Capítulo Cuatro.

3590 Words
Capítulo Cuatro. 8 de septiembre, 2017. Mi cabeza estaba matándome. Días sin dormir a causa de mis sueños y la abstinencia de cafeína no eran una buena combinación. Sin embargo no podía quedarme todo el día en la cama, regodeándome en mi miseria. Tenía clases a las cuales asistir y un trabajo al que no debía faltar. Así que con mucha fuerza de voluntad, me levanté de la cama y recogí mi neceser junto con mi toalla y caminé como sí mi cuerpo pesara una tonelada hasta el baño. Una vez dentro de este, me apresuré a deshacerme de mi aparato dental, guardándolo en su recipiente protector y cepillé mis dientes de manera distraída. Mi mente seguía vagando a las palabras de Zade. «Nos volveremos a ver, Luna», había dicho. Y eso no era algo que quisiera. Lo último que necesitaba en mi vida, era que un asesino apareciera constantemente en ella. Enjuagué mi boca y deje mi cepillo a un lado, mientras mi atención se concentraba en mi reflejo en el espejo. Las bolsas debajo de mis ojos eran tan pronunciadas y oscuras, que cualquiera podría confundirlas con golpes. Mi rostro lucía cansado y mi cabello era un nido de pájaros. Toqué la piel hinchada debajo de mis ojos y agradecí a la persona que inventó el corrector por salvarme de tener que dar explicaciones. Con una última mirada a mi rostro, terminé de desnudarme y procedí a ajustar la temperatura del grifo. Por lo menos me había levantado antes de que Love acabara con nuestros suministros de agua caliente, lo que era algo muy bueno. Cuando el agua estuvo lo suficientemente tibia para ser cómoda, deslicé mi cuerpo dentro de la ducha, dejando que el agua despejara mi mente de mis preocupaciones. Bufé al espacio vacío. «Como si eso fuera tan sencillo», pensé. Le había salvado la vida a un asesino. Le había salvado la vida a alguien que se dedicaba a acabar con la vida de los demás. Así que cada vez que el asesinara a alguien, yo sería cómplice. O incluso la asesina. Estaba vivo gracias a mí. Y por ello, muchas personas dejarían de estarlo. Mi mente estaba hecha un lío. Había una guerra en mi interior. Una parte de mí, me aseguraba que había hecho lo correcto al salvar la vida de Zade. La otra, me recriminaba por haber sido tan estúpida de meter mis narices donde nadie me llamaba. El curso de mis pensamientos se vio interrumpido cuando alguien tocó mi puerta de manera insistente. —¡Tengo pis, tengo pis! —se quejó Love, sin dejar de tocar la puerta. No entendía como es que siempre esperaba hasta el último momento, pero ya estaba acostumbrada a ello. —Adelante —contesté, mientras aclaraba la espuma del shampoo de mi cabello. La escuché abrir la puerta y levantar la tapa del retrete y luego, el sonido de alivio al descargar su vejiga, para finalizar con un ligero tarareo por lo bajo mientras lavaba sus manos, feliz de haber hecho sus necesidades. —Buenos días —me saludó al fin, cuando yo cerré el grifo y estiré mi mano para tomar mi albornoz del gancho que lo sostenía. —Buenos días —respondí en un gruñido. Ahora que el agua no estaba cayendo sobre mi cabeza, el dolor palpitante en mis sienes se hizo presente de nuevo y solo podía culpar a Love por ello. Todos mis males se debían a su estúpida prohibición de café en casa debido a que leyó un artículo sobre como la adicción a la cafeína era casi igual de mala que la adicción al alcohol. Y ahora, Adrian y yo nos encontrábamos sufriendo el peor síndrome de abstinencia de la historia. —¿Sigues enojada conmigo? —preguntó, como sí fuera algo inconcebible. Le di una mirada que bien podría interpretarse como un "vete a la mierda" y saqué el bote de aspirinas del gabinete de medicamentos. Tomé dos y las llevé a mi boca, bajándolas por mi garganta con un poco de agua del grifo. Eso tendría que ayudarme a pasar el resto del día sin que mi cabeza estallara y bañara a mis clientes con la materia gris de mi cerebro. Guardé el bote de regreso en su lugar y recogí mis cosas, dejando el baño disponible para que Love iniciara con su rutina mañanera. Dejé el baño sin decir una palabra más y caminé por el pasillo, sin importarme que mi cabello hiciera un desastre, dejando pequeños charcos de agua a medida que avanzaba. Era el día de Love para arreglar el apartamento, así que eso contaba como un castigo por restringirme de mi delicioso cappuccino mañanero. Me detuve frente a la puerta de Adrian y toqué suavemente la madera. Lo escuché maldecir al otro lado por lo que volví a tocar. Era experto en ignorar su alarma, así que era mi deber como mejor amiga, evitar que se perdiera sus clases de la mañana. —¡Estoy despierto, estoy despierto!— despotricó, tropezando por su habitación, seguramente caminando medio dormido. Lo dejé ocuparse de sus asuntos, mientras me encargaba de los míos en mi habitación. Cerré la puerta detrás de mí y dejé caer el albornoz al suelo, disfrutando de la sensación del aire un poco frío contra mi piel desnuda. La placentera sensación duró solo un poco, antes de sentir como empezaba a congelarme. Esa había sido una mala idea. Revisé el pronóstico del tiempo y maldije internamente al leer que durante los próximos días, las temperaturas serían muy bajas. Odiaba el frío. Traía malos recuerdos. Pasé los siguientes quince minutos secando mi cabello con la secadora, luego de vestirme con la ropa apropiada para el clima: un par de vaqueros azul pálido, mi jersey de lana gris y mis botas negras calentitas. Terminé de peinar mi cabello, el cual había crecido lo suficiente para caer hasta mis omóplatos. Era lo más largo que había estado en casi tres años y tal vez iba siendo hora de obtener un corte de cabello. Mientras pensaba sobre ello, tomé un poco de acondicionador e hice ondas con mis dedos, demasiado perezosa para usar el rizador. Tapé mis ojeras con un poco de corrector, mascara de pestañas y polvo base. Un poco de colorete para mis mejillas y manteca de cacao para mis labios y estaba lista para enfrentar el día. Bueno, todo lo lista que podía estar sin nada de cafeína en mi sistema. Guardé mis libros en mi mochila y revisé las noticias, eligiendo un tema para mi siguiente vídeo y lo anoté en el tablero fuera del panel que separa mi habitación de mi estudio improvisado de grabación. Tenía un canal de youtube que había iniciado como una tarea durante mi primer año, pero que me había entusiasmado lo suficiente para continuarlo incluso cuando ya había aprobado la materia. Tres años después, había amasado cerca de cincuenta mil espectadores interesados en políticas y temas de actualidad, explicados de manera coloquial para que cualquier persona pudiera entenderlo. Adrian se quejaba de como no aprovechaba el tamaño creciente de mi canal para obtener ingresos extras, pero él simplemente no entendía que eso era algo que me apasionaba, y no una cuenta bancaria. Sacudí mi mente de esos pensamientos y subrayé en la pizarra las palabras Bratva y Dubrovsky. Al parecer habían interceptado un cargamento con chicas usadas como esclavas sexuales en el océano pacífico. Y pertenecían a esa organización, por lo que era el tema central en las noticias del día. Dejando mi habitación, caminé a paso rápido hasta la cocina, revisando el reloj para calcular con cuanto tiempo contaba y que podría obtener para desayunar en ese lapso de tiempo. Por suerte, cuando entré a la cocina, Adrian ya se encontraba allí y terminaba de untar un poco de mermelada en unas tostadas recién hechas. Puso estás en un plato junto con un montón de huevos revueltos y deslizó los alimentos en mi dirección, para luego servir un vaso de jugo de naranja y dejarlo junto a mi plato. —¡Gracias, bebé! —le soplé un beso y ataqué mi desayuno, como sí no hubiera comido en semanas. Se dio la vuelta para sacar otro par de tostadas de la tostadora y noté que solo llevaba puesto sus calzoncillos de lunares. Aquellos que usaba cuando vagaba todo el día en el apartamento. —¿No planeas ir a clases hoy? —pregunté luego de beber un poco de jugo para bajar las tostadas. —El seminario fue aplazado para después de las tres de la tarde —respondió sirviendo otra porción de huevos en un nuevo plato y repitiendo el mismo proceso con las tostadas para Love, excepto que en lugar de mermelada, esparció en estas un poco de mantequilla. —Oh... Tenía la esperanza de pedirte un aventón hasta la universidad —murmuré un poco decepcionada. —Puedo llevarte, sí quieres. Dame diez minutos para vestirme y nos iremos —ofreció y por un momento estuve tentada a aceptar. Pero finalmente decliné la propuesta negando con mi cabeza. No quería que pensara que me aprovechaba de él. —¿Cómo va tu tesis? —cambié de tema, antes de que insistiera de nuevo con llevarme. —Por buen camino. Probablemente a finales de septiembre presente mi anteproyecto. Y sí todo sale bien, empezaré a trabajar con mi tutor en octubre —irradiaba entusiasmo y no era para menos. Estaba a escasos meses de ser el primer m*****o en su familia en graduarse de la universidad. Y sabía cuanto esfuerzo y dedicación le había costado llegar hasta donde estaba. —¡Vas a graduarte primero que yo, no es justo! —me quejé en broma al terminar mi plato. Me levanté del taburete y me encargué de los trastes sucios, para dejar que Adrian se sentara a disfrutar de su desayuno. —Ya te dije que usaras alguno de los artículos que escribiste para tu blog y profundizaras en el para hacer tu tesis —afirmó, ocupando el lugar en el que antes había estado y empezó a comer tranquilamente su desayuno. —Eso sería como hacer trampa —lo reprendí, dándole una mirada severa. —¿Cómo sería hacer trampa sí fuiste tú quién escribió cada una de las palabras? —arqueó una ceja, luciendo victorioso por su planteamiento. —Se siente como trampa para mí —me defendí, secando mis manos con una servilleta luego de guardar los platos limpios en su lugar. Antes de que Adrian pudiera contraatacar, Love entró como una tromba a la cocina, con la parte inferior de su cuerpo cubierta con una toalla, mientras que su torso vestía una sencilla camiseta rosa. La mitad de su cabello estaba perfectamente alisada, a diferencia de la otra, que aún conservaba sus ondas naturales. Al parecer estaba retrasada, porqué engulló sus tostadas en menos de dos minutos. —Buenos días a ti también, dulzura —saludó Adrian, cuando Love no pronunció palabra alguna. —Buenos días, Adri —le dio una mirada de disculpa antes de beber la mitad de su jugo—. Lo siento por entrar así, es que olvidé que Declan vendría a recogerme para llevarme a la universidad. —Oh, eso es perfecto —aplaudí, encontrando mi alternativa de viaje— ¿Me puedes llevar contigo? —Claro que si —asintió y dejó sus platos sucios en el lavaplatos, antes de correr de regreso a su habitación. Puse los ojos en blanco y me encargué de limpiar su desorden, sólo porque me llevaría a clases y evitaría que tuviera que viajar en el autobús. —Creo que Declan va a durar un poco más que los anteriores —habló Adrian cuando ya Love no podía escucharlo. —Tengo la misma corazonada —asentí en respuesta. Todo lo que pedíamos, era que nuestra chica no obtuviera un corazón roto. No era algo muy descabellado. *** —¿Señorita Cadwell? —sentí como sacudían mi hombro y me levanté de un salto por la impresión. Mi brusco movimiento hizo que el profesor Rochester diera un paso hacia atrás y tuve que llevar una mano a mi pecho para asegurarme de que mi corazón aún seguía allí y no había escapado debido al susto. —Lo siento —me disculpé cuando logré recuperar la compostura. —¿Se encuentra bien? La clase terminó hace diez minutos y si no es porqué hago una ronda antes de salir, se habría quedado encerrada aquí hasta la siguiente jornada —explicó el docente, ajustando sus gafas de carey en el puente de su nariz. Sentí como un sonrojo subía por mis mejillas, al darme cuenta que me había quedado dormida a lo largo de la clase. —De verdad lo siento —volví a disculparme, mientras recogía mis cosas de regreso a mi mochila y revisaba la hora en mi móvil. Mierda, estaba muy retrasada para llegar al trabajo. —No se preocupe. También fui un estudiante y sé cuan agotado se está durante la época de exámenes —caminó a mi lado, acompañándome hasta la salida del aula, casi como sí temiera que volvería a quedarme dormida en el pequeño tramo de espacio. —Prometo que será la última vez —me despedí de él, ajustando la correa de mi mochila en mis hombros. —Asegúrese de no conducir sí se encuentra así de agotada —fue lo último que dijo antes de dar media vuelta e internarse de nuevo en el salón. Tomando una profunda respiración, caminé apresuradamente a través de los pasillos de la universidad mientras marcaba el número de Seth. Por suerte, la cafetería quedaba a unas pocas calles del campus, por lo que no me tomaría mucho tiempo el llegar allí. Seth respondió al tercer timbre. —¿Dónde demonios estás? —sonaba agitado. Probablemente la cafetería se encontraba llena y estaba al tope. —Estoy de camino —empecé a correr, sin importar que las personas me miraran como sí hubiera perdido la cabeza. Prefería eso, perder mi trabajo. —Estoy enloqueciendo. Al parecer el starbucks del campus está cerrado así que todo el mundo está aquí, pidiendo cafeína desesperadamente —lo escuché dirigirse a algún cliente y me detuve de golpe cuando la luz del peatón cambió a rojo—. Son como zombies, joder. —Estaré allí en cinco minutos. Aguanta, Seth —dramaticé con él, moviendo mi pie de manera impaciente mientras esperaba a que la luz cambiara. Cuando lo hizo, empecé a andar, esta vez a paso rápido, puesto que no quería exponerme a un ataque de asma en medio de la calle. Justo cuando doblaba la esquina y veía como una cantidad considerable de personas se amontonaban fuera de Patsy's, me detuve un momento al tener una extraña sensación en la boca del estómago, a la par que sentí una corriente eléctrica en mi nuca y ese instinto primitivo que todos poseemos me dijo que alguien estaba mirándome. Miré a mi alrededor, en busca de la persona que me estaba observando, pero no encontré a nadie. Así que enderecé mis hombros y me abrí paso a través de la maraña de personas que esperaban por un café y Seth al verme dejó salir un suspiro aliviado. Dejando mis cosas bajo en mostrador, tomé el delantal que contaba como uniforme con el nombre de la cafetería impreso en letras cursivas a la altura del pecho y me dispuse a una larga tarde de servir aquel liquido delicioso que tenía prohibido beber. Toda una tortura. *** Las cosas se calmaron un poco a eso de las cuatro de la tarde, por lo que Seth decidió que podíamos hacer una pausa para comer nuestro tardío almuerzo. Siendo él el sobrino de la dueña había terminado siendo el encargado del local desde que Patsy tuvo su bebé y se encontraba de licencia por un par de meses más. Mientras esperaba a que volviera con los recipientes de nuestra comida, giré el letrero de abierto a cerrado y me dejé caer pesadamente en una de las mesas vacías del local. Seth apareció dos minutos después, trayendo dos platos en sus manos con algo que olía exquisito. —¡Lasagna! —di un pequeño grito emocionado cuando dejó los platos en la mesa. —Patsy la trajo más temprano. Dijo que contaba como nuestra porción de su pastel de cumpleaños —tomó asiento frente a mí y ambos empezamos a comer en un cómodo silencio, ocasionalmente interrumpido con alguna afirmación sobre lo deliciosa que se encontraba la lasagna. —Olvidé preguntarte, ¿qué tal estuvo tu cita? —hablé cuando ya ambos habíamos terminado de comer y ahora simplemente esperábamos un par de minutos antes de volver al trabajo. —Bastante bien. Logré obtener un pase para una segunda cita —ladeó una sonrisa encantadora—. Ella es muy especial. Pero incluso sus rarezas son lindas. —Aw, alguien se está enamorando —hice una bolita con la servilleta de papel y se la lancé para molestarlo. —No, no. Amor es una palabra muy grande para ser usada tan pronto —se levantó de la silla y recogió nuestros platos vacíos, para llevarlos a la cocina—. Pero si me gusta. Me gusta mucho. —No tardarás en caer en las garras del amor —imité el gesto de una garra con mi mano y la moví en su dirección—. Brrr... —Ya, leona. Abre el chiringuito antes de que perdamos clientes —dicho esto, se dio la vuelta y desapareció en la cocina, dejándome a mí con la obligación de abrir la puerta de nuevo. Las siguientes dos horas fueron lentas, ocasionalmente interrumpidas por pequeños grupos de rezagados en busca del elixir de la vida. Justo sobre la hora de cerrar, la campanilla que anuncia la llegada de un nuevo cliente sonó, mientras yo me encontraba contando mis propinas. Estaba ahorrando para comprarme un auto y así dejaría de vivir de la caridad de mis amigos. Sabía que sí le decía a Dorothy sobre ello, se encargaría de comprarme uno, pero quería conseguirlo por mi cuenta. Con mi trabajo. El cliente se aclaró la garganta para atraer mi atención y dejé mis propinas de regreso en el tarro, antes de levantar mi mirada. El aire escapó de mis pulmones al descubrir de quién se trataba. Zade estaba frente a mí, con una expresión completamente plana en su rostro. Di un paso hacia atrás y él arqueó una ceja de manera desafiante. —Un café n***o. Sin azúcar —ordenó como sí de un cliente normal se tratara. Los golpes de su rostro empezaban a desvanecerse y el corte en su ceja había sido cerrado con un par de suturas, sin embargo se veía igual de amenazador como hacía cinco años. O dos días atrás. De hecho, Zade irradiaba peligro y cada uno de sus poros gritaba "aléjate". —¿Qué haces aquí? —pregunté cuando finalmente mis cuerdas vocales encontraron el valor suficiente para pronunciar esas palabras. Ese hombre me asustaba como la mierda. —Un café n***o —repitió tajante. Fingiendo no conocerme en absoluto. Bien, dos podían jugar este juego. Me di la vuelta, sintiendo en todo momento su mirada en mí, mientras tomaba un vaso de polietileno y lo llenaba con el café n***o. Mi mano temblaba ligeramente cuando le puse la tapa protectora a la taza. Y siguió temblando cuando me giré para dejar la taza sobre el mostrador. Los ojos de Zade nunca se apartaron de mí. Aclaré mi garganta y escribí la venta en la caja registradora, esperando a qué generara la factura. —Son siete libras —le entregué su recibo junto al café, deseando que se marchara de una buena vez. Me entregó un billete de diez e hice la transacción, entregándole su cambio. Esperé que se marchara de inmediato, pero no lo hizo. En lugar de eso, deslizó un billete de veinte libras en el frasco de mis propinas y tomó su taza de café antes de darme una mirada que no terminaba de entender. Era casi como sí tratara de decirme algo. Un incómodo minuto después, se dio media vuelta y salió de la cafetería como sí nada y observé a través de los enormes ventanales como se deshacía de su taza de café sin tocar, lanzándola a la cubeta de la basura. Guardó sus manos dentro de su abrigo y me lanzó una última mirada por encima de su hombro, atrapándome observándole como una acosadora y finalmente desapareció de mi vista, alejándose de la cafetería. Respiré con tranquilidad por primera vez desde que entró al local y mis dedos picaban por descubrir de que se trataba todo el asunto con su extraña mirada y el billete de veinte libras que había dejado como propina. Digo, veinte libras por un simple café era algo bastante sorprendente para comenzar. Mas fue cuando desdoblé el billete que descubrí que era lo que había tratado de decirme con su mirada. En una prolija caligrafía estaba escrito un corto y conciso mensaje: Si te sientes en peligro, úsalo. Y luego, una serie de números que conformaban lo que suponía, era su teléfono estaba garabateado debajo de la frase. Apreté el billete con fuerza en mi mano. No entendía nada. Pero de algo estaba muy segura, no iba a usar ese número de teléfono por nada del mundo. Como sí fuera posible que le confiara mi seguridad a un asesino. ¿Acaso estaba demente?
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