Narra Amanda.
Tan solo faltaban dos meses para terminar con la tortura que me ataba a los recuerdos, a la nostalgia, pero sobretodo, a la rabia. Esa rabia que crecía en mi interior como el cáncer terminal.
Poco a poco, mientras las horas solo se encargaban de pasar, sentía cómo todo me irritaba. No quería saber de nadie, estaba tan concentrada en lo que para mí era importante, que llegó un punto en el que a duras penas veía la cara de mis padres. Era un libro, película o serie tras otra. Había llegado a ser asocial.
Mis calificaciones no bajaban, gracias al cielo, pero era falta quizá de compañía durante las clases, los desplantes que le hacía a mis amigas cuando querían esperar por mí el tiempo que fuese después de clase, Mateo esperando por mí en las entradas sin recibir un saludo de mi parte, aquél encuentro con Dalia en el baño para señoritas en donde se echó a reír sin razón en mi cara, y la mirada al parecer de pena de Santiago, lo que hacía que me sintiera, además de sola, con ansias de hacer algo grande. Quería vengarme.
Yo, Amanda Bayer, una chica incapaz de matar a un mosquito, tenía unas ansias extremas de ver avergonzados a las personas que me habían hecho semejante basura. Y es que cada vez que los pensaba, más los odiaba, más me dolía, pero no había tenido la osadía de hacer algo.
Dayna y Alberto eran las únicas personas a las cuales les había comentado, aunque no con profundidad, lo que ocurría. Mientras Dayna me decía que “todo caería por su propio peso”, Alberto aseguraba que la única forma de que lo superara era vengándome.
No tenía idea de lo que fuera a pensar mí mejor amiga. De ninguna manera tenía pensado decírselo a Marta, porque la conocía. Sabía que si soltaba algo tendría que soltárselo completo. No quería herirla. No obstante, cuando un miércoles por la mañana escuché su voz en el interior de mi casa, supe que no tenía escapatoria.
—Señor Amador, Señora Patricia ¡Tiempo sin verlos!
—¡Niña! ¿Cómo has estado? ¡Dios Santo! ¡Mira cómo has cambiado! —Decía mi madre, mientras yo veía la escena con una sonrisa ladeada —Parece que no te he visto en años.
—Solo tres meses —Le dijo mi amiga dándole un beso en cada cachete. Cuando su mirada me ubicó sonrió —Aunque parece un año. Su hija ya no me quiere. No sé qué le he hecho.
Mi madre se giró para verme con los ojos muy abiertos sorprendida. Ella sabía que podía alejarme de todo, hasta de ellos, pero sé que jamás pensó que podía alejar a Marta. Su mirada se mostraba molesta, tal vez decepcionada, y hasta seguramente me regañaba, pero cuando miré a mi amiga con una cara nostálgica, no pude evitar correr hasta ella para abrazarla con fuerza.
—Te extraño mucho —Expresamos al unísono.
Mis padres sonrieron ante la escena conmovedora y se despidieron de nosotras advirtiéndonos que debíamos irnos a clases.
—Bien, sé que tienes clase a las 8.30, ¡No sabes lo que tuve que hacer para saber eso! yo tengo a las 7.30, pero faltaré a la primera clase porque no te perdono que hayan pasado casi tres meses desde la última vez que hablamos de verdad. Quiero pensar que tienes una excusa muy muy válida para que te hayas cambiado de sección, para que te hayas alejado de Dayna, Santiago, Mateo ¡Y de mí! ¡De mí! —Decía detrás de mí, haciéndome sentir mal, mientras nos dirigíamos a la cocina —Créeme que intentaba no prestarle atención, quería darte espacio y lo del proyecto me tenía ocupada ¡Pero casi tres meses! ¡Tres meses, Amanda! ¡Y es que estoy furiosa! Tan furiosa porque sé que le contaste algo a Dayna ¡A Dayna! ¡No a mí!
Verla, era como ver una de esas películas de drama. Parecía la escena en la que el protagonista explota, en la que se le rebela al antagonista. Muy parecida a la escena que hice frente a Santiago, aunque sin las mismas palabras. Oh, ¿cómo crees que podía comenzar mi explicación sabiendo que ella sufriría? Porque si se lo decía, no podía ocultarle la verdad.
Ella merecía saberlo todo; su cara llena de molestia y preocupación mientras se sentaba en la butaca del comedor y tomaba una bebida achocolatada ofrecida por mí, fueron los detonantes de mi lengua suelta.
—Era un reto. Lo de Santiago. Él estaba conmigo por un reto —Dije rápido. Ella comenzó a respirar como si le faltaba aire, pero sabía que solo era parte su lado dramático —Pero eso no es todo.
Mi amiga comenzó a hacer una clineja con su largo cabello castaño, desde el inicio de la frente. Era una de sus formas de mostrar nerviosismo. La conocía tanto que sabía que en cuanto terminara de contarle todo, su clineja estaría lista y la desataría con furor. Yo estaba repitiendo las palabras en mi cabeza, buscando una forma ligera de decirlo.
—Mateo sabía todo. Es más, creo que él fue quien le puso el reto junto a...
—¡¿Quién?! —Veía cómo prensaba con fuerza su clineja que iba ya muy bien formada a la mitad de su cabeza —Junto a Dalia y... Gonzalo —El último nombre lo dije muy bajito.
—¡¿Gonzalo?! —Gritó dando un brinco parándose de la butaca —¿Cómo que Gonzalo? —Cuestionó con confusión.
Respiré profundo para robarle de la bebida, tomando tiempo para que se calmara un poco.
—Cuando... ¡Ay bueno! —Cuando vi su cara ansiosa por la respuesta supe que no había una forma sutil de decirlo —Cuando fui al centro comercial los vi, los seguí, los escuché hablando; Dalia, otro chico que no conozco y Gonzalo. Decían algo de un reto, luego entendí que al parecer Dalia, Mateo y Gonzalo le retaron a Santiago besarme ¡Y claro! Él tenía que buscar la forma de que se le hiciera más fácil, por eso se hacía el que intentaba conquistarme ¡Válgame Dios! —Le conté rápidamente, para inhalar, exhalar y continuar —Gonzalo también te besó y te coqueteó por un reto. Dalia lo dijo, él lo confirmó.
Oculté mi rostro entre mis manos esperando un grito furico de su parte pero lo que conseguí fue sentir su mano apretando la mía mientras que con la otra se tocaba el pecho y comenzaba a llorar desconsoladamente. No sabía lo mucho que ella estaba ilusionada con él hasta ese momento. Porque, aunque cuando me confesó lo que había pasado con él, también lloró, no lo había hecho al extremo de ese día.
Saber que lo que había pasado con ellos había sido parte de un juego le partió el corazón. Y yo, entre triste y molesta, decidí que haría algo para que pagaran. Podían muy bien hacerme llorar a mí, pero no a mi mejor amiga.
Ese día, después de que Marta con la cara hinchada, decidió no ir a clases y me pidió que entregara sus trabajos por ella, estuve pensando durante y después de las clases, lo que haría para vengarme. Lamentablemente, solo se me ocurrían cosas demasiado obvias, una cachetada, unas cartas ¡Un chisme! No, tardaría en regarse, pues a pesar de que era grande la secundaria los profesores se encargaban de callar todo tipo de rumores amenazando con las calificaciones y actividades, por lo que, estaba descartada.
De repente, se me prendió un bombillo y fui por mi teléfono para hacer una llamada. Cuando escuché la voz del otro lado de la línea con tantas ideas mis sentidos se alteraron, estaba realmente ansiosa por ver lo que pasaría. Y es que, fueron tantas cosas que había acumulado con el tiempo, que ya no me importaba. Yo no les había hecho daño a ellos, y ellos me lo hicieron a mí. El karma confabulaba conmigo.
Mi plan estaba perfectamente calculado. Me había parado temprano el día siguiente, de nuevo no había puesto mis medias pantis, había recogido mi cabello con una coleta alta y había dejado dos rizos caer por los costados, maquillé mi frente por las espinillas y pinté mis labios de un brillo rosa; cuando me miré en el espejo sonreí victoriosa.
Por segunda vez en mi vida sentía que haría algo realmente malo por una buena razón. Aquella vez en el campamento había sido la primera vez, y aunque esa vez tenía muchos motivos para hacer el mal porque me habían herido mucho, me encontraba igual de emocionada.
Inhalé el olor a la dulce venganza antes de obtenerla. Caminaba unos cuantos metros antes de la entrada fingiendo buscar señal, pero realmente lo hacía porque esperaba un mensaje. La única razón por la que no sonreía era porque alguien podía sospechar de mí. Así que solo me limitaba a caminar “buscando señal” mientras tarareaba alguna canción de Imagine Dragons que no sabía muy bien la letra, ni siquiera el nombre, pero me hacía sentir poderosa.
Los teléfonos a mi alrededor, mientras los alumnos rondaban el lugar comenzaron a sonar después del mío. Observé la imaginen que había llegado a mi correo, y oculté una sonrisa cuando vi a una de las amigas de Dalia llegar y comenzar a brincar como loca, quizás en busca de su amiga.
—Que se joda el amor... —Escuché detrás de mí —Me siento como si me hubiera pasado toda la embarcación de la marina estadounidense por encima —Expresó Marta para después abrazarme y mirarme con el ceño fruncido —¿Y ese brillo en tus ojos, Amanda? ¡¿Perdonaste a Santiago?!
Estaba a punto de ponerse histérica, y vaya que ya lucía lo bastante mal como para sumarle ese malestar, así que solo le mostré mi teléfono cuando vi que no llevaba el suyo en el bolsillo delantero de su bandolero. Su cara mostraba asombro, y por supuesto dolor. Pero ella sabía todo, estaba enterada de esa foto porque debí mostrársela el día anterior, sin intención de herirla más. Ella me entregó el teléfono y respiró hondo.
—¿Sabes que apenas me enteré ayer? —Dijo mientras veía sus ojos llenarse de lágrimas.
Había pensado que le afectaría pero estaba convencida de que lo superaría. No era que no la consideraba importante porque en gran parte la venganza era por lo que le habían hecho también, pero mi objetivo se centraba en las personas que entre una charla llena de risas, bajaban de un auto blanco.
Vi al padre de Dalia bajar del auto y comencé a pensar que tal vez había escogido mal el día para hacer que le llegara la foto a todas las personas que recibieran señal de la red Wi-Fi de la secundaria.
Quise ocultar mi rostro cuando mi amiga Marta vio a Gonzalo, y él la vio a ella después de ver su teléfono celular. Como una serie juvenil mi amiga Marta salió corriendo, Gonzalo fue detrás de ella gritándole que “No era lo que ella pensaba” y además un “Déjame explicarte, por favor” Uy, ¡ese patán!
—¡Rayos! —Susurré. Me había perdido la reacción de mi supuesto mejor amigo y su ex noviecita.
No obstante, cuando observé su escena, pude ver cómo Mateo con pasos pesados se alejaba de la secundaria. Sintiendo una punzada en mi pecho cuando lo vi ver por última vez a su ex con dolor, mis ojos se llenaron de lágrimas; pero lo que pasó después fue el Karma dándome una cucharillita de su medicina.
Pude ver cómo el padre de Dalia después de un par de gritos le proporcionaba una cachetada que hizo caer sus lentes. Tapé mi boca sorprendida por lo ocurrido mientras sentía su dolor. Los estudiantes de diferentes años murmuraban y la señalaban mientras ella era metida bruscamente hacia el carro blanco. Cuando vi a su padre gritarle tan feas palabras mientras el carro avanzaba y ella lloraba, mis lágrimas salieron.
Se suponía que debía sentirme victoriosa, pero me sentía pequeña, como una rata.
...
—Mamá —Dice Amanda acercándose a la cocina —¿Estás?
Su madre levanta una mano del lado dentro del espacio de la cocina para después apoyarse en el mesón para levantarse y le sonríe —Creo que el veneno para las chiripas funcionó.
La chica de piel morena ríe por la absurda felicidad de su madre y se sienta en una de las butacas apoyando sus codos del mesón —Quiero hacerte una pregunta —Aprieta sus labios cuando ve a su mamá asentir mientras toma el cepillo y comienza a barrer — ¿Conoces a la mayoría de los choferes que parten del vecindario? —Cuestiona, pero al ver su cara confusa se ve en la obligación de aclarar —Es decir, desde que tomo el bus para asistir a la universidad, vi a un tipo que me parece muy extraño.
La señora Patricia alza su mirada dejando el cepillo de barrer tumbado a la pared, y del lado contrario al de Amanda, coloca sus codos sobre el mesón —¿Así cómo? Háblame de él a ver si sé quién puede ser.
—Uhmm —Amanda debe cerrar los ojos para transportarse hacia una semana y media y suspira cuando con perfección recuerda aquél rostro —Cabello casi rubio, piel blanca, contextura gruesa, parece que hace ejercicios, se veía alto aunque no estoy segura —Los recuerdos hacen que inexplicablemente el calor suba a sus mejillas —Hoyuelos y ojos verdes. Parece que no es completamente latino, tiene aires de extranjero.
—Alan Rodríguez, efectivamente —Aquél nombre hace que el corazón de la chica lata apresurado —No es de por aquí, bueno, no nació aquí en Panamá; su mamá se llama Lusiana D´Elia, es italiana, su padre era panameño —La madre de Amanda observa con detenimiento la expresión nerviosa pero interesada de su hija —¿Te ha gustado? Porque lo he visto, es muy guapo, pero es pandillero.
Amanda sacude su cabeza —¿Un qué?
—Un pandillero, hija; drogas, armas y quién sabe qué más. Todos lo saben, pero él cree que puede ocultarse porque es chofer. Aun no sé porqué le dieron ese puesto —Reflexiona Patricia —Aunque puede ser porque... ¡Claro! —La mujer asiente como si ha resuelto algún enigma y Amanda palidece —¡Es la única forma de mantener comunicado de todo lo que pasa a su jefe! ¡Es muy obvio! —Patricia borra su sonrisa cuando ve a su hija abrir los ojos como platos —Sé sobre criminales, hija, no quiero que te le acerques más ¡Pero ni un pelo!