Narra Amanda.
No había manera de sacarme de la cabeza aquellas palabras de Mateo, y mucho menos aquél sueño. Pero por si fuera poco, juntándose a eso, en la madrugada del día anterior mi subconsciente no dejaba de repetir la escena con Santiago en el salón de Artes, por lo que, después de tanto pensarlo había considerado decirle lo que sentía. Trataba de convencerme de que si entre él y yo pasaba algo más que ser solo amigos, todos los pensamientos inadecuados hacia Mat se esfumarían.
Unos cuantos minutos después de bajar del transporte y de mi pelea interna tratando de controlar mis nervios, frente al gran estacionamiento me estaba esperando Marta. Ella no lucía nada bien y eso hizo que mis pasos se apresuraran hasta llegar a ella y sin decirle nada la abracé; que ella estuviera en ese estado era realmente preocupante.
—Gracias por llegar más temprano aunque no sabías que lo necesitaría —Susurró mientras la soltaba —Hay algo que no te he dicho, amiga —Preferí quedarme callada esperando que ella encontrara las palabras —He... yo... he estado con Gonzalo.
¡Rayos! ¡Eso no podía estar pasando! Y te contaré el porqué. Cuando cursaba quinto año de la secundaria éste chico, mi compañero en ese entonces actual de grupo, había hecho constantes insinuaciones denigrantes hacia mi persona.Oh, claro que lo recordaba, muy bien.
La primera vez había sucedido cuando nuestra profesora de Inglés había formado un grupo de cuatro personas para una exposición y al yo quedarme sin grupo ella me asignó al suyo casi a última hora. Gonzalo había escrito apenas entré al grupo: “¿Qué hace la gorda en nuestro equipo?", como también recuerdo haberme dicho, al finalmente terminar nuestra exposición, un: “¿Te fijas de la suerte que tuviste, gorda? Te habrías quedado sin grupo y hubieras expuesto sola, haciendo el ridículo, por supuesto”.
La impotencia entraba en mis venas al recordarlo, Marta era la única que sabía lo que había pasado con él. Me había sentido incapaz de decírselo a alguien más, mucho menos a Mateo, pues ellos eran buenos amigos. Sabía que si le decía lo sucedido Mateo iba a causar un conflicto, y no quería que eso pasara.
Nunca entendí el porqué Gonzalo, de la noche a la mañana, había decidido hablarme y menos de esa forma. Intenté no culparme, no auto-sabotearme y solo seguí adelante, olvidando, hasta esa mañana, lo que había pasado.
—¿Por qué él? —Articulé, sintiéndome airada —¡De tantos chicos que hay, Marta! ¿te metiste con el que juraste matar?
—Él... —Comenzó a sollozar, y de no haber sido la primera vez en verla tan vulnerable, créeme que la hubiera dejado allí.
Tomé su mano derecha y la apreté, respirando profundo, controlándome; ya nada se podía hacer, y además, era su vida ¿no?
—Sabes lo mucho que me gustaba antes de todo —Y sí, en eso tenía razón —Ayer él... solo me buscó en la salida, hemos salido antes, pero ayer fuimos por un helado y las cosas se pusieron un poco tensas y yo no pude...—Comenzó a llorar nuevamente —Me siento una cualquiera por dejarlo hacer eso y también sabiendo lo que te hizo a ti, perdón.
Abracé a mi amiga con mucha fuerza. No tenía un buen presentimiento hacia el comportamiento de Gonzalo, comenzaba a odiarlo y lo quería lejos de Marta, él no la merecía.
Mi amiga logró recuperarse minutos después, intenté animarla pero estaba muy cabizbaja. Después de todo, claro que la entendía, así que antes de irse le prometí que, pasara lo que pasara, yo iba a estar para ella.
Extrañada y preocupada por la situación de Marta entré a la primera clase percatándome de que Dayna aún no había llegado, al igual que Mateo.
—Hola, chica linda que me acosa —Suspiré al sentirlo a mi lado, giré hasta él —¿Todo bien?
—Sí —Le sonreí —Oye... —Titubeé cuando sus ojos se centraron en mí —Yo... Tú... ¿Quieres... hacer el trío conmigo?
Claro que había hablado sin pensar, pero agradecía haber soltado un disparate y no lo que realmente quería decir. No podía decirle que me gustaba, por más que me había dicho que sí, que estaba lista, no era así.
El silencio se formó entre nosotros, y fue allí que me di cuenta que habría sido mejor decir “grupo” ya que la palabra “trío” puede ser interpretada con otra cosa.
—Bueno, yo... —Soltó una carcajada seguramente al darse cuenta de lo avergonzada que estaba por semejante estupidez —Si hablas del trío de Lenguaje no... estoy con Mateo y Gonzalo.
“Mateo y Gonzalo” se repitió en mi mente muchas veces, temor y odio al mismo tiempo. Me irritaba pensar que Santiago estaba haciéndose amigo de Gonzalo.
—Oye y... Amanda —Comenzó a decir, mientras veía a nuestro profesor de Lenguaje, nuestro guía, llegar acompañado de Mateo, el cual quiso tomar asiento a mi lado, pero al darse cuenta que estaba ocupado fue con Gonzalo después de sonreírme de medio lado. Solté un suspiro —Estoy tratando de decirte algo y no me prestas atención.
—Aquí estoy —Dije en baja voz sacando mi libreta —Te escucho.
—¿Quieres salir conmigo hoy después de las clases?
—¿Qué? —Casi grité, llamando la atención de todos.
Santiago soltó una risita pícara la cual seguramente me sonrojó, y al verlo asentí con una sonrisa.
—Había olvidado decirles —Nuestro profesor guía interrumpió lo que escribía en la pizarra y después de examinarnos a todos habló —¿Trajeron sus uniformes de deporte?
Asentimos, aunque yo con algo de temor. Odiaba hacer deportes; siempre me sentí demasiado expuesta tanto haciendo los dichosos calentamientos como saltando o corriendo u simplemente pretendiendo poder hacer todo con facilidad, en definitiva, ¡lo detestaba!, pero debía esforzarme y dejar a un lado la pena que eso me causaba siempre, por mis calificaciones.
—Los profesores en conjunto con la directiva hemos hablado sobre hacer un pequeño concurso en el cual habrán seis ganadores por cada dos secciones de un año —Hizo una pausa —A ustedes les toca competir con la sección D —Todos parecían estar contentos pero yo tenía un mal presentimiento —A los ganadores se les obsequiará dos puntos en las tres asignaturas más bajas —Hizo otra pausa —Ah, y comenzará hoy.
—¡¿Hoy?! ¡¿Qué?!
Escucharlo había sido una pesadilla, estar ya con el uniforme puesto en reunión con mis compañeros de clase en la cancha lo había sido más.
Comenzaba a sudar de solo haber hecho el calentamiento y comenzaba a agitarme solo con ver al primer grupo de participantes comenzar las actividades, la sección A con la C. Era una locura, quería con todas mis fuerzas salir corriendo de allí, pero no podía, porque había una posibilidad de que me bajaran puntos en deportes por no participar.
Las cosas que me aterraban estaban de la siguiente manera: primero, sí, en la sección D estaba Dalia, la ex de mi mejor amigo, y desde que había pisado la cancha no había dejado de matarme lentamente con la mirada; segundo, tratando de evitar lo anterior intentaba hacer sonreír a Marta pero era imposible ya que esta estaba concentrada en ver a Gonzalo, y por último, al no saber qué hacer me encontraba al lado de Santiago para huir de Mateo.
—Escuchen con atención —Nuestro profesor de deportes utilizó el silbato —Primer grupo de la sección B, llegarán a la meta como puedan mientras están atados a su pareja de un pie, cuando lleguen se soltaran y deben regresar aquí como carretillas, ¿de acuerdo? Uno estará de pie mientras el otro avanzará caminando con sus manos ¿entendido?
¡Espere! Es que ni siquiera me había dado tiempo de elegir pareja, ¡Dayna no había asistido! y aunque me encontraba al lado de Santiago... al verlo con algo de terror él alzó los hombros después de sonreírme.
Dios, iba a pasar pena con el chico de ojos misteriosos, ¡era inaceptable! Estaba comenzando a rendirme sin empezar, sin embargo, el chico me tomó de la mano haciéndome reaccionar; bajé la mirada y él ya se encontraba atando con fuerza mi pie izquierdo con su pie derecho.
—¿Listos? —Gritó con euforia el profesor, mis manos temblaban —¡Ya!
Intentaba correr pero se me hacía difícil con ese pedazo de mecate amarrado en mi pie. El miedo me había inundado y había flaqueado hasta el punto de casi caer, pero el brazo derecho de Santiago se entrelazó con el mío y mirando rápidamente hacia abajo supe lo que debíamos hacer.
Brincamos, porque era imposible correr, y por alguna razón todo estaba causándome gracia aunque me agitaba. Cuando llegamos a la meta no paré de reír mientras él desenredaba la atadura. Rápidamente, comenzamos a discutir entre risas quién sería el que tendría que caminar con sus manos para devolvernos, y debido a que yo era un poco más alta y de mayor peso, tomé el control arriba.
—Sostenme bien, no quiero perder —Me indicó, agitado, cuando yo caminaba con algo de rapidez mientras él avanzaba con sus manos.
La meta, la verdadera meta se veía cerca pero todo estaba pasando en cámara lenta. Al momento de subir la mirada y notar a Dalia al parecer suplicándole a Mateo que fuera con ella, dejé de concentrarme; ella lo halaba con fuerza fuera de la cancha, él no parecía querer ir y de un tirón logró zafarse, así como de un tirón Santiago soltó sus pies de mis manos. Habíamos llegado a la meta de antepenúltimos, lo cual no nos descalificó.
—¿Qué pasó? —Cuestionó. Sus cachetes estaban rojos, el sudor corría por su frente —Disminuiste —Me reprochó, aunque no lucía tan molesto.
—No nos descalificaron, tranquilo.
Él me sonrió con alivio.
Habíamos logrado avanzar a la segunda ronda de la sección B contra la sección D, y para mi mala suerte, Dalia también. No dejaba de verme, estaba molesta, yo sabía que ella sabía que no había hablado con Mateo, que no había intervenido para que hablara con ella al menos un minuto.
Ella sabía que si yo intervenía él me haría caso, como también estaba segura que sabía la razón por la cual no le había comentado nada a Mat. Su mirada me retaba cuando en un grupo de veinte personas, diez parejas, nos tocó hacer casi el mismo procedimiento de la primera ronda pero con un huevo en la cucharilla de cada persona. Sí, teníamos que intentar llegar a la meta mientras sosteníamos una cucharilla la cual llevaba un huevo.
—Ma cudao—Balbuceaba Santiago —Cojentate.
Tuve que contener una risa —otey.
El silbato retumbó el lugar, Santiago y yo tratamos de ir lo más lento posible ya que casi a dos metros del inicio dos parejas habían hecho caer sus huevos. El truco consistía en mantener el mismo ritmo en nuestros pies ya que estábamos amarrados, además de no ver el huevo porque podíamos tropezar.
Estábamos a punto de llegar a la meta, eran dos vueltas, y ganaría la pareja que llegara con dos o un huevo en su cucharilla. Santiago y yo teníamos ambos huevos en nuestras cucharillas, todo era perfecto, podía oler la gloria.
—¡Cuidado! —Un grito hizo a Santiago dar un brinco.
Sentí a mi compañero caer después de que una de las parejas detrás tropezara con nosotros, y sí, como te podrás imaginar, caí en el piso después de él. Santiago estaba lleno de huevo y eso había causado que todos rieran, mientras mi pierna izquierda dolía por el guabanazo.
Yo miraba a todos lados en busca de ayuda, y Marta al cruzarse con mi mirada me hizo una seña la cual me indicaba que no había sido un accidente. Mis músculos se tensaron cuando Santiago logró desatarnos y vi quiénes eran los chicos que nos habían hecho caer.
Era ella, Dalia, me miraba con un puchero desde arriba, ¡la odiaba! Así que cuando el compañero de Dalia y Santiago me ayudaron a levantarme, olorosa a yema de huevo y adolorida, ella sonrió victoriosa haciendo que, en un impulso, mis dos apellidos se cruzaran y la tomara del cabello mientras lo sacudía con ira rápidamente.
Los gritos de los estudiantes no se tardaron en salir, los abucheos, las risas, la voz de Santiago y Mateo queriendo detenerme, Dalia no se defendía. Fueron los fuertes brazos de nuestro profesor los que hicieron que me detuviera. Mi sangre hervía, estaba harta de ella, y estaba harta de no hacer nada cuando la gente se burlaba de mí.
...
La chica de piel morena recoge su abundante cabello y forma una cebolla cuando, después de pasar dos busetas diferentes por la parada de la universidad, no ve al hombre que de alguna manera le estuvo coqueteando esa mañana.
Está segura, ninguno de sus compañeros lo tiene, él debe saber algo, al menos pudo haber escuchado que alguien preguntó por el libro o ¡Lo tiene él! ¡Claro que lo tiene él! Ella lo siente, y eso anhela porque es lo único que tiene solución.
—Entonces no logras conseguirlo —Una voz masculina hace que su cuerpo se erice y de inmediato se forma un nudo en su garganta. No quiere voltear, sabe que no es real. No es posible que él esté sentado a su lado, hablándole —Mira hacia allá.
La chica mira hacia adelante y ve pasar un autobús muy parecido al de aquella mañana, y cuando voltea hacia los bancos el chico no está. Sabe que jamás estuvo, así que ignora lo sucedido por un momento y se concentra en el autobús.
—¡Oye! —Grita mientras ve él autobús detenerse en la parada que está del otro lado de la calle —¡Tú!
Amanda camina con rapidez mientras intenta que los carros que pasan no la choquen y justo antes de poder subir al autobús puede ver al hombre de ojos verdes al volante con lo que al parecer es su diario ¡Es su diario! Ella golpea con fuerza la puerta suplicándole que abra pero el hombre al verla le saca la lengua en burla y acelera.
—¡Idiota!
La chica corre detrás del bus unas dos cuadras y cuando se detiene a tomar aire, agitada y con el corazón en la garganta, sube la mirada y despierta.
A veces admira la capacidad que tiene su cerebro para imaginar cosas, pero esta vez necesita deshacerse de esos sueños tan reales. Una vez más, su subconsciente le dice que, en definitiva, su diario está en manos de ese hombre.