GRIETAS EN EL CRISTAL
El labial rojo borgoña se deslizaba con precisión sobre sus labios. Sabrina se observó fijamente en el espejo del tocador, ajustando con delicadeza la montura dorada de sus lentes antes de dar un ligero toque a sus rizos castaños. Llevaba un traje entallado que abrazaba con elegancia sus curvas, una coraza de tela y profesionalismo que la hacía sentir lista para devorarse el mundo.
Hoy no era un día cualquiera. Hoy presentaba el proyecto de infraestructura turística más importante de su carrera.
Salió a la cocina, donde el aroma a café recién colado llenaba el ambiente. Su pareja, Gabriel, estaba sentado frente a la barra, deslizando el dedo por la pantalla de su teléfono con el ceño levemente fruncido.
—Buenos días, mi amor —dijo Sabrina, acercándose para dejar un beso suave en su mejilla mientras servía dos tazas de café—. Recuerda que hoy tenemos la cena con mi madre. Espero que puedas pasar por mí a la oficina a las ocho.
—Sí, sí, claro —respondió él sin levantar la mirada del teléfono, tomando un sorbo del café—. No te preocupes.
Sabrina dio un pequeño paso hacia atrás, alisando la solapa de su saco. Sintió un cosquilleo de nerviosismo corporativo y buscó una palabra de aliento en el hombre con el que compartía su vida.
—Gabi... ¿cómo me veo? ¿Crees que esta combinación está bien para la presentación de hoy?
Gabriel finalmente bloqueó el teléfono y la miró. Su inspección no fue cálida; fue lenta, fría, recorriendo cada curva de su cuerpo de pies a cabeza con una mueca que Sabrina no alcanzó a descifrar de inmediato.
—Lo que deberías hacer para verte bien de verdad es bajar de peso, Sabrina —soltó él, con una naturalidad aplastante—. Estás engordando y, sinceramente, se ve asqueroso.
El aire en la cocina pareció congelarse. Sabrina sintió un golpe seco en el pecho, un nudo caliente que se le instaló en la garganta. Tragó saliva, forzando una sonrisa torpe para amortiguar el impacto.
—Amor... deja tus bromas, por favor. Ya estoy bastante nerviosa por la reunión.
—No son bromas, Sabrina. Come menos, haz algo al respecto —dijo él, levantándose bruscamente de la barra y tomando sus llaves
—. En fin, nos vemos más tarde. Tengo cosas ocupadas que hacer.
Sin una caricia, sin un "buena suerte", la puerta principal se cerró de un portazo.
Sabrina se quedó de pie en medio de la cocina silenciosa. Las palabras de Gabriel retumbaron en sus oídos, calando hondo en una inseguridad que luchaba por no florecer. Se miró las manos, que comenzaban a temblarle ligeramente —un leve aviso del estrés afectando su cuerpo—, pero cerró los puños con fuerza. Ajustó sus lentes, respiró hondo y se dijo a sí misma lo que siempre se
repetía: Nadie ni nada va a arruinar mi trabajo hoy. Nadie.
La sala de juntas del piso doce olía a café amargo, perfume caro y tensión concentrada. A la cabeza de la mesa de cristal, el director ejecutivo revisaba unos documentos mientras los inversionistas extranjeros terminaban de acomodarse.
En la pantalla gigante, la maqueta tridimensional de un complejo turístico ecológico de ultralujo brillaba con todo su esplendor: villas privadas integradas en la acantilado, piscinas infinitas y un concepto arquitectónico que respiraba millones de dólares.
Sabrina sonrió de lado, ajustándose los lentes dorados. Era su obra maestra.
Pero antes de que pudiera dar un paso al frente para tomar el control de la presentación, Valeria se levantó de su asiento con una sonrisa ensayada y se colocó directo en el centro del escenario.
—Señor director, distinguidos miembros del consejo —comenzó Valeria con voz melodiosa y teatral—. Antes de dar inicio, quiero pedir una disculpa por el retraso de mi colega Sabrina... aunque entiendo perfectamente su estado. Como todos han notado últimamente, parece estar bajo un nivel de estrés y agotamiento que lamentablemente ha afectado su rendimiento.
Un murmullo incómodo recorrió la mesa. Sabrina sintió cómo una chispa de rabia le encendía la sangre, pero mantuvo la espalda erguida.
—Valeria, ¿de qué estás hablando? —intervino Sabrina con voz firme.
—Hablo de proteger la reputación de la firma, Sabrina —dijo Valeria, mirándola de arriba abajo con una lástima falsa que desbordaba veneno—. Todos aquí sabemos que has estado distraída, con un aspecto desgastado y con problemas personales que no te dejan rendir al cien por ciento. Por eso, como la profesional que soy, asumí la responsabilidad de salvar este proyecto y diseñarlo desde cero.
Valeria presionó el control remoto y en la pantalla apareció el título de la presentación con su nombre en letras doradas: Diseño y Arquitectura por Valeria Gómez.
—¡Este concepto de turismo de experiencia es totalmente de mi autoría! —declaró Valeria con descaro, mirando al director—. Me tomó meses de desvelos y trabajo duro. Sabrina solo estuvo apoyándome con tareas secundarias, aunque ahora parece querer adueñarse del mérito.
El director arrugó el entrecejo, mirando a Sabrina con severidad.
—Sabrina, esto es una acusación grave. El plagio interno no se tolera en esta empresa. Si estás atravesando un mal momento o no estás en capacidad física de liderar proyectos de este calibre, debiste decirlo antes de intentar robar el trabajo de tu compañera.
Los ojos de los inversionistas se fijaron en Sabrina. Valeria sonrió con suficiencia, cruzándose de brazos, convencida de que la había acorralado frente a todos.
A Sabrina le temblaron levemente los dedos por el broche de adrenalina, pero cerró el puño con fuerza. Ajustó la montura de sus lentes, dio dos pasos firmes hacia la mesa central y dejó caer su carpeta sobre el cristal con un golpe seco que resonó en toda la habitación.
—Jefe... con todo el respeto que se merece el consejo: ¿me permite defenderme de este circo barato? —pidió Sabrina, sosteniéndole la mirada al director sin pestañear.
—Tienes tres minutos, Sabrina. Más te vale que sean convincentes.
—No necesito tres minutos, me bastan dos —dijo Sabrina.
Caminó directo hacia la terminal del proyector. Sin pedir permiso, desconectó la computadora de Valeria. Sacó de su bolsillo su memoria USB metálica y la conectó.
—Valeria dice que este proyecto es suyo porque tiene una imagen bonita en la pantalla —soltó Sabrina, girándose hacia la mesa con una elegancia arrolladora—. Pero la arquitectura de ultralujo no son solo renders estéticos para impresionar a novatos. Es ingeniería, sostenibilidad y estructura.
Teclé rápido y en la pantalla gigante la imagen bonita de Valeria desapareció, reemplazada por cientos de capas de planos técnicos, cálculos de resistencia de materiales, hojas de cálculo financiero y los códigos de registro de propiedad intelectual.
—Si el proyecto es tuyo, Valeria... —dijo Sabrina, dando un paso intimidante hacia ella—, explícale al consejo por qué la cimentación del sector B requiere pilotes de titanio con recubrimiento anticorrosivo para soportar la marea. Explícales cuál es el margen de beneficio neto del complejo en el tercer año y por qué la tramitología de permisos ambientales de ese terreno tarda ocho meses y no tres. ¡Anda, ilústranos!
Valeria abrió la boca, pero no salió ni un solo sonido. El color se le fue por completo del rostro, dejándola pálida como un papel.
—No puedes responder —continuó Sabrina, acercándose hasta quedar a pocos centímetros de ella, mirándola por encima de sus lentes—, porque robaste el archivo final de mi servidor anoche, pero no tuviste la inteligencia de estudiar la estructura interna. No
sabes nada de los costos, no sabes nada de la ingeniería y no tienes idea de cómo construirlo.
Sabrina presionó una última tecla. En la pantalla se desplegó el historial de modificaciones del servidor de la empresa.
—Ahí está la dirección IP de tu computadora descargando mi trabajo a las 2:15 de la mañana —concluyó Sabrina, cruzándose de brazos con una calma aplastante—. Ahora dígame usted, director... ¿quién es la que no está en capacidad de trabajar aquí?
El silencio en la sala era sepulcral. El director miró la pantalla, luego a Valeria, y su rostro se transformó en una máscara de furia contenida.
—Valeria... junta tus cosas —sentenció el director con voz de hielo—. Estás despedida. Tienes diez minutos para salir del edificio antes de que seguridad te acompañe a la calle. Y da gracias si no te demandamos por intento de robo de propiedad intelectual.
Valeria, temblando de vergüenza y rabia, tomó sus papeles a toda prisa y salió casi corriendo de la sala de juntas, bajo las miradas de desprecio de todos los presentes.
El director se giró hacia Sabrina, su rostro relajándose con admiración.
—Excelente defensa, Sabrina. La presentación es toda tuya.