Narra Amanda.
Dolor. Se dice que el dolor es un tipo desalmado con aspecto rudo que si llega a cruzarse por tu camino no serás capaz de olvidarlo tan rápido. El dolor no solo había pasado por mi lado, me había ultrajado hasta el alma.
No quería pensar que estaba exagerando, pero cuando me alejé del puesto de pizzas, cabizbaja, y bajé a la primera planta pude ver a Santiago esperando por mí. No fui capaz de enfrentarlo. Tampoco quise enfrentar el dolor cuando vi que efectivamente mi supuesto mejor amigo llegaba al centro comercial sin percatarse de mi presencia.
Cuando pensaba en ambos era como si dos balas penetraban mi pecho. El dolor era mucho más grande porque había sido por partida doble. Era mucho menos llevadero porque me había terminado de arrebatar la confianza en mí misma hasta para escoger a mis mejores amigos. Primero Roose, y después Mateo.
Me costaba entender el porqué. Mi mente estuvo completamente en blanco cuando sin encontrar respuesta razonable, y sin saber cómo, me encontraba en el auto de papá. Mientras él no tarareaba canciones ni hacía preguntas, yo solo me limitaba a sentir cómo ese tipo desalmado llamado Dolor, combinado con la señorita Desilusión y su amiga Decepción, recorrían por mis venas. Era como un complejo vitamínico, que me quitaba la fuerza en lugar de dármela.
Recuerdo haber llegado a casa ese día sin querer escuchar las preguntas de mamá. Quise pensar que papá le explicaría que no me había ido bien; sabía que los preocupaba, pero pensaba que yo misma había buscado mis males. Fallé al pensar que Santiago tenía buenas intenciones conmigo. Fallé al creer, desde lo más profundo de mi corazón, que Mateo jamás sería capaz de hacerme daño.
El supuesto interés de los ojos que ya no eran misteriosos, pues ya sabía su secreto, era debido a un estúpido reto ¡Un reto, Amanda!, un cliché y estúpido reto. Pero que Mateo supiera todo y que me hubiese dicho “algo en mi me dice que él no está haciendo las cosas bien”... no. Mis lágrimas se rehusaban a parar. No dejaba de culparme. Me había equivocado en todo.
Dormir... lo único que necesitaba era dormir, aunque me aterraba la idea de que, también en sueños, Mateo, Santiago, Dalia y Gonzalo me persiguieran. Los odiaba. No quería verlos. No obstante, por mucho que deseara no verlos o escucharlos me quedaba casi medio año para terminar la secundaria. Solo se me ocurría una estrategia para librarme de sus presencias. Tener que darles la cara, para mí, significaba echarle acido a la herida.
—¿Podemos entrar? —Cuestionaron mis padres al unísono. Vi la hora en el reloj de mi teléfono; 10: 45. Debían estar durmiendo.
—Será —Contesté sin ánimos, acobijándome más sobre mi triste cama.
—Ni triste dejas de ser odiosa —Me reprochaba mi padre, haciéndome sonreír de medio lado cuando mamá encendió la luz.
—¿Qué quieres que hagamos por ti?
Esa pregunta por parte de mamá había tocado mi corazón. Necesitaba tanto, y les agradecía tanto que no hubiesen cuestionado nada que me hiciera llorar de inmediato. Aunque, cuando extendí mis brazos en busca de un cálido abrazo por parte de ambos, las lágrimas volvieron a salir por sí solas, mojando el pañito de cocina que mamá tenía sobre el hombro.
—Quiero que me cambien de sección —Les pedí mientras me soltaba de sus brazos.
Patricia y Amador se mostraron tan confusos que fue imposible para mí no querer darles una explicación. Sin embargo, al pensar y pensar una razón que no tuviera que exponerme demasiado, no tuve otra opción más que callarme.
—Pero y... —Sabía que papá nombraría a mi supuesto mejor amigo, así que comencé a negar con mi cabeza —No creo que haya problema, Amanda, ¿tú tienes algún problema, amor?
Mamá alzó levemente los hombros mostrando una sonrisa —Quiero un porqué.
Vaya, es que Patricia era, y es... ¿Cómo decirlo? Eso, nada ni nadie se le escapan. No tuve otra opción, mientras analicé lo ocurrido e intentaba no volver a llorar tuve que pensar decirles parte de la verdad.
—Me la he llevado mal con... —Guardé silencio y los encaré después de suspirar —Con Mat, incluso con este chico que les había hablado. Lo único que no quiero es verlos en lo que queda de año. Me desconcentraré si los tengo cerca, lo sé. No quiero que afecte mis calificaciones, estoy muy cerca. —Sabía que si soltaba algo referente a mis calificaciones, mamá más que papá, de inmediato aprobaría mi petición —Debe ser la sección A o C.
No dijeron más que habían preparado un pastel de chocolate para mí y tras besar mi frente, me dieron las buenas noches para irse de mi habitación. Ambos caminaron tomados de la mano y sonreí por ello. Tenía la certeza de que mamá haría lo que fuera para cambiarme de sección. Oficialmente esa petición no estaba permitida, porque los directivos organizaban a los grupos y no podían ser cambiados, así que... si mamá lograba encontrar alguna ley que me lo permitiera, me iría con la sección A o C sin ningún problema. Yo solo quería estar lejos de ellos.
...
Una de las ventajas de ser una secundaria demasiado grande, era que, por supuesto, se organizaban tanto, que ninguna sección del mismo año chocaba con las horas de salida y algunas veces incluso las horas de entrada. Así que me sentí afortunada cuando la gran Patricia Alcalá tocó la puerta de mi habitación el domingo por la noche y me hizo saber la gran noticia; había logrado cambiarme de sección.
Después de un fin de semana nostálgico, lleno de mucho complejo vitamínico-desvanecedor, sin prestarle atención a la fila de mensajes y llamadas perdidas de Santiago, Dayna, Marta y Alberto, había llegado un día nuevo de clases.
Caminaba rumbo al espejo de mi cuarto tras haberme dado tiempo suficiente para comer junto a mis padres antes de que partieran a trabajar. Miré cuerpo y ropa de arriba abajo; el cabello rizo lo tenía semi-recogido con una media coleta, no dejaba de verse abundante pero al menos se veía peinado. Mi falda azul marino lucía un poco más chica que el año anterior pues, llegaba por encima de mis rodillas y alguno que otro centímetro más.
Me detuve un tiempo observando las medias pantis que en toda mi trayectoria secundaria había usado, y en un arrebato, como la mayoría de las alumnas, y en vista de que comenzaría “un nuevo ciclo”, quité mis zapatos para poder retirarlas.
El hecho de que mi altura a los diecisiete fuera de un metro sesenta y nueve centímetros ayudaba a que mis piernas morenas y llenas de carne lucieran un poco largas. Di un respiro tras ponerme los zapatos nuevamente y sonreí mientras me daba una vuelta, al menos no me crecía tanto el vello en las piernas como en otras partes; sin embargo, rodé los ojos al mirar mi abdomen abultado. Era como una gran gelatina.
No me consideraba fea, pero entre el abdomen, la papada que era notoria y los granitos en la frente que salieron desde que había manchado las pantis de rojo por primera vez, me acomplejaban. Sabía que todo eso en conjunto sumado con mi autoestima hacía que fuera débil frente a personas tan físicamente bellas como Dalia, e incluso mi misma amiga Marta y Dayna. Aunque con las últimas no había nada que esconder, era evidente que yo seguía siendo la amiga morenita y gordita del grupo. Nadie me sacaría de allí.
Abrí mis ojos como par de platos llanos al acercarme al espejo y ver que se asomaban unas espinillas. Cada vez que me bajaba el mes, las espinillas salían a hacer fiesta, por lo que, aconsejada por Marta, me las cubría con base. Parecía que estaba destinado el mal día, pues, cuando estuve a punto de marchar un cólico abdominal me retorció. Tuve que devolverme para prepararme, desde mi parte intima, las ojeras de tanto llorar y mi frente.
Me entusiasmaba un poco el hecho de que por primera vez, aunque no estaba prohibido para las chicas de penúltimo y último año, llevara mis piernas expuestas. Me sentía abrumada, tímida al caminar, pero estaba segura que eso haría alguna diferencia en mí. Eso quizás me distraería de tantos pensamientos que no me hacían bien.
Di un respiro cerrando muy bien mi querida casa, y mientras bajaba los escalones que me llevarían a la acera, acomodé mi mochila dando un exhalo nostálgico al saber el día que me esperaría. No quería ver a ninguno de esos traidores, rezaba por ello.
—¡Aléjate de mi camino! —Gritó un chico haciéndome dar un brinco no muy estable hacia al frente. Volteé a verlo ¡Estúpido chico de la patineta! ¡Casi me hacía caer!
—Cuidaaaaa ah ah ah ¡aaaaah!
El chico que estaba a punto de pasar a toda velocidad se topó con mi cuerpo. No me dio tiempo de alejarme cuando escuché la advertencia. El tropezón había sido tan grande que había logrado darme un par de vueltas en mi sitio, haciendo que, en busca de no caerme, agarrara por los brazos al chico rápidamente.
—¡Virgen Santísima! ¡Cuanto lo siento! —Se disculpó el chico sin soltarse de mi agarre.
Sacudí mi cabeza buscando reaccionar del mareo que me había generado y me peiné el cabello preocupada de que le hubiera pasado algo. Ya estaba, como todos me decían “espelucada”, pero era un espelucon moderado. Esas vueltas me habrían dejado como cepillo dental mega-usado; con las celdas esparcidas. Mi mochila había caído al suelo, el chico se apresuró en devolvérmela.
—¡Perdiste, Fernando!
Fernando, Fernando, Fernando... ¿De dónde lo había escuchado? La cabeza no me daba, iba tan tarde que me había perdido la entrada, y aunque para mí era mejor, tenía dolor de vientre y no dejaba de sentirme triste. No tenía tiempo de analizar nada.
—¡Déjalo, Simón! —Le gritó de vuelta con una risita extraña —¡Podré los próximos dos kilómetros también!
—Tú... —Solté sus brazos, abrumada. Cuando volteó su rostro hacia mí, reconocí quién era.
—¿Te reseteé? —Frunció el entrecejo analizándome con una sonrisa. Sus ojos se abrieron de par en par después de unos segundos —Tú eres...
—Sí, bueno, me tengo que ir —Dije rápidamente, no quería por nada del mundo seguir retrasando mi destino.
—Oye pero... —Miré sus ojos avellanas mientras me alejaba —¡Saludos a Marta! —Gritó, pero cuando me alejé lo suficiente para así esperar el bus escolar.
Fernando, era aquél chico de penúltimo año que, mientras yo estaba en primer año de secundaria, mi amiga Marta se encargaba de literalmente “metérmelo por los ojos”. Cuando ella mencionaba que era un chico demasiado agradable, guapísimo y divertido le brillaban los ojos. Sí, bueno, la razón por la cual nunca quise pasar de un hola con él fue por esa misma razón.
Ya sabes, intuía que mi amiga tenía una especie de amor platónico con él, así que cuando, efectivamente, mi enamorado de ese momento, Richard, metió la pata, me prohibí prestarle atención sobre él y el hecho de que ella quería que nos conociéramos.
Segundos después cuando él se marchó mi transporte llegó. Mientras miraba por la ventana a las personas ir de lugar en lugar pensaba que no iba a negar que el chico llamado Fernando era guapo; su cara lucía un poco más varonil, pero fueron precisamente esos ojos que con el sol parecían ser avellana, que comencé a pensar en Mateo, y eso consigo hizo correr lágrimas silenciosas por mis mejillas.
—Fin del recorrido —Dijo con cierta energía el chofer, deteniendo el bus.
Sequé mis lágrimas teniendo cuidado de no hacer que se arruinará el maquillaje en mis ojeras y tras colocar bien mi mochila, con un respiro logré pisar una de las franjas amarillas que dividía la calle de la secundaria.
—Amanda... Wow, te has quitado las medias.
Mi corazón se sacudió, dio más vueltas incluso que las que Fernando me había hecho dar. ¿Estaba esperándome? No quería verlo, no quería escucharlo, su presencia frente a mi me llenaba los ojos de lágrimas y el corazón de rencor.
—No contestaste mis mensajes y llamadas.
Yo quería limitarme a ver mis pies mientras huía de la escena. Podía escuchar en su voz algo de confusión y nostalgia. No quería que me explicara nada, pues yo lo sabía todo.
—Amanda por favor —Su tono de voz firme hizo que lo viera a los ojos con sorpresa —¿Qué tienes? ¿Qué pasó? ¿Por qué no llegaste al centro?
De paso se hacía el idiota. Trataba de controlar mi respiración porque, me daba tanto dolor y rabia lo que había hecho e intentado hacer en complot con esos estúpidos, que si me seguía hablando como si fuera una tonta podría hacer cualquier locura. Iba a decirle lo que tenía que decir. Ya había comprobado que podía ser impulsiva y en ese momento, aunque no quería halarlo del cabello como a Dalia, estaba furica.
—¿Qué esperas que te diga, Santiago? —Él frunció el ceño, como si yo fuera la loca —¡Lo sé todo, rayos! ¡Me mentiste! —Mis acusaciones captaron la mirada de varios estudiantes que aún merodeaban la entrada, pero seguí —Soy demasiado ingenua y tú lo suficientemente tramposo pero ya me cansé —A ese punto, sentía que mi verdadero yo había salido de sí —¡Te juro que ya me cansé de que las personas crean que pueden hacer lo que quieran conmigo! Creí que eras una buena persona, que te acercabas con tu sonrisa de estúpido porque yo realmente te gustaba, pero ¿qué crees? Escuché a tus amiguitos en el centro comercial, Santiago. Sé que ibas a intentar besarme porque era una reto, de hecho, ¿solo te comportabas así conmigo para que se te hiciera más fácil lo del beso no?
Listo, lo había soltado. Mi sangre hervía. Después de eso, él debía decir algo para convencerme de lo contrario; sin embargo, como lo esperé, él solo bajó la cabeza. Incapaz de mirarme a la cara después de varios segundos, me alejé de él, hecha una bala llena de vacío y decepción.
Ni siquiera me lo había negado, y eso afirmaba que era cierto, al igual que lo de Mateo. Ese día prometí que no dejaría que cualquiera me conquistara tan rápido, además de dejar de confiar tanto en mis amigos. Si una persona como Mateo que conocía desde hace tantos años me había hecho algo tan feo ¿quién me aseguraba que otro no lo haría?