Capítulo 34

1677 Words
Punto de vista ISADORA Observé a Iván mientras dejaba los papeles sobre la mesa. Estaba nervioso, pero intentaba ocultarlo con esa sonrisa de niño seguro de sí mismo. Patético. —¿Sabes cuál fue el verdadero triunfo de anoche? —pregunté, cruzando una pierna sobre la otra, como si no me importara la respuesta. Él ladeó la cabeza, confiado. —Que Helena y yo aparecimos como un frente sólido. Todos lo vieron. Sonreí, despacio, como quien premia a un alumno aplicado que aún no entiende la lección. —Exacto. Y por eso es el momento perfecto para dar el siguiente paso. Sus cejas se arquearon. —¿Cuál? Incliné el cuerpo hacia adelante, dejando que mi voz bajara apenas un tono, suficiente para que sonara como un secreto compartido. —El divorcio, Iván. Cuanto antes. El gesto de seguridad en su rostro se quebró apenas un segundo. Intentó recomponerse. —Está en proceso… —No —lo interrumpí, con un leve movimiento de la mano—. No en proceso. Resuelto. Firme. Porque si quieres ser el “respaldo” de Helena, como todos creen ahora, necesitas estar libre de cualquier sombra. Me quedé en silencio, observando cómo tragaba saliva. Ahí estaba el detalle: él aún pensaba que era el protagonista de esta historia. —Míralo así —añadí, apoyando el mentón en la mano—. Helena jamás podrá sostener la empresa sola. Todos lo saben, incluso ella. Necesita un hombre al lado, alguien con la determinación de guiarla. Y ese puede ser tú… si haces lo que tienes que hacer. Lo dejé allí, con esa mezcla de ambición y ansiedad pintada en el rostro, sabiendo que ya había sembrado la idea. No tenía que presionarlo más. Lo haría solo, convencido de que era su decisión. Y esa era siempre mi mejor jugada: hacer creer a los demás que movían sus piezas, cuando en realidad ya estaban danzando al ritmo de mi tablero. Punto de vista IVAN Salí del despacho de Isadora con los papeles en la mano y la mente ardiendo. Su voz seguía resonando en mis oídos: “Necesitas estar libre. Helena no puede sostener nada sin respaldo.” Parte de mí quería reír. ¿De verdad pensaba que yo iba a ser un simple respaldo? Yo no estaba hecho para ser sombra de nadie. Y, sin embargo, la imagen de anoche volvía una y otra vez: Helena a mi lado, los focos sobre nosotros, los murmullos aprobando, las sonrisas de los accionistas. Por primera vez en años, no me sentí como un intruso. Estaba donde debía. Recordé a la Helena del pasado, aquella que me eligió a mí contra la voluntad de su familia, solo para descubrir que, cuando la dejaron sin dinero, yo no tuve el valor de quedarme. Sí, la dejé. Pero no porque no la quisiera, sino porque no supe resistir la presión. Esta vez será distinto, me repetí mientras caminaba por el pasillo. El divorcio no era un obstáculo, era un trámite. Un paso necesario para volver a ponerme al lado de Helena, no como el muchacho inseguro de antes, sino como el hombre que podía darle todo lo que el mundo le negaba. Ella tenía la inteligencia, la fuerza. Yo, la ambición y la red de contactos. Juntos, podíamos hacer temblar a cualquiera. Sonreí, convencido. —No voy a soltarla otra vez —murmuré para mí mismo—. Esta vez, Helena va a ganar conmigo. Y si para lograrlo debía jugar bajo las reglas de Isadora, lo haría… al menos hasta que pudiera imponer las mías. Punto de vista GASPAR El despacho de Alicia era distinto al resto de la empresa. Sin fotos de familia para presumir, sin trofeos de cristal ni adornos que gritaran éxito. Solo papeles bien ordenados, una planta verde en la ventana y su mirada serena, que siempre parecía atravesarme. —Pareces arrastrado por un tren —dijo sin levantar la vista de los documentos. Me dejé caer en la silla frente a su escritorio, soltando un suspiro áspero. —Uno llamado gala, Iván y Adriana… todos en el mismo vagón. Alicia alzó los ojos, arqueando una ceja. —Y tú te subiste sin freno. Quise replicar con sarcasmo, pero la voz no me salió. Me pasé la mano por la cara, como si quisiera borrar todo de un tirón. —No sé cómo manejarlo, Alicia. —Mi voz salió más ronca de lo que quería—. Helena estaba allí, y yo… no pude mover un dedo. Ella dejó el bolígrafo sobre la mesa y me miró como quien ya tiene la respuesta. —Porque aún juegas con miedo. Y el miedo siempre arrastra a los que dices proteger. Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. —¿Y qué quieres que haga? ¿Que destruya todo delante de ellos? ¿Que grite que la quiero hasta que el mundo me saque de sus consejos de administración? Alicia negó despacio. —No basta con quererla, Gaspar. El amor sin estrategia es solo pólvora mojada. Si de verdad la quieres, tienes que decidir si vas a protegerla… o arrastrarla contigo. Las palabras me golpearon en seco. Bajé la mirada a mis manos, cerradas en puños, y por un instante me sentí como ese adolescente al que nadie escuchaba, atrapado entre la rabia y el deseo de ser visto. —Lo intento —susurré, apenas audible—. Juro que lo intento. Alicia no me tocó ni me consoló. Solo se recostó en su silla, dejándome espacio para que tragara mi orgullo. —Entonces deja de intentarlo, y hazlo. Me quedé en silencio, con la certeza amarga de que, una vez más, ella había dicho lo que yo no quería escuchar. Punto de vista HELENA —No me mires así —le solté en cuanto crucé la puerta de su despacho. Lautaro alzó la vista de unos papeles, con esa sonrisa torcida que siempre me ponía a la defensiva. —¿Así cómo? ¿Como si hubieras dejado dormir a un Doménech en tu sofá y no quieres que nadie lo sepa? Rodé los ojos, dejándome caer en la silla frente a él. —No es gracioso. —Lo es un poco —respondió, recostándose y entrelazando las manos detrás de la cabeza—. Créeme, Helena, dejar a un hombre entrar en tu casa y cubrirlo con una manta es más íntimo que cualquier beso robado en una gala. Lo fulminé con la mirada, pero no pude evitar que un calor incómodo me subiera al cuello. —No estoy aquí para tus ironías. —Claro que sí —replicó, volviendo a sonreír—. Porque sabes que soy el único que no te va a decir lo que quieres oír. Me incliné hacia él, con el ceño fruncido. —Entonces dilo. Suéltalo ya. Su gesto cambió. La sonrisa se desvaneció y en su lugar quedó una seriedad que pocas veces mostraba. —No puedes pedirle a Gaspar una experiencia que no tiene. No vivió lo que tú viviste, no lo golpearon como a ti, no aprendió a sobrevivir de la misma manera. Y si lo juzgas con esa vara, solo vas a condenarlo a fallar. Sentí que el aire me pesaba en el pecho. Quise discutir, pero no tenía un argumento válido. —¿Y qué se supone que haga? —pregunté al fin, la voz más baja de lo que esperaba. —Aliarte con él. No verlo como enemigo cada vez que no reacciona como tú quieres. —Lautaro se inclinó hacia adelante, los ojos fijos en los míos—. Porque si lo empujas fuera, lo único que harás es que se convierta en lo que los viejos quieren: otro peón en su tablero. Me quedé en silencio. Había algo cruel en sus palabras, sí, pero también había verdad. Y eso era lo que más me dolía. Punto de vista GASPAR Había conseguido unos minutos de silencio en mi despacho, apenas el tiempo justo para repasar los informes de Samuel y dejar de pensar en Helena. Mentira. No dejaba de pensar en ella. En su voz exigiéndome que decidiera, en la rabia de sus ojos cuando me reprochó mi silencio. Golpearon la puerta suavemente antes de abrir. —¿Interrumpo? —la voz melosa me sacó de golpe de mis pensamientos. Adriana. Entró con paso ligero, como si la oficina le perteneciera. Llevaba un vestido claro, inocente, y esa sonrisa que siempre parecía diseñada para inspirar ternura. A otros podría engañarlos. A mí, ya no. —Solo un momento —añadió, cerrando la puerta tras de sí—. Quería pedirte un favor. Me recliné en la silla, cruzando los brazos. —Dime. Adriana se acercó, con un aire casi infantil. —Hace tanto que estoy de regreso… y no conozco a nadie. Pensé que podrías acompañarme a cenar. Nada serio, solo… salir un poco. No sabes lo extraño que se siente volver y no tener con quién compartir una conversación. La observé en silencio. La excusa era tan banal que casi me dio risa. Adriana siempre fue hábil para disfrazar su ambición de fragilidad. Una década había pasado y seguía usando la misma estrategia. —¿Una cena? —repetí, despacio, probando la palabra como si me diera asco. —Sí. —Sus ojos brillaron con esa falsa inocencia que tantas veces había confundido a otros—. Tú y yo nos conocemos desde siempre. No tiene por qué ser complicado. Incliné la cabeza, sonriendo torcido. —Nunca lo fue complicado, Adriana. Tú lo hiciste así. Por un instante, el gesto dulce en su rostro se quebró, aunque enseguida lo recompuso. Me puse de pie, rodeando el escritorio, hasta quedar frente a ella. —Está bien —dije al fin—. Te acompañaré. Sus labios se curvaron en una sonrisa satisfecha. Pero yo no sonreí. Porque en el fondo sabía que no lo hacía por ella. Lo hacía para dejar claro, de una vez por todas, que no pensaba volver a ser la marioneta de nadie.
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