Capitulo 1

2207 Words
Mansión del vizconde de Winchester Londres/Inglaterra Selene Monzón, hija del vizconde de Winchester, se encontraba de pie delante del espejo de cuerpo entero ubicado cerca a la ventana de su habitación, la cual daba al jardín trasero de la mansión, la faja con la que estuvo forcejeando durante los pasados quince minutos no lograba cerrar del todo, se dio cuenta de que no le quedaba, dado que le tapa menos el hinchado vientre que día a día crecía más. Y no, no era exactamente el exceso de grasa lo que ella quería esconder, a decir verdad, no creía poder seguir ocultando su estado de embarazo por mucho más tiempo. En su mente sólo existía el pensamiento aterrador de lo que ella suponía podrían hacer sus padres si se enteraban. Con rencor tironeó por enésima vez de la faja, aguantando la molestia y el leve dolor que le causa la tela de aquel aparato monstruoso. Odia tanto el mundo en el cual vivía, en vez de ir avanzando, retrocedían; Selene como otras mujeres quería tener su propia casa. A pesar de que todas las mujeres tenían un cierto grado de independencia no lo era del todo, no tenían su propio espacio, estaba estrictamente prohibido vivir sola. Y era precisamente por ese hecho y por las leyes que las mujeres estaban obligadas a vivir con sus padres esperando a un marido digno. Ser de la aristocracia era peor, eras un ejemplo, y por ende, debían cumplir todas las reglas al pie de la letra. Tomó la ropa que había sacado del clóset y se la colocó, Pasaron otros quince minutos en los cuales se dedicó a mirarse en el espejo por diferentes ángulos que le eran posibles, no quería que nadie sospechará nada. Al terminar de acomodarse el vestido, se dio una última mirada y se giró, las costillas le dolían y casi no podía ni respirar, pero era eso o exponerse ante su familia y la sociedad; ella preferiría lo primero, lo último le daba pavor. Tomó aire con dificultad, agarró la perilla de su puerta y salió al pasillo; escuchó una leve melodía que provenía del salón que su madre utilizaba para ella misma en la planta baja, era una especie de estudio que las esposas tienen en sus casas, más que nada su madre las llama allí exclusivamente para regañarlas a ella y a sus hermanas, aunque estas dos no viven allí, siempre eran víctimas de los sermones de la vizcondesa. Bajó las escaleras con cuidado, esperaba poder salir sin que nadie la viera; cruzó por la puerta del salón con sumo cuidado, pero sus esfuerzos fueron en vano. La puerta que acaba de pasar estaba abierta y su madre la interceptó. —Selene, querida mía. ¿Ya te vas? —Curiosea su madre. Resignada se detuvo mientras tomaba otra bocanada de aire, se giró con una sonrisa en el rostro. —Sí, pensaba pasar a despedirme, pero supuse que estabas ocupada —contestó. —Ahh...No importa hija— descarto las palabras de su hija con una ademan de la mano—, te tengo una buena noticia—los ojos de la vizcondesa brillaron de la emoción. Las noticias de su madre solían ser poco importantes o en el peor de los casos desastrosas para ella o alguna de sus hermanas, y más cuando la vizcondesa tenía esa expresión de suficiencia en su rostro. —¿Qué?, ¿hay una nueva moda? —Bufa sin modestia y un tanto exasperada. La moda u otras cosas de mujeres son las cosas por las que su madre siempre se preocupa y habla, como siempre, la vizcondesa ignoro el comentario y la invito a pasar al cuartel del sermón o, en dado caso, de sentencia. Sus tacones resonaron en el mármol de aquel lugar de cuatro paredes, y tres ventanas de más de cuatro metros de altura, la luz que se filtra por las persianas ilumina la estancia haciéndola lucir brillante y sofisticada, todo dentro del salón de la señora Monzón, iba a pegado a su dueña, la clase y los muebles victorianos pintados de color pastel con un dorado brillante, la hacían parecer como el perfecto espacio para una dama de sociedad, ni siquiera la propia reina disfruta de aquel estilo. Selene daba fe de ello, pues ella misma se ha encargado de remodelar y acondicionar el espacio personal de su propia madre. Más de una vez estuvo dentro de los aposentos de la reina. Su madre se jacta en tener aquel lugar, ella y la reina no es que se lleven de maravilla, a duras penas se soportan. La historia, no la sabía. Selene se ubica cerca de una de las ventanas para tomar aire fresco y así darles tregua a sus pulmones. —Ha venido Diego —comenta la vizcondesa. Selene gira su cabeza, enfocando a su madre con sus ojos agua marina, la emoción en su progenitora no le gustaba nada—, y está dispuesto a cortejarte. Es tan lindo. —Revolotea por el salón recogiendo revistas—. Míralo —señala la foto del susodicho en una de las revistas en la sección de sociedad—, dispuesto a todo y además de buena familia. La vizcondesa estaba tan emocionada que se perdió del tono pálido que tomo el rostro de su hija a medida que hablaba. —Estoy segura de que harán una bonita pareja... —¿¡Qué!? —logro decir luego de encontrar su voz interrumpiéndola—. ¡No mamá! Pero esta la sigue ignorando. Envuelta en sus delirios de casamentera e imaginando como sería la esplendorosa boda. Desesperada, busco en dónde agarrarse. Un mareo casi la hace desmayarse allí mismo, y quedar expuesta delante de su madre. Aquella buena noticia como la llamaba su madre no pudo ser más horrorosa, ella no quería ni prometerse y mucho menos estando embarazada. Muy tarde se había dado cuenta de ese hecho, aunque Selene tampoco abortaría, eso iba en contra de sus propios principios; es una vida lo que lleva dentro de su vientre, una vida que estaba segura de que ahora lo estaba maltratando con su afán de esconder su barriga. —¡Madre! Te estoy diciendo que no —chillo. Cuán bochornoso era tener suplicar para no tener un prometido cuando se es mayor de edad. —Estás a punto de cumplir veinticinco años —la corta con severidad—, es tiempo de que busques un marido Selene. —Siguió hablando como si su hija no estuviera a punto de colapsar. —¡Madre, ya dije que no! —exclama exasperada—, ¡no me gusta ese hombre, ni ningún otro! —Lloriqueo. Recurriría a lo más bajo solo para zafarse de semejante atrocidad, sin mencionar el hecho de los cuatro meses y medio de embarazo que ya tenía. —Estás bajo nuestra tutela Selene, harás lo que tu padre y yo digamos. Tienes que buscar un marido como los de tus hermanas, incluso mejor que los de ellas —alzando la voz, la vizcondesa quería hacerle entender a su hija menor la importancia de tener un marido—. Te vas a poner vieja y no habrá nadie que se quiera casarse contigo —aclaro uno de los motivos por los cuales tenía prisa por casarla—. A ver, si de una vez por todas, tú, me das el gusto de tener un nieto en esta familia, ya que tus infames hermanas se niegan. Cada vez más pálida, Selene se llevó inconscientemente la mano al vientre, se pregunta si sería buena idea decirle a su madre la verdad, pero al mirar el rostro de su progenitora llego a la conclusión de que no. —No necesito un marido, madre —replico. —Si lo necesitas, ¿qué dirán los demás al ver que mi última hija no se ha casado? —cuestiono. —Solo te interesa lo que digan las personas madre. ¿Acaso no te importan los sentimientos de tu propia hija? —Dolida se acercó a la puerta. Su intención era escapar y olvidarse de todo. —Mira Selene. Te estás haciendo mayor, tienes un carácter de perro, hija, no sé quién te pueda soportar y encima de todo eso, te estás poniendo más gorda. Sin mencionar el hecho de que todo lo que trabajes después de tus veinticinco no será completamente tuyo; te recuerdo que si trabajas deberás pagarle al "gobierno de este país" por permitirte laborar siendo soltera y la mensualidad a tus padres, ¿eso es lo que quieres, regalarle dinero a la familia real? Aquellas palabras detuvieron a Selene en su intento de huida, más que su cuerpo, paralizo su corazón, cada palabra era como un balde de agua fría para ella, le dolían. Nunca había sido el prototipo de mujer que se demandaba en el mercado de maridos; no era delgada, jamás lo había sido. Su peso nunca fue estable, siempre la deprimió el no poder estar entre los estándares de la sociedad, pero su tío Elkin era un oasis en medio de aguas turbulentas. Él le había enseñado el valor que, como mujer tenía, le había resaltado sus cualidades y lo hermosas que eran sus curvas, siempre le decía: "mujeres con carnes ya no las hay, es una pena". En cierta forma no era tan gorda, sobrepasar el peso designado a las aristócratas es otra cuestión, que tuviera más pechos y trasero que las mujeres dentro del círculo social en el que nació, no era su culpa, ni siquiera tenía tanta barriga, bueno, solo un bebé dentro de ella que estaba creciendo con una velocidad impresionante, aparte de eso, no veía nada malo en ella. Lo malo era que su madre y otras personas se lo recordaran cada día. Durante su adolescencia, y luego al llegar a su adultez tuvo hombres que quisieron casarse con ella, algunos alegaban que era única en su especie, otros que les gustaba su forma de ser o simplemente veían el gran título detrás de su apellido, pero, sus familias no aprobaban su contextura. Solo hubo un hombre en toda su vida que ella amó y que la aceptó por lo que realmente era ella, pero aquel hombre estaba muerto y hecho cenizas. Si alguna vez existió, hoy en día no queda nada de él. Sin darse cuenta estaba llorando, dolida por la tormenta de recuerdos que le causaba escuchar palabras que para ella eran como cuchillos de hielo, pero, no todo acaba allí, su madre siguió despotricando. —Necesitas un marido que te mantenga antes de que se vaya toda tu belleza, no me quiero ni imaginar que pasará si llegas a tus veinticinco y aun sigues soltera. ¡Por Dios! —¿Qué es todo este alboroto? —El padre de la chica al escuchar los gritos, decidió irrumpir en el salón de su esposa. —Tu hija no quiere que la cortejen ni tampoco casarse. —Se quejo la mujer con su marido. El padre la mira con tristeza, pero con un conocimiento y una realidad que no se podía evadir, el vizconde de Winchester, un hombre ya entrado en sus sesenta años dejo el periódico en una silla, y se acercó a su hija. —¡Oh, cariño! —Le acaricia el rostro limpiándole las lágrimas—. Ojalá ninguna de mis hijas tuviera que casarse. —¡Miguel! —Lo reprende su mujer, pero él ni se inmuta. —Sabes que tienes que hacerlo cariño. Tal vez llegues a enamorarte, al igual que pasa en otras parejas. —Selene escondió el rostro en el pecho de su padre. —No será lo mismo papá, no quiero ni puedo estar con otro hombre. No quiero... —sollozo—. No entiendo cómo te enamoraste de mi madre —murmura contra del pecho de su padre. —Selene —la regaña—. Ella es así de dura porque las quiere. Según ella "hay que darles mano firme para que no se descachen" —comenta divertido—. Como si yo no supiera lo que fue ella en su juventud—comenta sin mirar a su esposa. —¡Enserio, que no puedo contigo, esposo! —exclama la vizcondesa enojada. —Cariño, acéptalo... —Shh —hizo señas mandándolo a callar—. No se trata de mí, es de tu hija de quien estamos hablando. Y tú, como siempre del lado que no te conviene. —Claro, Beatriz, como cuando tú y yo... —¡A callar, hombre! —lo detiene la vizcondesa antes de que siga soltando información que no es necesaria. Molesta salió pataleando. El vizconde, beso la coronilla de su niña. Por un momento Selene se olvidó del gran problema que tenía, hasta que su padre lo arruino todo. —Selene tienes más barriguita cariño, no deberías comer mucho por tu salud. —Se separo de él con rapidez. —Debo irme. —Se excusa con nerviosismo. Escapa del escudriño y el ceño fruncido de su padre, salió con rapidez de la habitación y de la mansión en dirección al lugar donde se encontraba el padre de su hijo, dispuesta a contarle todo. Ese mismo que, desde hace meses la ha estado evitando.
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