Capítulo Uno

2668 Words
Capítulo Uno. 3 de septiembre, 2017. Este cumpleaños no estaba yendo para nada como lo había planeado. Harriet seguía hablando sobre algún paciente que tuvo que atender y yo solo quería enterrar mi tenedor en su ojo por tratar de ser el centro de atención, incluso durante el cumpleaños de mamá. Sin embargo, mamá no parecía nada molesta por tener que cederle a Harriet su momento especial. —Pero con un par de compresiones más, él volvió a tener signos vitales —mamá sonrió orgullosamente, mientras mi hermana seguía contando sus proezas. Dejé de prestar atención cuando terminó su historia sobre el paciente que había intentado suicidarse y ella le salvó la vida, y pasó a su primera operación a corazón abierto como residente. ¿A quién se le ocurre hablar de esas cosas, durante lo que se supone, es una celebración? Por supuesto, a Harriet. Revisé la hora por enésima vez en mi móvil, deseando que Adrian o Love decidieran cancelar sus planes y venir a salvarme de esta tortuosa cena, pero no había ningún solo mensaje en mi bandeja de entrada. Y nuestro grupo de w******p se encontraba desierto desde hacía un par de días. Las preparaciones para nuestro inicio de clases nos robaban tiempo valioso, pero siempre habíamos sido muy responsables con nuestras obligaciones. —¡Lyra! —me llamó Harriet, luciendo como sí no fuera la primera vez que se dirigía a mí. Ni la segunda. Supongo que me distraje lo suficiente para perderme el resto de su historia y ahora su ego estaba herido. Dejé mi móvil de regreso en la mesa y con toda la paciencia que logré reunir, sonreí en su dirección, indicándole que tenía mi atención de nuevo. —¿Si? —Mamá te preguntó sobre tus clases —masculló entre dientes —. Ni siquiera estabas prestando atención por andar pegada a ese cacharro —apuntó mi móvil y al parecer había llegado el momento de hacerse la hija perfecta y dejarme a mí muy mal parada. —Oh, lo siento hermanita. Perdóname por no querer escuchar sobre como rebuscabas en las entrañas de alguien durante una cena que se supone, ¡es solo para mamá! —recriminé, no pudiendo contenerme más. Amaba a Harriet con mi vida, pero durante el último año, había dejado que su carrera se adueñara por completo de su vida, a tal punto de que era de lo único que hablaba cuando lográbamos reunirnos. —A mamá no parece importarle que le cuente sobre mi trabajo —siseó y mamá sólo negaba. Estábamos arruinando este día para ella. Otra vez. —Está bien. Cuéntale todo lo que quieras sobre tu emocionante trabajo —quité la servilleta de mi regazo y la dejé sobre la mesa, mientras tomaba mi móvil y lo guardaba en mi bolsa—. Yo me iré. —¿Qué? —Saltó mamá— No, no tienes que irte. Harriet, dile que no tiene que irse. —No tiene caso, madre —me levanté de mi asiento y planté un suave beso en su frente—. Mañana iremos de compras, ¿te parece? —Lyra... Quédate, por favor —suplicó mi madre, pero yo simplemente no podía. —Sí lo hago, volveremos a discutir. Y es lo último que mereces en tu cumpleaños. Prometo que te lo compensaré, ¿si? —sus ojos marrones se cristalizaron un poco y me sentí como una mierda por hacerla sentir mal durante este día tan importante. Mas hacía lo correcto, de eso estaba cien por ciento segura. —Lo siento, mami —hice un puchero, que siempre la hacía sonreír y esta vez no fue la excepción. Peiné algunas ondas de su cabello castaño, a pesar de que este se encontraba perfectamente arreglado—como siempre—, antes de apartarme de ella. —Mañana pasaré por ti después de la hora de almorzar, ¿te parece? —Si, si. Me envías un mensaje una vez llegues a casa, Lyra —acarició mi brazo, para luego dejarme ir. —Lo haré, mamá —prometí y luego miré a Harriet—. Hasta luego, Harriet. Sin embargo, como era de esperarse, me ignoró completamente. No le di demasiada importancia, porque sabía de antemano que no obtendría una respuesta de su parte. Dándoles una última mirada, me alejé por completo de la mesa, usando mi móvil para pedir un uber mientras caminaba fuera del moderno restaurante que Harriet había escogido. Debía haberlo sabido desde el momento en el que Harriet olvidó decirme la dirección del restaurante, que esto no iba a salir bien. Pero guardaba la esperanza de que esta vez fuera diferente. El vehículo de uber se detuvo fuera del restaurante cinco minutos después y luego de darle la dirección de mi apartamento, decidí que necesitaba un poco de mis chicos. Abrí nuestro grupo de w******p y escribí un rápido mensaje, revisando que no fuera demasiado tarde. Eran pasadas las nueve de la noche, por lo que aún se encontrarían despiertos. Necesito RCP. Adrian fue el primero en responder. Adrian: Conseguiré el patrón. Creo que Love tiene algunos dvds de Sparks. Sonreí al leer el texto. Sabía que siempre podría contar con ellos. Incluso para cosas pequeñas como estas. Love fue la siguiente en escribir. Love: Tengo caramelos de limón en algún lugar. Estaremos listos para cuando llegues. Y así como así, mi humor mejoró completamente. RCP era nuestro código para romance, caramelos de limón y tequila Patrón. Y solo era usado en casos de extrema necesidad. Justo como este. *** —Soportaste una hora y media, eso es un nuevo récord —se burló Adrian, sirviendo una nueva ronda de tequila. Love rió por sus palabras. O tal vez por el alcohol. Probablemente eso último. —Me desconecté de la conversación cuando empezó a hablar sobre una operación del corazón —llevé un par de caramelos ácidos a mi boca, antes de beber el resto de mi chupito. —¿Y no hizo drama cuando dejaste la mesa? —Love apoyó su cabeza en mi hombro, mientras silenciaba The notebook, en la pantalla. —Para nada. De hecho, me ignoró cuando me despedí de ella —suspiré, dejando el pequeño vaso en la mesa de centro y me acomodé mejor en nuestro enorme sofá. Adrian, Love y yo nos habíamos conocido en el segundo trimestre de nuestro primer año. Todo, gracias a que decidimos elegir la misma electiva a pesar de ser de distintas carreras—negocios, literatura y comunicación social respectivamente—. Pero todo el mundo hablaba sobre lo sencillo que era aprobarla, así que la mayoría se inscribía allí para un crédito fácil. Todo lo que bastó, fue un trabajo en grupo, para que hiciéramos conexión y nos volviéramos los tres mosqueteros, como mamá nos había bautizado. En nuestro segundo año, decidimos mudarnos de los dormitorios del campus y rentamos ese apartamento, donde nuestra amistad se había ido fortaleciendo a lo largo de los años. Love era una chica menuda. Poco más del metro sesenta, con un cabello rubio casi blanco y enormes ojos azules que la hacían lucir vulnerable. Y de cierta forma lo era. Estaba enamorada de la idea del amor y desde que la conocía, nunca había estado soltera. Pero tampoco duraba más de dos meses con el mismo chico. Ninguno de ellos era el indicado según sus palabras. Adrian por otra parte, era un cínico que se burlaba de la ingenuidad de Love. Cabello caoba, ojos verdes y un cuerpo bastante ejercitado, lo hacían ser uno de los rompecorazones estrellas de su facultad. No ayudaba, el hecho de que se comportara como un caballero y siempre supiera que decir para hacer que las chicas se sintieran adoradas. Muchas veces nos habían cuestionado a Love y a mí sobre el porqué aún no habíamos caído en sus redes. La respuesta era bastante simple: lo conocíamos lo suficiente para ser inmunes a su atractivo. Ninguna de ellas alguna vez lo habían visto con sus viejos calzoncillos de lunares, rascando sus bolas mientras veía algún partido de béisbol en la televisión. Eso era suficiente para hacer que nuestra libido saltara por la ventana. Adrian aclaró su garganta, haciendo que Love pegara un salto a mi lado y le lanzó un cojín sin mucha fuerza a modo de reprimenda. —¿Qué harás para compensar a Dorothy? —preguntó, a la par que empezaba a recoger el desorden de la mesa de centro, dando así por finalizada nuestra noche de RCP. —La llevaré de compras. Necesitamos tiempo de chicas —contesté, levantándome del sofá y estirando mis manos por encima de mi cabeza. —Correción, necesitan tiempo sin Harriet arruinándolo —añadió Love, imitando mis movimientos. Me encargué de apagar el reproductor de dvd arcaico al que Love se rehusaba a renunciar, al igual que el televisor, mientras Adrian y ella se encargaban de los envoltorios de dulces y los restos de palomitas de maíz. Éramos un equipo eficiente, por lo que, quince minutos después, nuestra sala lucía completamente ordenada. Agradecí tener la mañana de los lunes despejada, porqué la resaca del día siguiente no sería algo lindo. Adrian se despidió de nosotras luego de recoger las mantas del sofá y Love se tambaleaba lentamente en su lugar, siendo esto un claro indicio de cuán afectada se encontraba por los pocos tragos que bebimos. —Ven, déjame acompañarte a tu habitación —pasé su delgado brazo por encima de mi hombro y con un paso tambaleante, nos encaminamos a la última habitación del pasillo, la cual era la suya. —¿Lyra? —me llamó, una vez la dejé instalada cómodamente en su cama. Ajusté la sábana sobre su cuerpo, asegurándome de que se encontraba cubierta, ya que nuestra calefacción había empezado a fallar y lo último que quería, era que la pequeña Love muriera congelada por mi culpa. —¿Si? —Travis me dejó —gimoteó y supe, que esta sería una larga noche. Me quité mis sandalias de inmediato y me deslicé debajo de sus sábanas, mientras esperaba pacientemente a que me contara toda la historia. Nunca hablaba sobre sus rupturas delante de Adrian porque este tenía la tendencia a decir "te lo dije" todo el tiempo. Seguida de la tendencia de amenazar con golpear a cualquier chico que nos hiciera daño. Y habían ocasiones selectas en las que esa amenaza se convertía en acciones reales. Jonah, mi último novio, podía dar fe de ello. Terminó con un hombro dislocado luego de que Adrian escuchara cuando le contaba a Love sobre como lo había descubierto engañándome con una de sus compañeras. De eso ya habían pasado unos buenos ocho meses. Love se acurrucó en mi costado y empezó a contarme como su chico—ex chico—decidió acabar con su relación por medio de un mensaje de texto. Durante la siguiente media hora, escuché como lloraba, se quejaba y luego se enojaba, para después volver a llorar, sobre como nunca iba a encontrar al chico indicado. —Voy a morir sola y rodeada de periquitos —hizo un puchero, para luego reprimir un bostezo. Sus ojos estaban hinchados debido a todo el llanto que había derramado y su cabello era un desastre, pero finalmente sonreía por primera vez desde que había comenzado a desahogarse. —¿Y por qué gatos no? —piqué su costado, haciendo que soltara una dulce risa. —Sabes que los gatos me odian, Lys —puso sus ojos en blanco y bostezó de nuevo, debido a que el cansancio estaba haciendo mella en ella. —Odian el hecho de que olvides alimentarlos y limpiar su caja de arena —le di una mirada severa, recordando como sus dos últimas gatas la habían abandonado debido a sus descuidos. —Empiezas a sonar igual que Harriet —me molestó de vuelta, lo que la hizo merecedora de un ataque cosquillas. Mis dedos picaban su costado mientras ella se retorcía como una serpiente, tratando de alejarse de mí. Sus carcajadas retumbaban en el silencio de nuestro apartamento y un golpe en la pared nos hizo detenernos. —Sí están teniendo actividad chica-chica, por favor dejen de hacer tanto ruido —se quejó Adrian a través de la delgada pared que compartía con la habitación de Love—. O por lo menos, sean buenas amigas e invítenme a participar. Love y yo bufamos a unísono. —Ya quisieras, Lancaster —golpeé la pared de regreso y me levanté de la cama, estirando mis brazos por encima de mi cabeza. —Un hombre siempre puede soñar —lo escuché reírse por sus palabras, sabiendo que eso nunca sería posible. —Hasta mañana, Adri —se despidió Love, empezando a quedarse dormida con su cabeza apoyada en la almohada que yo había estado usando hacía un rato. —Hasta mañana dulzura —respondió él—. Y no te preocupes, Love. Le haré una visita a Travis luego de mis clases. —¡Es de mala educación escuchar conversaciones ajenas! —lo reprendí, a la vez que Love me daba una mirada asustada. En realidad éramos buenas adivinando cuando Adrian hablaba en serio, pero cuando se refería a ese tema era mejor no correr ningún riesgo. —No es mi culpa que las paredes de este maldito apartamento sean tan delgadas para escuchar su parloteo —se defendió, sonando ligeramente ofendido. —Si, claro. Como sí no conociéramos esa vena curiosa que tienes —tomé mis sandalias del suelo y dejé un beso en la frente de Love a modo de despedida—. Ya hablaremos de esto luego. Es tarde y mañana tenemos responsabilidades. Unos más temprano que otros. Adrian gruñó, porqué él era el único que debía asistir a clases en la jornada matutina los lunes debido a su elección de horario. Planeaba aplicar a varias compañías para obtener una pasantía antes de que su tésis fuera aceptada. —Está bien —concedió Adrian—. Hasta mañana, bombón. —Hasta mañana, Lancaster —dejé la habitación de Love luego de despedirme de Adrian y con cuidado de no hacer mucho ruido, puesto que ella finalmente se había quedado dormida, me deslicé a través del pasillo hasta la primera habitación que era la mía. Dejé mis sandalias a un lado de la puerta y me deshice del vestido color azul que había usado para asistir al fiasco de cena más temprano. Mi sujetador fue lo siguiente en caer al suelo y rebusqué entre mis cajones por algo cómodo que usar para dormir. Me decidí por un par de pantalones holgados de pijama y por una sudadera que alguna vez le perteneció a Adrian, pero que durante la colada se mezcló con mi ropa y nunca más volvió a manos de su dueño. Una vez vestida, tomé mi neceser y caminé hasta el baño que compartía con Love, ya que el otro baño era de uso exclusivo del desordenado Adrian para limpiar de mi rostro el maquillaje que había usado para la noche y cepillar mis dientes. Cuando finalicé con mis labores, volví a mi habitación, tomé mis retenedores de su estuche que se encontraba sobre mi mesa de noche y los deslicé en su lugar dentro de mi boca, antes de apagar la luz de mi lámpara de lectura y acurrucarme debajo de mis sábanas. No pasaron ni diez minutos luego de que cayera dormida, cuando el hombre de fríos ojos grises se hizo presente en mis sueños para volver a atormentarlos como cada noche. Sin embargo, esta vez no le disparaba a la familia que había visto asesinar hace casi cinco años, no. Esta vez, su arma apuntaba directamente en mi dirección. Un angustiante minuto después, su dedo accionó el gatillo. Y disparó. Me senté de golpe, regresando a la realidad y esperaba no haber hecho ningún ruido durante mis sueños. No quería turbar la tranquilidad del descanso de mis amigos. «Al parecer, esta sería otra noche en vela», pensé.
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