve instante. Luego, con la misma frialdad de siempre, miró a su segundo al mando.
—¿Qué tienes para mí?
—La conseguí —respondió Antoine—. Tal como la pidió, así la traje.
Bastien hizo un gesto con la cabeza hacia las dos mujeres, que desaparecieron en silencio.
—¿Dónde está?
Antoine miró por encima de su hombro. Desde allí se distinguían unos pies descalzos y sucios, medio ocultos tras una columna de mármol.
—Acércate —ordenó.
La figura salió lentamente. Un olor nauseabundo invadió de inmediato el baño perfumado de romero y tabaco cubano. Bastien arrugó la nariz con repulsión.
Era una mujer menuda en un estado lamentable. Jamás había visto a alguien tan desarreglado frente a él. Tenía las uñas de los pies largas y oscuras, un vestido raído del color de la tierra húmeda, la piel cubierta por una capa tan gruesa de mugre que parecía casi negra. Su cabello rubio opaco colgaba en mechones apelmazados, plagados de suciedad, ocultando parcialmente un rostro delgado y demacrado.
—¿Qué mierda es esto, Antoine? —Bastien se levantó con brusquedad del asiento de mármol, agarró una toalla de algodón egipcio y se cubrió la cintura—. ¿Esto es tu idea de una falta de respeto hacia mí?
—Señor… usted me pidió una mujer sin poder, sin conexiones y sin familia. Está sucia, sí, pero servirá para sus propósitos.
—¿De dónde la sacaste?
—Estaba revolviendo en un basurero.
—Basurero —repitió Bastien, como si la palabra le resultara absurda—. Tienes tres segundos para sacar a esta vagabunda de mi vista.
—Señor, si me permite…
—No —lo cortó—. ¿Has perdido completamente la cabeza? Mírala, Antoine. Te pedí una mujer pobre, no una rata de alcantarilla. ¿Qué demonios te ocurrió?
Antoine bajó la mirada.
—Lo lamento. Pero le pido que lo reconsidere. Solo necesita comida, un baño y ropa decente. Estará lista.
Bastien soltó una risa sin humor.
—¿Es un chiste? Huele a mierda y probablemente tenga piojos. Necesito a alguien que al menos parezca saludable, no esta… cosa. Entiendo tu intención, pero no pienso tomar como esposa a esta piltrafa. Llévala de vuelta al basurero del que la sacaste y sigue buscando. Solo tengo una semana para encontrar una candidata presentable ante el clan. No voy a aparecer con este despojo humano del brazo.
Antoine miró a la chica. Estaba quieta como una estatua, con la mirada baja y los brazos pegados al cuerpo. Suspiró resignado.
—De acuerdo —dijo—. Al menos déjeme darle algo de comida antes de llevármela.
—Haz lo que quieras, pero sácala de mi castillo de una vez.
Bastien le dio la espalda para tomar una bata de seda negra que reposaba sobre el diván. Apenas se la había puesto y se giró, cuando el estómago se le revolvió.
La chica se acercaba con pasos débiles y tambaleantes. Por un instante pensó que venía hacia él, pero la joven se desvió y se arrodilló frente a la mesita de cristal donde descansaba un pequeño banquete de frutas, pasteles y bocadillos.
Comía como un animal salvaje: agarraba la comida con las manos sucias, se metía grandes trozos en la boca y tragaba casi sin masticar, balanceándose ligeramente mientras bebía agua con desesperación.
—Antoine —siseó Bastien, asqueado—. Más te vale sacarla de mi vista antes de que tenga que ordenar que recojan sus restos del mármol con una maldita cucharita.
—Sí, señor. Una disculpa… está muy hambrienta.
El hombre se acercó rápidamente y la agarró por los hombros, apartándola de la mesa. La chica se resistió, estirando los brazos hacia la comida, desesperada por seguir llenando un estómago que llevaba vacío desde la tarde anterior, cuando encontró un mendrugo de pan en la basura.
Finalmente, Antoine la cargó sobre su hombro como si fuera un saco y se la llevó a la fuerza. Bastien observó la mesa destrozada, la fruta aplastada y los restos de comida esparcidos por el suelo, y torció la boca con profunda repulsión.
Definitivamente no podía presentar a esa criatura como su prometida. Ni aunque el tiempo se le estuviera agotando.
***
Antoine observaba a la chica frente a él mientras mantenía una mano apoyada en la cadera y la otra recorriendo su nuca. Ella permanecía encogida, la mirada fija en el suelo, mostrando una profunda vergüenza por sus acciones.
—¿Cómo te llamas? —indagó.
La había encontrado en un callejón, rebuscando en los desperdicios. Su apariencia descuidada no le importó, ni tampoco que asemejara a un animalito salvaje que casi le raja la frente de un pedrada cuando intentó acercarse. En ese instante, solo pensó en su utilidad... pero al examinarla de cerca, la lástima lo dominó.
—Lassa —el acento era distinto, un detalle que el hombre captó de inmediato.
—Así que Lassa —se inclinó para quedar a su altura—. ¿Cuántos años tienes?
—No sé.
—¿No sabes tu edad?
La chica sacudió la cabeza, desconcertando a Antoine.
—¿Tienes familia? ¿De dónde vienes?
—No lo sé —repitió Lassa.
—¿No recuerdas nada de tu vida? —Ella volvió a negar—. ¿Entonces cómo sabes tu nombre?
—Me lo puse yo.
—Oh —gesticuló Antoine, sintiendo que la compasión aumentaba en su pecho.
A sus ojos, la joven lucía verdaderamente desorientada; su estado era deplorable. Ni él mismo entendía la razón por la que la había arrastrado de la nada hasta el territorio de su jefe. Había sido... no, no existía un nombre para semejante incoherencia.
Primero debió investigar a fondo su identidad, su procedencia y si resultaba digna de confianza. Sin embargo, los lamentos resultaban inútiles; lo hecho, hecho estaba.
—Escucha, Lassa —Antoine se irguió—. Voy a traerte algo de ropa y comida, ¿vale? Solo asegúrate de no salir de aquí; que nadie te vea.
La había conducido a los cuarteles de los soldados, específicamente al área exclusiva donde él se hospedaba y donde nadie ingresaba sin su autorización. No podía simplemente abandonarla de nuevo en la basura tras haberla sacado de allí mediante engaños y promesas de una vida cómoda para obtener beneficios. La culpa comenzaba a pesarle.
Ante el asentimiento de Lassa, él abandonó la habitación en busca de lo prometido.
Ella mantuvo la misma postura durante un largo rato, fija en un punto difuso del suelo, hasta que se levantó de manera automática.
Terminó frente a un espejo que le devolvió la imagen de sus propios ojos opacos, además de un aspecto sucio y desprolijo. Era incapaz de reconocerse. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que contempló su reflejo? Habían transcurrido meses.
Tras mirarse por otro breve instante, regresó al mismo sitio, adoptó la postura previa y permaneció allí, inmóvil, imitando el comportamiento de un robot.
Solo levantó la cabeza cuando, bastante tiempo después, la puerta se abrió y apareció Antoine cargando dos bolsas. Él pasó el cerrojo, se acomodó en un taburete frente a ella y extrajo dos emparedados.
—Come esto —le indicó—. No es gran cosa, pero al menos te calmará el hambre.
Lassa devoró el alimento con desesperación, impulsada por un instinto casi animal, descuidando la respiración en su prisa.
—Calma, calma —el hombre la detuvo, extendiéndole una botella de zumo—. Bebe esto o te vas a asfixiar.
A grandes tragos, la joven logró aliviar la opresión en su garganta obstruida. Después, continuó devorando los dos enormes emparedados hasta que no quedó ni una sola migaja.
—¿Mejor? —Ella asintió—. Bien. Te traje ropa —añadió, rebuscando en el interior de las bolsas—. Desconozco tu talla, de modo que elegí según mi propio cálculo. Ve al baño y quítate toda esa suciedad.
La chica obedeció de inmediato, desapareciendo tras una puerta. Él permaneció con la mirada fija en la madera, sopesando que, si lograba darle un aspecto presentable, todavía podría encajar en los planes trazados. No tenían tiempo para buscar a otra candidata a esposa que cumpliera con las exigencias del Padrino.
Una mujer con poder, perteneciente al mismo círculo o habituada a ese ambiente, quedaba descartada de los planes de su jefe. El hombre era estratégico; se negaba a compartir el mando con nadie. Buscaba, en cambio, una muñeca viviente que sirviera como incubadora. Alguien completamente manipulable.
Alguien como ella, por ejemplo. Para una mujer de la calle, desamparada, sin techo ni familia, convertirse en la amante del Padrino representaría un privilegio. Ser la esposa significaría tocar el cielo. Solo debía obedecer cada orden.
Transcurrió media hora y el hombre continuaba esperando. No se preocupó, el sonido del agua cayendo al otro lado de la pared le daba tranquilidad. Lo habitual habría sido delegar esa tarea en un subordinado; sin embargo, su jefe le encomendó personalmente la búsqueda de una esposa que encajara en sus estándares. De modo que, a pesar de sus reservas hacia aquella candidata, se aseguraría de moldearla para el papel.
Un corso debía mantener su palabra, incluso ante una vagabunda.
La puerta del baño se abrió y la muchacha apareció al fin. Antoine experimentó un vuelco de sorpresa al descubrirla tan distinta. El vestido que le compró le quedaba grande debido a su extrema delgadez, pero la transformación resultaba asombrosa.
El cabello lucía limpio y su piel, de una palidez natural, había recuperado el tono original. Al clavar la vista en su rostro, descubrió unos ojos de un matiz miel claro; parecía una persona totalmente diferente.
—Mucho mejor —declaró él, serio, pero sus pupilas reflejaban aprobación—. Aunque... requieres ciertos arreglos. De momento, tu limpieza resulta más que suficiente.
Lassa guardó silencio, observándolo fijamente.
—Escucha, el jefe se encuentra de mal humor, de manera que considero inapropiado presentarte ante él tan pronto —explicó mientras se ponía en pie—. Vamos a esperar un poco. Permanecerás aquí escondida; yo me encargaré de traerte comida para que ganes algo de peso y tu aspecto le resulte más... pasable. ¿Comprendes mis palabras?
Lassa asintió.
—Ahora descansa —le indicó, señalando el colchón—. Duerme todo lo que desees. Nadie entrará, salvo quien reciba mi autorización; puedes estar tranquila.
Lassa lo vio marchar y permaneció estática contemplando la madera durante un largo rato. Tras parpadear, se metió dentro de las sábanas y clavó la vista en el techo. Hacía meses que sus músculos no experimentaban semejante relajación.
Sin embargo, en el instante en que selló los párpados, se vio obligada a abrirlos. Un zumbido insoportable le atravesó el cráneo, provocándole un sufrimiento descomunal que casi la obliga a gritar; prefirió morderse el propio brazo antes que emitir el menor sonido.
Presionó la cabeza con las manos hasta que la agonía cesó unos minutos más tarde, dejando un rastro de sangre que ya brotaba de su nariz.
Necesitaba darse prisa, conseguir una nueva droga si pretendía sobrevivir al último mes de vida que le quedaba.
***
—¿Hay algo que me quieras decir?
Antoine enderezó los hombros en cuanto Bastien lo interrogó. Tenía las palabras en la punta de la lengua, pero ignoraba cómo expresarse sin desatar el enojo de su jefe.
—No, señor —optó por mentir, de momento.
—¿Seguro? Te notas bastante raro desde hace un rato —el corso enarcó una ceja, escéptico—. Vamos, habla.
—En serio, señor. Por ahora no tengo nada que comunicar.
—Siendo así, retírate. Ah, y antes pide que me preparen el hammam privado; quiero relajarme.
—Enseguida.
Al salir del estudio, Antoine expulsó el aire retenido en sus pulmones. Ordenó a las doncellas principales preparar la cámara de baños y después retomó el avance hacia los cuarteles de los soldados, el lugar donde mantenía oculta a la muchachita.
Durante el trayecto, su mente daba vueltas a la forma de presentar a esa mujer ante el Padrino sin provocar su furia. Si algo odiaba su patrón era la desobediencia; sin embargo, tras cinco días de búsqueda, seguían sin hallar una candidata adecuada para el puesto de esposa.
Lassa representaba la última esperanza, el único recurso disponible. Tendría que arriesgarse; esa misma tarde la llevaría ante él. La joven había mostrado buen apetito, ganaba peso, lucía mejor color y un aspecto más presentable.
—Lassa, ya llegué —Antoine entró esperando encontrarla en su sitio habitual—. ¿Lassa?
La habitación estaba vacía. Buscó en el baño; tampoco permanecía allí. Miró debajo de la cama por si acaso; mucho menos. Las sábanas estaban revueltas y, además, detectó un rastro de sangre encima. ¿Era de ella?
Antoine se alarmó y de inmediato abandonó los cuarteles para buscarla dondequiera que se hubiera metido. Algo grave debió ocurrir; ella era obediente y siempre esperaba pacientemente dentro de ese pequeño cuarto.
•••
Lassa estaba perdida; ella misma ignoraba hacia dónde la llevaban sus pies. Miraba a todas partes, pero solo veía pinos enormes y matorrales densos. Caminaba descalza, dejando que las piedras afiladas de la senda se le clavaran en la carne.
Antoine le prohibió salir, pero aquello era una emergencia. No tenía idea de dónde encontrarlo, así que avanzaba sin rumbo fijo. Esperar su visita tardaría demasiado; él siempre regresaba muy de noche debido a su trabajo.
Se detuvo en seco al percibir pasos y voces muy cerca. Siguió el sonido, abriéndose paso entre arbustos espinosos que le arañaron la piel, hasta que por fin alcanzó la claridad.
Sus ojos se abrieron de par en par ante el impresionante paisaje que apareció frente a ella.
Altas columnas que se elevaban hacia el techo. Rodeaban lo que parecía una piscina gigante, repleta de un agua que soltaba un vapor aromático. Todo el lugar estaba revestido de mármol blanco brillante.
Dos mujeres vestidas con delantales daban un masaje a un hombre que permanecía de espaldas, sumergido en el agua. Lassa pensó que tal vez alguna de ellas podría ayudarla a resolver su problema.
—Disculpen...—murmuró.
Las dos empleadas se sobresaltaron y dieron un paso atrás, asustadas. El hombre, todavía de espaldas, notó el movimiento y se tensó.
—¿Qué pasa? —preguntó molesto.
Una de las mujeres bajó la mirada, nerviosa.
—Señor... hay alguien aquí.
—¿Quién? —exigió saber, girando un poco la cabeza.
—No lo sé, señor.
Lassa no se intimidó. Caminó un poco más hasta quedar justo al lado de la piscina y soltó un simple:
—Hola.
Al verlo de frente, frunció un poco las cejas. Sus facciones se le hacían conocidas. Su mente trabajó rápido hasta que recordó el momento exacto: días atrás, Antoine la llevó ante este mismo individuo, y él la rechazó, ordenando que la echaran.
Lassa tragó saliva. Quizás había cometido un error gravísimo al entrar ahí.
—¿Y tú quién eres?
Lassa se paralizó bajo la presión de sus ojos. Los labios le temblaron.
—Yo... soy...
—¿Eres quién? ¡Habla, niña! —le insistió él, perdiendo la paciencia.
—Estoy buscando a Antoine —logró soltar ella de corrido—. ¿Sabe dónde está? ¿Me puede decir?
Bastien frunció el ceño.
—¿Y para qué buscas a mi subordinado? ¿Qué eres de él? ¿Él te trajo aquí?
Lassa asintió rápido.
—Sí. Lo necesito urgente.
El Padrino la analizó de pies a cabeza, ceñudo. Aquella cara se le hacía conocida, sentía que la había visto en alguna parte, hasta que los engranajes de su memoria encajaron y recordó a la indigente mugrienta de hacía unos días.
Sin importarle la presencia de las sirvientas ni de la intrusa, Bastien se levantó del agua. El líquido le escurría por el pecho robusto, el abdomen y las piernas. Se dio la vuelta para quedar frente a ella de cuerpo entero, exhibiendo su desnudez total y su polla caída sin el menor pudor.
Sin embargo, los ojos de Lassa no bajaron ni un solo milímetro. No mostró sorpresa, timidez ni vergüenza al verlo de esa manera. Sus pupilas permanecieron fijas en el rostro del hombre, exactamente en el único ojo que le quedaba libre, ya que el otro estaba oculto tras un parche oscuro.
Bastien salió de la piscina así, completamente desnudo, y caminó hasta pararse justo delante de ella.
—¿Eres la vagabunda de ese día? —preguntó, bajando la voz.
Ella volvió a asentir.
El Corso torció el gesto, molesto. Recordaba perfectamente haberle ordenado a su segundo al mando que se deshiciera de esa muerta de hambre. Antoine lo había desobedecido.
Aprovechando la cercanía, la examinó a fondo. Lucía diferente a la primera vez. Estaba limpia, aunque la delgadez seguía siendo evidente en los huesos marcados de su clavícula. Llevaba un vestido holgado de tela blanca que, debido a la humedad del ambiente, se le transparentaba, dejando ver la ropa interior debajo.
Ella parecía no darse cuenta de ese detalle, o simplemente no le importaba. El cabello era un auténtico desastre, pero al menos la mugre había desaparecido, revelando un rostro redondo que se veía bastante decente en comparación al recuerdo que él tenía.
Parecía una muñeca: pequeña, indefensa y frágil.
—¿Por qué necesitas a Antoine con tanta urgencia?
—Porque necesito que me compre algo.
—¿El qué?
La chica desvió la mirada un segundo hacia el suelo de mármol. Luego volvió a clavar sus ojos color miel en el Padrino, mostrando una calma extraña.
—¿Usted me podría ayudar? —le preguntó, cambiando el objetivo.
Bastien alzó una ceja, intrigado por el descaro de la joven.
—Dime qué es lo que necesitas.
Lassa empezó a juntar sus dedos, moviéndolos con cierta inquietud, aunque su rostro no reflejaba nerviosismo real, sino una ligera incomodidad física.
—Necesito comprar unas toallas femeninas —reveló—. Me llegó el periodo. No puedo simplemente cubrirme con trapos viejos; es muy incómodo ahí abajo. ¿Usted puede conseguirme unas? O si prefiere, dígale a Antoine.
Bastien parpadeó, procesando las palabras. Los labios se le curvaron despacio en una sonrisa incrédula. De pronto, soltó una carcajada fuerte que retumbó en las paredes de la cámara de baños.
Lassa quedó confundida por su reacción.
—¿Dije algo malo?
El hombre dejó de reír aunque la diversión seguía grabada en sus facciones. Se inclinó un poco hacia ella.
—¿Acaso pretendes que yo, o mi segundo al mando, vayamos a conseguirte toallas femeninas?
—Exacto —afirmó ella, asintiendo.
—Increíble —murmuró Bastien, sacudiendo la cabeza.
El hombre extendió un brazo y le hizo una seña a una de las doncellas que seguían apartadas. La sirvienta se acercó rápido, le entregó una toalla grande de baño y él se la amarró firmemente a la cintura, cubriendo su desnudez.
—Sígueme —le ordenó Bastien, dándole la espalda.
Lassa no lo pensó dos veces. Caminó detrás de él, sintiendo el mármol frío bajo sus pies descalzos mientras intentaba mantener el ritmo de aquella figura gigante que avanzaba con paso firme.
Al salir del recinto, Bastien divisó a uno de los guardias del pasillo y le lanzó una orden tajante:
—Traigan a Antoine ante mí. Inmediatamente.
•••
Lassa avanzó lentamente por un enorme salón repleto de muebles lujosos y objetos llamativos. Había floreros de formas extrañas, cuadros imponentes en las paredes y una biblioteca gigante que cubría varios metros. Al acercarse a un gran ventanal, contempló un hermoso paisaje exterior: extensos jardines, fuentes de agua esculpidas y, a lo lejos, la silueta de un lago artificial.
La puerta se abrió poco después. Bastien regresó vistiendo unos pantalones oscuros y una camisa negra ligeramente desabrochada. Caminó hacia el centro del salón, tomó asiento en un sillón individual y le indicó a la joven que hiciera lo mismo.
Lassa obedeció, sentándose frente a él sin apartarle la mirada. El Padrino le sostuvo el contacto visual, serio y callado, esperando la llegada de su subordinado.
Minutos más tarde, Antoine apareció. Al descubrir a Lassa allí metida, el rostro se le desencajó por la sorpresa, intercalando la vista entre la chica y su jefe.
—¿Tienes algo que decirme sobre esto, Antoine? —soltó Bastien.
El sujeto tragó saliva, dio unos pasos hacia el frente y agachó la cabeza.
—Señor.
—Esa pequeña cosa andaba rondando por mi castillo e interrumpió mi descanso en el baño privado —explicó, apoyando los brazos en los costados del sillón—. ¿Se puede saber por qué sigue aquí?
—Lamento profundamente haber desobedecido su orden —dijo Antoine, manteniendo la compostura—. Sin embargo, mi intención era prepararla bien y presentársela una vez más. Sigo considerando que es la candidata perfecta para el puesto. Por más que hemos buscado una mujer que encaje en las exigencias solicitadas por usted, no logramos hallar a nadie. Ha rechazado a todas las anteriores.
Bastien guardó silencio. Sus ojos se desviaron de nuevo hacia Lassa, detallando su calma aparente.
—¿Has investigado su procedencia? ¿Sus antecedentes? —le preguntó a Antoine.
—Ella no recuerda quién es ni de dónde viene, señor.
Bastien alzó una ceja, escéptico.
—¿Acaso pretendes que me case con una desmemoriada?
—Mañana mismo puedo traerle un informe detallado con lo poco que logre averiguar sobre ella —le aseguró Antoine, buscando apaciguar su molestia.
Bastien se sumió en sus pensamientos, analizando la situación a fondo. Aquella mujer tal vez encajara en sus rígidas exigencias. El plazo otorgado por el consejo de la familia había llegado a su fin; los hombres del clan esperaban que eligiera una esposa dispuesta a darle el futuro heredero, asegurando el linaje antes de que muriera sin dejar descendencia.
Aquella vagabunda representaba una salida rápida y eficiente a sus presiones.
—Se ve demasiado delgada y frágil —apuntó—. ¿Tiene la capacidad física para soportar el peso de engendrar a mi hijo? Deberías conocer muy bien las consecuencias si ella llegara a perder al bebé.
Antoine asintió.
—Si me lo permite, jefe, mañana mismo le haré los estudios médicos necesarios para asegurar que su cuerpo está listo.
Bastien se puso de pie despacio. Caminó hacia su subordinado, acortando la distancia hasta quedar frente a él. Elevó un brazo y le puso una mano pesada encima del hombro, apretando los dedos tan fuerte que obligó a Antoine a tensar la postura.
—Escúchame bien —le advirtió, bajando la voz de forma amenazante—. Solo porque esa mujer puede resultar útil en un momento tan crítico para el clan, es que te salvas de un castigo severo por tu desobediencia. Solo por eso. Considéralo una tremenda suerte. Si vuelves a ocultarme algo, atente a las consecuencias. No habrá otra oportunidad.
Antoine tragó saliva, manteniendo la mirada firme a pesar del dolor en su hombro.
—Lo tendré muy en cuenta, señor. No volverá a suceder.
El Corso soltó el agarre, apartándose de él, y acomodó las mangas de su camisa negra.
—Prepara a la chica como se debe. Quiero que luzca presentable para ser presentada oficialmente como mi prometida. No quiero ningún error, ¿quedó claro?
—Entendido, jefe. Yo me encargo de todo.
Sin añadir más, Bastien dio la vuelta y abandonó el gran salón, dejando un silencio pesado detrás de él.