Narra Amanda.
—Me vale —Me decía Mateo, furioso —Me dijo que le hiciste algo horroroso.
—¿Que yo qué? —Grité hecha una bola de fuego —¡Ay! ¡Lo sabía! ¡Cuando llegara la hora ibas a ir corriendo detrás de ella! —Mis ojos se llenaron de lágrimas —No importa lo que pase Mateo Hudson, siempre preferirás creerle a ella o estar con ella.
Mis lágrimas comenzaron a salir mientras sentía una fuerte presión en mi pecho. Me dolía, me dolía bastante que él creyera que yo le hubiera hecho algo malo. Y aunque sí, no le había hecho un favor al hablar con Mat, además de que en el campamento arruiné su feliz estadía, ¡Seguía siendo injusto!
—Me hablas en guari-guari, Mat —Lo miré, molesta —Cómo me crees capaz de hacerle algo, si aunque es una mosquita muerta yo no sería capaz de matar a una mosca.
—¿Te estás escuchando? ¡No te viste, Amanda! ¡Yo sí! ¡Esa no eres tú! ¿Cómo me aseguras que no le hiciste algo después de ver el chiquishow que hiciste? —Sus ojos estaban también llenos de lágrimas y eso me dolía aún más —¿Qué pasó entre ustedes?
Yo titubeé un par veces. Me encontraba sentada en la camilla de la enfermería; me habían mandado a revisión para después enfrentarme a dirección, claro ¡Tendría que pasar por todo eso por su culpa! La enfermera había sido condescendiente y me había dejado sola con Mat, aunque después de unos segundos no se lo agradecía.
—Hace semanas me pidió que hablara contigo —Mateo miraba la puerta respirando profundo —Quería que interviniera, que... que te convenciera de hablar con ella al menos un minuto.
—¿Te creo? —Articuló mirándome, yo asentí —Entonces se molestó porque no me dijiste nada, bien —Se sentó a mi lado sobre la camilla —¿Por qué no me dijiste?
—La odio —Solté para después morderme la lengua intencionalmente.
—¡Eso lo sé! —Negó con la cabeza, al parecer, decepcionado —Pero la odias tú ¡No yo!
—Pensé que tú también...
—He tenido y tengo el corazón roto, Amanda, pero no la odio.
Mateo acarició mi cabello fugazmente y se fue dejándome con ganas de abrazarlo.
Cuando intenté volver a mi estado normal, serena y sin ganas de llorar, la puerta fue abierta dejándome ver una sonrisa y una mirada oscura que me analizó durante varios segundos.
—Así que la odias —Me sonrió Santiago. Tenía la camisa sucia, rastros de tierra y huevo, pero a pesar de eso no se veía molesto —¿Tu pierna?
—Duele —Suspiré mientras tocaba en donde había recibido el impacto —Y sí, la detesto.
—Me pude dar cuenta —Expresó, mientras se sentaba a mi lado —¿Esto arruina nuestra salida?
Asentí sintiéndome abrumada. Había olvidado por completo la salida. Mis pensamientos, desde que entramos a la cancha habían pertenecido a otros menos a él. Me regañé internamente por eso ¡A mi lado estaba el chico que probablemente llenaría de color mi vida! ¡Y yo estaba pensando en Mateo! Y Mateo estaba aún enamorado de esa... De ella. Pensarlo me frustraba, no tenía certeza de nada, pero tampoco tenía dudas de lo que pasaba. Me estaba volviendo loca.
—Entonces tiene un enemigo más —Dijo después de suspirar, mientras me levantaba el rostro y me sonreía —Nadie puede lastimar a la chica linda que me acosa.
Reí con timidez y él balanceó sus pies en el aire, en silencio; sabía que quería decir algo, y de pronto recordé que tampoco le gustaba decir abiertamente sus sentimientos, así que me estaba planteando si decir algo antes de que fuera demasiado tarde.
Las palabras rondaban por mi cabeza, estaban en la punta de mi lengua, pero no salían. Yo no quería que salieran y quizá era porque no las sentía con tanta intensidad.
—Señorita Bayer —Una voz ronca entró a la habitación —Señor Bermúdez, ¿podría esperar afuera un momento?
Santiago me sonrió para después bajarse de la camilla y pasarle por un lado a nuestro director.
—Es la primera vez, señorita Bayer —Comenzó a pasearse de un lado a otro —Y ya que usted salió herida también, no habrá castigo, ni llamada —Mi corazón bajó desde mi garganta a su lugar —Pero voy a darle un consejo —Me miró a los ojos —Debe ir a un psicólogo.
Abrí mis ojos de par en par sorprendida por su sugerencia —¿Cree que estoy loca?
El director sacudió la cabeza —Cuando un estudiante como usted tiene este tipo de comportamiento hay que estudiarlo, es mi deber; mantener a los estudiantes con conocimientos sobre todo lo que los pueda hacer crecer, y eso incluye el autocontrol.
¡Qué barbaridad!, enserio estaba alguien hablándome a mí de autocontrol ¡Qué maravilla! Si no podía ser más bobalicona porque no podía, sobrepasaría los límites si lo hacía, es que ¡Era la primera vez que me defendía! ¡Y me estaban hablando de autocontrol!
Logré tranquilizarme después de eso, pues me dio el número telefónico de su amigo psicólogo, y luego le pidió a Santiago que entrara para que me acompañara al aula si es que me sentía capaz de regresar; la próxima clase era de Algebra, no pude escapar.
No quería que Santiago me preguntara a cada instante si estaba bien, pero tuve que soportarlo y responder que estaba bien aunque era mentira; no quería escuchar las burlas de Gonzalo recordándole a todos lo que había pasado, pero lo escuché, y mucho menos quería pensar que probablemente Mateo volvería con Dalia, y no dejé de pensarlo, pero ni un instante.
...
Hay un dicho que dice: “Y el que no quiera perder su tienda, pues que la atienda”. Era muy brusco el pensamiento pero conforme fueron pasando los días, no pude evitar concentrarme en lo que realmente importaba porque si no lo hacía podía perder: tener buenas calificaciones y caer ante los encantos de Santiago eran mis metas.
Intentaba no estar tan cerca de Mateo porque aunque me costaba aceptarlo, sabía que si estaba pendiente de él perdería la oportunidad con esos ojos misteriosos.
Sabía que Santiago estaba encantado del desastre que yo era por cómo me veía; era muy diferente al cómo me vio Richard, cómo solía verme Alberto e incluso mi mejor amigo. Así que, después de casi un mes de aquél accidente en la competencia que ganó la sección C y D, yo ya me sentía capaz de aceptar la invitación por parte de Santi.
Todo estaba preparado un día antes en mi cabeza. Yo le diría que me gustaba demasiado, aunque sabía que lo que sentía tal vez no era tan fuerte como para que una relación se formara. Quería hacer el intento, una vez más saltaría al vacio en busca de lo que jamás había tenido.
El sábado en la tarde que me encontraba alistándome para salir al Multicentro, me sentía ansiosa pero feliz. Y esa vez, a diferencia de la “escapada” con mi prima para conocer a mi amor de pendejos, no tuve que mentirles a mis padres. Mamá me había dicho que quería conocer a Santiago ya que solía nombrarlo mucho, y papá... bueno, papá me llevó al centro comercial.
Fue muy incomodo, sobretodo porque en el recorrido antes de llegar no dejaba de tararear canciones rancheras y las interrumpía para preguntarme todo sobre el chico. Preguntas que con “sí y no” respondí.
Cuando le avisé a Santi que estaba saliendo de casa había recibido como respuesta un mensaje haciéndome saber que esperaría por mí frente a la primera tienda de electrodomésticos.
Nerviosa al llegar, vi mi cuerpo y vestimenta en los grandes vidrios; mi cabello n***o rizado brillaba y eso me gustaba, al igual que mis botas de cuero, las cuales hacían compañía con la chaqueta de cuero n***o y mi jean claro.
La mayoría de las veces al salir con mis amigas no le prestaba mucha atención al cómo debía verme, pero ese día me había esforzado por causar una buena impresión.
Los minutos pasaban y aunque no llevaba la cuenta de cuántos eran, pude sentir que eran muchos. Intentaba mantener la calma porque no quería pensar que él me dejaría plantada, que era una broma o peor aún, que le había pasado algo malo. Pero mis pensamientos pararon cuando mi teléfono celular comenzó a vibrar y me dejó observar que desde un número que no tenía en la agenda me habían enviado un texto.
Desconocido: Es Santi, Amanda, sube a la segunda planta, pide algo y espera por mí. Tuve un inconveniente, pero llego.
Al ver aquél mensaje imaginé que le habían robado, por lo que preocupada, no respondí, solo le hice caso. Subí a la segunda planta en busca de un lugar en donde pudiera comer algo mientras. Caminaba y veía los puestos de comida; unas letras grandes rosadas con la palabra “Donas” resaltaron para mí entre todas. Le sonreí a una de las chicas encargadas de atender pero antes de que las palabras salieran de mi boca un par de risas atormentaron mis oídos.
Era Dalia junto a Gonzalo y otro chico que sabía no era de la secundaria.
Ellos pasaron detrás de mí y sabía que no se habían dado cuenta de mi existencia porque iban lo suficientemente concentrados en charlar, reír y comer de sus helados. Volví a sonreírle a la chica en modo de disculpa y me tome el atrevimiento de espiarlos.
La razón por la cual caminaba como toda una espía, con pasos cortos y escondiéndome entre las paredes era porque, primero, en todos los años que tenía “conociéndolos” no sabía que Gonzalo y Dalia tenían tan estrecha amistad, aunque luego pensé que era porque ¡Claro! Gonzalo era el mejor amigo de Mat y pudieron haber salido juntos. No obstante, lo más importante era lo segundo, ¿por qué Gonzalo tenía esa sonrisa coqueta con Dalia cuando le estaba coqueteando a Marta? La tentación de escuchar sus conversaciones cuando se sentaron para ordenar pizza no apaciguó. Yo, Amanda Bayer, estaba cruzando la valla del chisme.
—Y bueno... —Comenzó a decir Gonzalo —Digamos que no me fue bien pero tampoco me fue tan mal —Dalia lo pellizcó y él soltó una risa —Es decir... la besé pero no llegamos a más nada, es virgen, obviamente querrá esperar y lo demás.
—Al menos cumpliste tu reto —Dijo Dalia —Ahora solo falta Santi.
¡Rayos, centellas, truenos y tsunamis! Me hervía el tonito burlón en la boca de aquella mujer del diablo. ¿A qué se refería con aquello? ¿Hablaba de Marta? ¿Cómo que un reto? ¿Qué tenía que ver ese tal Santi en eso? Pero lo que más me atormentaba antes de que la nube negra apareciera era ¿Ese Santi era mí Santi?
—Siempre cumplo —Podía ver su orgullo.
—Y si siempre cumples... —Dalia terminó de masticar y le sonrió —¿A que no eres capaz de besar a la ex de tu mejor amigo?
Mi corazón subía las palpitaciones. Tomé mi teléfono con fuerza. Eso era demasiado intenso. Creía haber conocido todo de esa tipa, pero cuando Gonzalo se apresuró a inclinarse hasta ella y robarle, bueno, a mostrar que si podía hacerlo, mientras la besaba con lengua y todo, no me quedaron dudas de que los dos no eran buenas personas. Gonzalo estaba al tanto de que Mateo amaba a su ex.
De pronto, mi cabeza comenzó a maquinar la idea de que tal vez había sido Gonzalo el causante de su separación. Las dudas me consumían.
—¿Es fea? —Inquirió el otro chico cuando la escena terminó —Porque si no pues no creo que haya verguero.
—¡Lo es! —Dalia no se mostraba impresionada por lo ocurrido antes —Y... Es que no quiero imaginar su rostro regordete cuando Santiago le esté dando lo que seguramente será su primer beso. Amanda lo único que tiene de gracioso es su cabello, lo demás no tiene chiste —Mordió su pizza —No che como pudo chi quiela achercarchele.
Mi corazón palpitaba precipitado, mientras que todo pasaba en cámara lenta. Me sentía decepcionada, igual o quizá peor de lo que estuve con aquella llamada de Morgan.
—Sí bueno... —Gonzalo sacó un cigarrillo —De todos modos quién sabe, tal vez si quiera ir enserio después de todo.
—¿De quién hablas?
—De mí y de Marta —Contestó ya fumando.
—Uy, sí, no hay manera de que esas se enteren —Consideraba Dalia para después comenzar a reír —Qué pena por la gordi, en serio, tampoco me gustaría enterarme de algo así y mucho menos si me entero que mi mejor amigo lo sabía todo. Se debe sentir horrible.
—¿Ya viene?
—Sí, escribió hace un rato, quiere “supervisar” que Santiago cumpla.
...
El cielo se torna cada vez más oscuro mientras Alan silba y vigila que ningún curioso pueda ver lo que en el garaje de su casa están guardando otros integrantes de la pandilla a la que pertenece. Tiene un lugar secreto imposible de descifrar si alguien entra al mismo garaje. Se siente orgulloso al recordar que la última vez que la policía invadió su casa, por más que buscaron, no encontraron nada.
El hombre de ojos verdes suspira cuando en medio de todo imagina a la chica morena llorando al enterarse de lo que esos dos le hicieron. Aprieta sus puños sintiendo molestia al pensar en el sufrimiento por el que pasó Amanda. Y es que cada vez que Alan lee una página del diario siente la necesidad de estar presente en su historia para cambiar todo.
Ríe burlándose de sus sentimientos —¿Qué me pasa? —Suelta un suspiro profundo —Ni siquiera tengo trato con ella, esto no debería afectarme...
—Rodríguez —Escucha a uno de los chicos llamarle —Espero que el trabajo sea recompensado eh, ablándalo —El chico le guiña el ojo en broma y Alan ríe —¿No hay nada importante cerca? Tengo planeado hacer algo por mi cuenta, en unas semanas viajaré.
—No, puedes estar tranquilo. Esto que han traído será suficiente durante el mes —Responde —Y no, no hay nada importante —Miente.
Miente y por primera vez se siente nervioso al pensar que debe convencer a Amanda de asistir con él para cerrar aquél trato importantísimo. Sabe lo que tiene que hacer, el cómo la chantajeará, pero sabe que no será fácil.