Baile de Invierno: La Coartada
Mel
Han pasado dos meses desde que Adrien y yo empezamos nuestro "Grupo de Control de Calidad" en la biblioteca. La dinámica era siempre la misma: discusiones académicas feroces seguidas de intercambios secos y hostiles. Éramos la pareja de estudio más eficiente y menos amigable de Harvard.
Hasta que llegó la temporada de invierno y con ella, el Baile Anual de Caridad de la Escuela de Derecho.
—Tienes que ir, Mel —insistió Hanny a través de la pantalla, ajustando su bufanda y sonriendo como boba, mientras su señor pesadilla entraba en su habitación—. Es obligatorio para la beca de primer año asistir a al menos un evento social, y este es el más elegante. Además, la Escuela de Gobierno también va. Podrías hacer una buena red de contactos.
—Eso lo hago en la biblioteca, Hanny. No necesito socializar con gente que no sabe la diferencia entre mala in se y mala prohibita —respondí, con mi cara de limón agrio perfectamente calibrada.
—Vas a ir —dijo Hanny, con tono final y yo volví a negar como niña chiquita.
Media hora después, mi mamá, Alma, Val y todas las mujeres que me importaban me estaban haciendo una video llamada y mi mejor amiga aplaudía como foca.
Cony, la más mesurada de todas, era la única que estaba de acuerdo conmigo y me encontró la razón, pero su madre, la santa Mary se colocó del lado de a quién queria matar– o sea, Hanny.
Después de los tira y afloja, me rendí. Así fue cómo Mel Soré, la chica que prefería un libro sobre la Regla de Prueba a una pista de baile, se encontró comprando un vestido. Porque ni loca dejaba que Alma lo escogiera. La conocía.
El día del baile, me puse un vestido verde esmeralda, sencillo pero elegante, que contrastaba bien con mi cabello rojizo. Hanny aplaudía tras la camara, pero yo seguía sintiéndome fuera de lugar.
Cuando llegué al salón de baile, el lugar era opulento y lleno de estudiantes de todas las escuelas bien vestidos. El ambiente era de música clásica y murmullos.
Apenas había tomado dos copas de ponche de frutas, lo vi.
Adrien Powell.
Llevaba un esmoquin que le quedaba peligrosamente bien. Su cabello, que usualmente estaba despeinado por el casco de hockey, estaba peinado con un poco de gel, haciendo que se viera sofisticado y, para mi horror absoluto, increíblemente guapo.
Y, por supuesto, no estaba solo. Una línea de aspirantes a parejas lo rodeaba, riendo de algo que había dicho. Era un imán.
—Mira, Mel. El novato estrella ha traído a su propio séquito —murmuró uno de nuestros compañeros de estudio, creo que se llama Conrad.
—Es insoportable —mascullé, y de repente me di cuenta de algo peor. Mis padres— ¿Que mierda hacen aquí?
Blue Scott, una abogada consumada, tenía la costumbre de interrogar a cualquier chico que se acercara a su hija y Adam Scott el más maravilloso abogado litigante de Nueva York que los metía en una celda de castigo estaban con él decano y algunos profesores. Si me quedaba sola, me arriesgaba a ser el centro de una cadena interminable de presentaciones de atención y peor, se descubriría que era hija de esos dos.
—Los voy a matar...
Mascullé entre dientes y miré hacia todos lados. Necesitaba un escudo. Un incordio al que mi familia ya consideraba como parte del mobiliario de nuestra casa.
—Diosito dame tu fortaleza con lo que voy a hacer—dije, sintiendo que mi plan era la peor idea de mi vida.
—¿Qué?– Conrad me miró como si fuera un alien, pero lo dejé y me armé de valor mientras mi dirigía al grupo que rodeaba a Adrien.
—Solo actúa con normalidad, Mel, es solo Powell... Powell —dije, con mi voz resonando con autoridad.
Adrien se giró, su sonrisa de "chico guapo" desapareció al verme, y fue reemplazada por la familiar mezcla de diversión y desafío.
—Soré. Te ves... diferente. ¿Lograste escapar de la biblioteca?
—Tenía que asistir. Y tú vas a venir conmigo —dije, sin rodeos.
—¿Perdón? ¿Me estás invitando a un baile? —preguntó Adrien, levantando una ceja, mientras sus acompañantes se quedaban en silencio.
—No te estoy invitando, idiota. Te estoy usando como barrera de protección civil. Mis padres están aquí y necesito a alguien que ya conozcan para que me dejen en paz. Ven y finge que estamos... debatiendo la enmienda 14ª, o algo así.
Adrien sonrió, una sonrisa que encendió todas las alarmas en mi cabeza. Se despidió de su séquito con un simple gesto y se acercó a mí. Demasiado.
—La enmienda 14ª. Mi tema favorito. Vamos, entonces. Es un honor ser tu coartada.
Adrien me tomó del brazo con una naturalidad alarmante y me condujo a un lugar menos concurrido.
Mientras caminamos, Adrien acercó su boca a mi oído.
—Este es el plan: te diré un cumplido cada cinco minutos, y tú me golpeas con tu bolso. Mantendremos el status quo.
—Te mataré, Powell —susurré, sintiendo el calor de su aliento demasiado cerca.
—Me encanta cuando amenazas.
Una canción lenta comenzó a sonar. Era el tipo de música que requería un contacto físico incómodo.
—Hora de irme —dije, tratando de escapar.
Pero antes de que pudiera moverme, Adrien me tomó suavemente de la mano.
—De ninguna manera. El trato es que me quedo a tu lado, Soré. Y si vamos a fingir que somos una pareja que no se odia, tendremos que bailar. Mis padres también están aquí, y les encantaría vernos juntos.
—No voy a bailar contigo.
—Sí, lo harás. Es solo por la coartada. Además, es un baile lento. Puedes concentrarte en la jurisprudencia y no en mí.
Y antes de que pudiera protestar con argumentos legales –y tenía muchos–, Adrien me guio hacia la pista de baile. Puso una mano firme en mi cintura y me obligó a acercarme.
Nuestros cuerpos estaban peligrosamente cerca. Su esmoquin olía a una colonia limpia y cítrica que era... demasiado agradable.
Mel, la futura abogada que era, se concentró en la tela de su corbatín, recitando mentalmente la enmienda 14ª.
—Igual protección ante la ley...
—¿Estás bien, Soré? Estás tan rígida que pareces haber tragado un código penal —susurró Adrien en mi oído.
—Estoy concentrada. Estamos debatiendo la Cláusula de Igual Protección.
—No, Mel —dijo él, su voz se hizo aún más suave—. Ahora mismo no estamos debatiendo nada. Solo estamos bailando.
Adrien apretó ligeramente su mano en mi espalda, atrayéndome un poco más cerca. El contacto era innegable, y los maripociélagos, esos seres mitológicos que yo me negaba a reconocer, hicieron su entrada triunfal.
Levanté la vista. La luz tenue del salón, el esmoquin, el contacto. La tensión era palpable, una electricidad silenciosa que solo existía entre nosotros dos.
—Mira, Mel —dijo Adrien, su expresión cambiando a algo tierno y serio, despojándose de toda burla. Él acercó su rostro, sus ojos fijos en los míos—. Desde el primer día, me gustaste. Me gustaste con tu cara de limón agrio, me gustaste en la pista de hockey, y me gustas debatiendo. Esto no es solo una coartada.
Mi corazón se detuvo. Mi primer beso robado, todas las peleas, todos los celos fingidos. Todo se condensó en ese momento.
—No... no digas tonterías, Powell —tartamudeé, sintiendo que iba a desmayarme.
—Solo un hecho, Soré. Y hay algo más que ha sido un hecho desde que nos conocemos, que ambos hemos estado evitando.
Y antes de que pudiera pronunciar otra palabra, Adrien se inclinó. Sus labios se encontraron con los míos. Este beso no fue robado; fue un hecho, un fait accompli. Era cálido, suave y definitivo.
Y Mel Scott Soré, la Grinch más seria de Harvard, cerró los ojos y se dejó llevar por la electricidad.