Capítulo 9: Ojos misteriosos (II)

2466 Words
Narra Amanda.     No sabía exactamente cómo había llegado allí pero Mateo y yo estábamos en lo que al parecer era un club. Mateo llevaba traje, mientras que yo vestía jean y una camisa blanca holgada. Todo era extraño pues, a nuestro alrededor parecía haber una gran fiesta.  Veía a todos bailar alegremente, quería hacerlo también pero no me sentía capaz. Nunca me había sentido capaz de bailar, ni siquiera en privado, siempre había sentido que, hasta en privado, haría el ridículo. Mi mejor amigo tenía una gran sonrisa y comenzó a acercarse después de saludar a sus amigos e intentó hacer una reverencia invitándome a bailar pero lo ignoré porque Santiago se acercó a mí y sin darme cuenta de sus intenciones me tomó de la mano y comenzamos a bailar al compas de una balada. —Tenemos una conversación en visto —dijo Santiago con una sonrisa. Él era tan lindo, de verdad, podía seguir viendo esos ojos oscuros con algo que no podía identificar y eso me intrigaba. Mientras Santiago se movía conmigo de un lado a otro, y de vez en cuando nos mirábamos a los ojos sentí un vacío, una extraña sensación; era como si no estuviera en el lugar indicado. Comencé a sentirme incomoda y a buscar ayuda con la mirada, y allí lo vi. Vi a Mat mirando todo con una sonrisa ladeada, y cuando su mirada se cruzó con la mía supe que lo entendería todo. —Ella bailará conmigo ahora —Anunció Mateo para apartar con fuerza a Santiago, llevarme a su pecho, colocar su mano en mi cintura y comenzar a moverse haciéndome sonrojar. Al sentir la piel de Mateo en contacto con la mía mi corazón comenzó a salirse de control, de repente, parecía que estaba quedándome sin aire y sudaba; cada vez que lo veía sonreír no dejaba de decirme a mí misma lo perfecto que éste lucía, y el cómo lucía conmigo. Estaba montada en una nube, con él, y era todo lo que me hacía sentir bien. —Lamento no darme cuenta —Mascullé a Mat cuando estábamos en el baño; un baño que no sé en qué loco momento nos rodeó. Su respuesta fue acercarse con rapidez, para luego verme fijamente, acariciar mi brazo y besarme. Sus labios carnosos se sentían tan suaves, como gomitas o almohadas de azúcar, tan ardientes que de un momento a otro mis manos estaban desabrochando su camisa manga larga mientras él besaba mi cuello. —¡Santiago! —Exclamé sorprendida al verlo entrar al baño. Desperté… —¡Qué rayos! —Grité con el corazón latiendo muy rápido —¿Qué rayos fue eso, Amanda? Trataba de respirar correctamente pero entre mi pecho acelerado y mi mente recordando aquél sueño se me hacía difícil poder hacerlo; sabía que no era normal, sabía que algo me estaba pasando. ¿Por qué tengo que ponerme así? Me decía, controlando las lágrimas al aún sentir mi corazón desbocado; pasaron largos minutos hasta sonar la alarma que me hacía imaginar lo que pasaría después. —¿Hija? La voz de mi padre me hizo saltar de la cama, y escondí el diario en el que había estado escribiendo la noche anterior mientras dije un “pase”.  Sentándome de nuevo en la cama, papá entró con una sonrisa en el rostro y soltó una risita al encender la luz. —Tu cabello —Soltó otra risita burlona —Eres hermosa, hija. Aquellas palabras recuerdo que hicieron que mis ojos se llenaran de lagrimas; hacía aproximadamente dos años y hasta un poco más, desde su infidelidad hacia mamá que no entablábamos una verdadera conversación.  Durante los meses que mamá estuvo esquivándolo dentro de casa, él se encargaba de esquivarnos también. Recuerdo que ambos solían llegar exactamente a las ocho de la noche, yo me ocupaba de hacer la cena y ellos solo comían en silencio, mientras yo me sumergía en los libros. Y aunque hacía ya un año desde que comencé a notar que estaban llevándosela mejor, para mí no era igual, pues de alguna manera me sentía culpable. Sabía que se mantenían juntos en gran parte, por mí. —Gracias —Dije, cruzándome de brazos, sintiéndome abrumada. —Hija —Se sentó a mi lado —Tu mamá está preocupada. —¿Y ahora por? La razón de mi respuesta que sé pudo haberse escuchado odiosa, se debía a que precisamente hacía un año mi madre, Patricia Alcalá, estaba tratando de meterme en la cabeza poco a poco, “indirectamente”, lo que ella creía que era mejor para mí.  Nunca antes en mi vida me había sentido tan presionada socialmente hasta que mi propia madre, un domingo por la tarde, mientras me enseñaba a hacer un buen sancocho, comenzó a cuestionar qué era lo que tenía pensado estudiar en la universidad. Derecho, contabilidad, administración, medicina y demás, todas eran buenas opciones, pero solo para ella. —Amanda —Dijo en un tono advertidor —Claro que te voy a apoyar en lo que quieras, pero debes entender que casi estás a mitad de año escolar y no puedes dejar todo a último momento —Acarició mi cabello y bufó —Al menos que quieras dejar todo por un año, mientras te decides. —¿Puedo hacerlo? —Le pregunté, llena de ilusión, pues la razón por la cual aún no me había decidido era porque no estaba segura de qué hacer o ser —¿Lo dices enserio? Mi padre asintió mientras abría sus brazos y me envolvió en un abrazo. De verdad esperaba que eso pudiera pasar, o que al menos sucediera algo en mi vida ese año que me hiciera reflexionar, que me hiciera abrir los ojos o hacer decidir a mi corazón, ya que en el fondo sabía lo que quería hacer. —Gracias —Susurré en su hombro, sintiéndome un poco aliviada. Un par de horas más tarde mis pasos se sentían pesados, sentía una extraña sensación en mi estómago y eso se debía a que ya estaba frente a nuestra secundaria. Nerviosa,  antes de que pudiera si quiera arrepentirme de ir y dar la vuelta ya tenía a mi amiga Marta dándome un abrazo, el cual, no supo lo mucho que lo necesitaba. Estaba aterrada. —¿Has visto a Mat? —Pregunté rápidamente, viendo hacia sus costados. —Es el único momento durante el día escolar que puedo verte, ¿y me vas a preguntar por Mateo? —Yo no me había dado cuenta del tono de voz que había usado, pero cuando dejé de buscar a Mat con la mirada, me crucé con la de ella y estaba molesta. —Yo... —Mis palabras no sabían qué rumbo tomar. No sabía si era capaz de decirle a alguien el sueño extraño que había tenido, o peor aún, el cómo me había hecho sentir, así que desvié un tanto el tema —Dalia me pidió que le dijera algo a Mateo. Marta abrió sus ojos que los hizo lucir como dos platos de porcelana y me tomó del brazo para alejarnos un poco de la multitud —¿Qué te dijo? —Que Mat no le quiere hablar, la ignora y ella necesita hablarle de alguna forma —Le conté. Y es que así había pasado, casi dos meses después del primer día de clases, un día que por mala suerte ni Marta ni Dayna asistieron a clases, durante la entrada ella me había dicho que necesitaba hablarme, y entre extrañada por eso e irritada con su presencia, accedí a escucharla —Quiere volver con él. —¿Se lo dirás? —Por supuesto que... —¡Cosita! —Me interrumpió Mat —Luces fatal, ¿te peleaste con el cepillo? No podía hablar, de repente, cuando ya se encontraba mirándome con el ceño fruncido mis sentidos ya no eran parte de mí, pero fue gracias a mi amiga Marta y una fuerte cachetada en mi mejilla fue que pude reaccionar. —¡¿Estás bien?! —Cuestionaba Marta, mientras me tomaba de los hombros y me sacudía. —S-sí —Respondí, concentrándome en su rostro y no en el que estaba a mi lado. —Nos tenemos que ir —Escuché que dijo mi amiga, y luego fui arrastrada hasta adentro del plantel, en donde, con otro ceño fruncido pude ver a Dayna —Por favor intenta hacerla aterrizar, me tengo que ir —Le pidió alejándose con una mirada preocupada. —¿Amanda? ¿Qué te pasa?  —Me preguntó Dayna luciendo preocupada. —Te juro que lo que sentí hace unos años, en la madrugada y hace un momento no lo había sentido antes —Logré decir. No quería decir más, y agradecí mentalmente a Dayna por no decirme nada, aunque sabía que tenía que explicarle, al igual que a Marta. Había logrado concentrarme la primera hora de clases, durante Química Avanzada II, pero justo al finalizar la clase unos ojos oscuros inexpresivos para mí, se cruzaron con los míos. Era Santiago. Se me aceleró el corazón cuando me sonrió e indicó con la cabeza que lo siguiera. Vi a mi amiga Dayna sonreírme de medio lado mientras asentía y respiré profundo para caminar tras él. El salón de artes era lo que tenía frente a mí minutos después, entramos y escuché la puerta cerrarse. El salón estaba solo y yo no sabía exactamente qué hacía allí. Aunque habían estado pasando cosas raras con él desde que llegó, no habíamos pasado de hablar superficialmente sobre nosotros cuando teníamos tiempo. Cuando estábamos hablando y de repente yo solo pensaba en qué pasaría con ambos, si era que él quería que pasara algo, él veía siempre un lugar fijo y eso me desesperaba. Yo no iba a decirle mis sentimientos, me lo había prometido hacía mucho; así que esperaba por él, aunque en el fondo no podía creer que él fuera capaz de sentir algo por mí. Es más, ni siquiera sabía qué había visto Alberto, el chico del campamento, en mí. —Me cuesta mucho decir las cosas —Dijo, detrás de mí —Así que... la mayoría del tiempo espero que alguien me lleve la delantera, para así yo tener que decir si sí o no. Me giré hacia él,  sintiéndome nerviosa —¿Qué quieres decir? —Que si no hablas ya, tendré que hacerlo yo. —¿Que quieres qué...? Él me interrumpió —Algo nos pasa, Amanda y sé que no soy el único que lo siente —Sonrió de oreja a oreja dejándome ver sus pómulos algo rosados   —Porque no soy el único ¿verdad? Me había quedado sin palabras, y es que no podía decir nada, me lo había prometido, así que solo lo miré fijamente mientras él negaba con la cabeza y se acercaba a mí con una sonrisa coqueta que iluminaba su rostro. Podía sentir su aliento, mis pies se mantenían en la tierra pero mis piernas temblaban. Solté un suspiro cuando acarició mis mejillas. —¿Interrumpo algo? —La voz del profesor de Artes me hizo brincar del susto, y me sentí apenada cuando vi en sus ojos la sorpresa al reconocerme. —Para nada, profe —Dijo de inmediato Santiago estirando su mano hacia mí. Tomé su mano por impulso y salimos de allí. De los nervios, reí, él también lo hizo, pero justo cuando mis nervios estaban comenzando a desatar en mí el poder de decir la verdad, mi mejor amigo se acercó a nosotros con una sonrisa que se desvaneció al ver nuestras manos unidas. —¿Qué onda? —Dijo Santiago. Yo solo solté su mano. Él me miró y se alzó de hombros —Nos vemos luego, chica linda que me acosa. Había ignorado lo último porque solía decírmelo al despedirnos desde aquél día del tren, era algo que nadie sabía, y el que menos quería que se enterara estaba frente a mí cruzado de brazos, esperando ¿Una explicación? ¿Cómo rayos le iba a dar una explicación si al pasar los segundos no dejaba de imaginarme besándome con él en aquél sueño? ¡Me estaba volviendo loca! —¿Se traen algo? —No —Respondí rápido, caminando por los pasillos, buscando con la mirada alguna salvación. Pero no había nadie conocido. —¿Estás cabri’a? —No —Respondí cansada, ya rumbo a nuestra otra clase. —¿Acaso no piensas hablarme? ¿Qué pasó esta mañana? ¿Ahora qué hice? Entramos al aula, en donde no estaban muchos estudiantes; tomé asiento y Mat no tardó en sentarse a mi lado para verme en silencio. Él me conocía, sabía que algo estaba ocurriendo con Santiago y yo no era capaz de decírselo ¡Pero no entendía el porqué! No tenía nada de malo que mi mejor amigo supiera que me gustaba aquél chico, sin embargo, si tenía algo de malo todas aquellas cosas que habían pasado por mi cabeza respecto a él. —Nada, tú no —Contesté finalmente, encontrándome con sus ojos color avellana, preocupado ¿Cómo explicarle…? —Estoy confundida —Exhalé —Demasiado de hecho. —¿Por qué? —Tuve un sueño —Hablé, hecha nervios —Besé y tuve sexo con… —No me di cuenta que estaba pensando en voz alta lo último hasta que Mat arrimó un poco más el pupitre para escucharme ¡Tonta! ¡Tonta! —Con alguien que no te incumbe —Me aclaré la garganta. —¿Con quién? —Insistió Mateo. —Con un chico, obvio. —Obvio Amanda, ¿quién es el chico? ¿Es de nuestra aula? —Asentí, mi corazón palpitaba a un ritmo anormal —¿Lo conozco? —Y muy bien, bobo, eres tú, pensé —Ya… seguramente es…—Parecía pensarlo bastante hasta que el chico de ojos misteriosos pasó a nuestro frente tomando asiento —¡Santiago! —¡¿Qué?! ¡Shhhhhh! ¿Por... por qué dices eso? —Tartamudeé. —Porque lo miras, porque sonríes cuando lo miras —Respondió haciendo que me quedara muda, realmente no esperaba que él se diera cuenta —Está bien, pero él es extraño ¿me oíste? —Asentí, con el corazón latiendo rápido —No creo que sea para ti. Mis manos comenzaron a sudar, mi cuerpo tembló —Yo... —Estaba intentando no mirarlo a la cara, así que cuando busqué una salida solo me perdí, viendo cómo Santiago nos miraba con atención. —Eres una chica especial, Amanda, y algo en mi me dice que él no está haciendo las cosas bien —Aquellas palabras hicieron que volteara a verlo y causaron que sintiera cosquillas en mi estómago —Mereces algo así como yo.
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