Prólogo

1610 Words
Prólogo. Junio, 2012. Nota: Los diálogos en cursiva se encuentran originalmente en ruso. Mi estómago gruñía en una sinfonía agónica, indicándome que estaba en las últimas antes de colapsar. Rebusqué en mis bolsillos, con la esperanza de que mágicamente, algún alimento apareciera en estos, pero como siempre: estaban completamente vacíos. Y como mi suerte siempre podía ser peor, una lluvia torrencial empezó a caer de la nada, empapando la fina tela de mi abrigo y haciendo que el agua se colara hasta mis huesos. Me encontraba temblando de pies a cabeza un par de minutos después. No sabía donde estaba. Las calles tenían agujeros en el pavimento y las casas parecían haber sido construidas con trozos de cartón y se mantenían unidas, por la fuerza de la esperanza, supuse. No había ningún lugar en el que pudiera refugiarme de la lluvia. Pero por lo menos, el frío había hecho que mi estómago dejara de pedir alimentos que no podía proveerle. ¿Cuándo fue la última vez que comí decentemente? Posiblemente el día que escapé de casa. Debí haber guardado provisiones en mi bolsa, en lugar de tanta ropa. No había sospechado lo difícil que sería vivir en las calles. Justo cuando empezaba a perder la esperanza, mis ojos divisaron un pequeño callejón en medio de dos casas, en el cual podría escabullirme hasta que pasara la lluvia. Sin pensarlo dos veces, corrí al lugar y agradecí que el techo de ambas casas se superponieran de tal forma que la lluvia no se colaba por ningún lado. Había encontrado un refugio lo suficientemente bueno para pasar la noche. Aunque según el reloj de mi muñeca, ya era pasada las dos de la mañana. Descargué mi pasada mochila de mis hombros y me deslicé hasta quedar sentada en el suelo, apoyando mi espalda contra una de las paredes de las casas. Sí estiraba mis piernas casi podría tocar la otra pared, así que el callejón no era muy grande tampoco. Pero eso no importaba en un momento como esté. Abrí mi mochila, para cerciorarme que todo se encontrara seco adentro. La tela de esta era impermeable pero no estaba de más asegurarse. Solté un suspiro aliviado al comprobar que todo seguía completamente seco y procedí a cambiar mi ropa mojada por un conjunto seco. Tendí la ropa mojada, en el suelo junto a mí, a la espera de que al día siguiente amaneciera lo suficientemente seca para no arruinar mis demás prendas. Cubrí mis hombros con mi abrigo de repuesto y al hacerlo, algo rodó por el suelo. Casi me desmayé al descubrir de que se trataba. Unas tres barras energéticas se encontraban dispersadas a mi alrededor y las recogí de inmediato, casi con miedo de que solo fueran un espejismo. Abrí una y partí la mitad de esta, decidiendo fraccionarlas para tener lo suficientes para un par de días, pero antes de que lograra llevar el alimento a mi boca, algo estalló en una de las casas. Escuché un grito. Y luego otro fuerte sonido de estallido. Pronto descubrí, que no eran explosiones sino disparos. Me encontraba congelada en mi lugar cuando el sonido del tercer disparo se hizo presente en el silencio de la noche. Casi esperé que los vecinos corrieran a socorrer a las personas que vivían en esa casa. Las personas que estaban siendo asesinadas. Pero nada de eso pasó. Me arrastré por el suelo, luego de esconder mi mochila detrás de uno de los contenedores de basura por si acaso necesitaba huir y me asomé por la ventana que daba al callejón, rogando porque nadie me descubriera. Tuve que cubrir mi boca para evitar que un grito de impresión escapara de mis labios al ver el cadáver cuyo rostro estaba completamente desfigurado debido al disparo que recibió en la frente, caído sobre una alfombra que había visto días mejores. Sin embargo, antes de que pudiera observar más, un hombre bastante alto seguido de otro par igual de atemorizantes, aparecieron en la sala, arrastrando con ellos al resto de miembros de la familia. Una mujer que rogaba por clemencia fue la siguiente en ser asesinada. Aparté mi mirada cuando el hombre alto, apoyó el cañón de su pistola en la frente de esta y cuando volví a mirar, luego del sonido del disparo, este no se había inmutado ni un poco luego de haber acabado con la vida de dos personas. Sólo quedaba una chica. Posiblemente de mi edad o tal vez un poco más. No gritaba ni luchaba por zafarse de sus posibles asesinos, no. Pero lágrimas silenciosas resbalaban por sus mejillas, mientras sus ojos viajaban del cadáver del hombre al de la mujer. Entonces entendí: se había resignado a morir, porque ya no le quedaba nadie por quien vivir. El hombre alto le tendió la pistola a uno de sus secuaces y le dijo algo en un idioma que no entendí, antes de apartarse de la escena y empezar a deambular por la sala. Su andar era hipnótico. Casi felino. Y sus ojos se bebían cada lugar de la estancia, como sí buscara algo en particular. Entonces, sus ojos se clavaron en los míos justo cuando el otro hombre acabó con la vida de la chica. Inmediatamente me aparté de la ventana y me eché a correr, sabiendo que estaba a solo pocos segundos de ser asesinada por haber visto algo que no debía. Mis piernas quemaban debido al cansancio de días de solo caminar acumulados, pero no me detuve ni un solo momento para descansar. Le rogué a un Dios que me había abandonado hacía mucho, para no ser asesinada esta noche, mas no sabía sí escuchaba las plegarias de la hija de una mujer maldita. Una sombra apareció frente a mí y no me dio tiempo de esquivarle, antes de que grandes dedos se apretaran en mis delgados bíceps y me arrastraran con él, hasta estar escondidos en un callejón similar al que había planeado usar para pasar la noche. Me removí tanto como pude, tratando de liberarme de su agarre, pero sus dedos eran como tenazas decididas a no dejarme ir. Mi primer instinto, fue suplicarle por mí vida. Pero mi mente me recordó que no había tenido piedad de la mujer que prácticamente le rogó para que la dejara vivir. —¿Quién te envió? —habló de nuevo en ese pesado idioma que no podía entender y me zarandeó en mi lugar, esperando una respuesta de mi parte. No podía responderle a algo que no entendía. —No sé que dijiste —respondí, odiando el miedo evidente en mi voz. Odiaba ser débil. —Fue Konstantin, ¿verdad? —se movió un poco, lo suficiente para que su rostro fuera iluminado por la luz de una farola y descubriera que sus ojos eran grises. Fríos ojos grises que no dejaban al descubierto ninguna emoción. Tragué saliva, sintiendo mi garganta reseca de repente. Volvió a sacudirme. —Dime quién te envió y te dejaré vivir. Cansada de su ataque, traté de nuevo de soltarme de su agarre, pero fue imposible. —¡No tengo idea de que me estás diciendo! —exclamé. Sus ojos grises se achicaron en sospecha, mientras decidía si me creía o no. Al final, se dio cuenta que no mentía, así que aflojó un poco su agarre en mis brazos. No lo suficiente para lograr escapar, obviamente. —¿Te envió Konstantin? —cuestionó, esta vez más calmado y en un idioma que podía entender. —¡Nadie me ha enviado! —la irritación empezaba a reemplazar el miedo que sentía, lo cuál era muy peligroso—¡Estaba escondiéndome de la lluvia en ese callejón! —¿Y porqué no hacerlo en tu casa? —de nuevo sus ojos se achicaron y sentí su mirada casi como una caricia en todo mi rostro. —No tengo casa. Mi respuesta pareció golpear una fibra sensible, porque de inmediato me soltó, haciendo que cayera al suelo sin nada de gracia. Sentí como mis codos se raspaban con la áspera superficie de la pared y sabía, sin mirarlo, que tendría dos grandes ronchas después de eso. El hombre de ojos grises me miró por lo que se sintieron horas, antes de extender su mano para ayudarme a levantarme del suelo. Una vez estuve de regreso en mis pies, me soltó como si mi toque lo quemara. —Sí le dices a alguien lo que viste, lo sabré —amenazó, haciendo que un escalofrío de temor recorriera mi espalda—. Y no habrá lugar en la tierra donde puedas esconderte de mí. Y así, sin más, su abrumadora presencia se había ido. No había rastro de él en las calles, era como sí se hubiera esfumado. Traté de respirar de nuevo, pero mis pulmones no me ayudaban en absoluto. Busqué mi inhalador en los bolsillos de mis pantalones, recordando que lo había dejado en la ropa mojada que me había quitado y contuve un gruñido de frustración mientras sentía como cada vez era más difícil inhalar. Me dejé caer de regreso en el suelo, tratando de respirar como mi doctor me había enseñado. Y mientras sentía como poco a poco el aire empezaba a circular por mi sistema respiratorio, pensé en la amenaza del hombre de ojos grises. No era tan estúpida como para ir a la policía a contar lo que vi. Me enviarían de regreso con mi papá y su nueva esposa. Y eso no era algo por lo que estuviera dispuesta a pasar. Así que, por mi parte, esta sería la última vez que sabría del hombre de ojos grises. Por lo menos eso esperaba.
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