Capítulo Tres.
Mis dedos se aferraron con fuerza al bote de spray pimienta en el bolsillo de mi abrigo y agudicé mi oído, en busca de donde había venido el sonido de dolor.
En lugar de eso, escuché el sonido de un golpe. A mi izquierda.
En un callejón.
«Sigue tu camino, Lyra», me aconsejó mi yo racional. «Lo que sea que esté pasando, no es asunto tuyo».
Sin embargo, mi yo de dieciséis años, me acusó de ser una cobarde.
De nuevo.
No podía permitir que volvieran a hacerle daño a alguien sí podía evitarlo.
Así que, me armé de valor, y corrí hasta el callejón precariamente iluminado por la luz de la farola.
Dos sombras peleaban en la penumbra y solo se escuchaban los quejidos de dolor de la persona a la que golpeaban y el sonido de la carne y el puño chocando.
Cuando mi visión se acostumbró a la poca luz, descubrí que se trataba de dos hombres.
Uno de ellos bien podría pasar por Hulk, debido al tamaño desmesurado de su cuerpo. Y el otro, era más alto y esbelto. Y estaba recibiendo una paliza monumental por parte del gigante. Sin embargo, lograba devolverle un par de golpes a la mole de músculos.
Empecé a alejarme del callejón cuando noté que el chico esbelto se recuperaba y empezaba a golpear de vuelta al más grande.
Pero cuando este sacó un cuchillo, decidí que era momento de intervenir.
Estaba bastante segura que no planeaba usar ese cuchillo para herirlo. Por la manera en la que luchaban, era más que evidente que el combate solo terminaría cuando uno de los dos estuviera muerto.
Corrí hasta donde ambos se encontraban y toqué el hombro de Hulk, haciendo que este girara para descubrir quien lo había llamado. No dudé ni dos segundos en accionar el spray de pimienta en sus ojos.
Dejó salir un gruñido de dolor y cubrió sus ojos con ambas manos, restregando sus dedos contra estos. No sabía que esa acción solo empeoraría el ardor.
Solo para estar segura y comprarnos un par de segundos más, golpeé su entrepierna con mi rodilla, de la manera en la que mi instructor de defensa personal me había enseñado.
El gigante se dobló sobre su estómago y aproveché la oportunidad para tenderle la mano al chico más alto.
—Vamos, tenemos que correr —lo urgí y sentí como sus delgados y fuertes dedos se envolvieron en mi mano.
Tiré de él fuera del callejón y empezamos a correr sin mirar atrás.
Sí el chico a mi lado sentía dolor por los golpes recibidos, no podría decirlo, puesto que su expresión estaba en blanco, mientras corría a mi lado. Ni siquiera se veía asustado. Tal vez era bueno fingiendo.
O tal vez la adrenalina en su sistema enmascaraba el dolor.
Cualquiera que fuera la razón, él se mantenía corriendo a un buen ritmo.
No podía decir lo mismo de mí.
Tal vez fueran las horas de baile o el alcohol en mi sistema, pero sentía como mis piernas se resentían con cada paso que daba.
No estaba segura de poder seguirle el ritmo al desconocido, pero por suerte no tuve que pensar mucho sobre ello, porqué finalmente llegamos a la avenida y milagrosamente conseguimos un taxi de inmediato.
Mi respiración salía a borbotones, cuando nos deslizamos en el asiento trasero del vehículo.
—¡Al hospital más cercano, por favor! —le pedí al taxista.
—Hospitales no —gruñó el hombre a mi lado, abrazando su estómago, casi como sí se estuviera sosteniendo a sí mismo.
Su voz me resultaba familiar.
—Deben curarte los golpes —traté de razonar con él, pero simplemente negó—. Está bien. Yo curaré tus heridas.
Suspiré derrotada y terminé por darle la dirección de mi apartamento al taxista.
Por lo menos allí contaba con un botiquín de primeros auxilios.
Mi pierna empezó a saltar de manera nerviosa cuando el taxi empezó a conducir a través de las calles y estaba segura de que el taxista y el hombre herido a mi lado, podían escuchar claramente como mi corazón golpeaba rápidamente contra mi pecho.
Por suerte, ninguno de los dos dijo nada y el corto viaje hasta mi edificio transcurrió en un incómodo silencio.
El hombre a mi lado solo miraba por la ventana, aún abrazando su costado y levantando su mano libre ocasionalmente para limpiar la sangre que escurría de las heridas de su rostro.
De las cuales aún no había tenido un vistazo. Le tendí el pañuelo de Adrian y él lo tomó, dándome un asentimiento de agradecimiento a modo de respuesta.
Evité mirarlo directamente, por temor a incomodarle con mi escrutinio y en lugar de eso, me dediqué a robarle pequeñas miradas de soslayo.
Su mano apretaba su costado y su ceño se fruncía levemente debido a la molestia que seguramente sentía. Suponía que sus costillas estaban magulladas por los golpes de Hulk, sin embargo no se quejaba ni daba señal alguna de sentirse adolorido, más allá de su entrecejo fruncido.
Lo que me hizo pensar que durante la pelea que tuvo con el hombre, tampoco hizo ningún ruido mientras era golpeado. Los quejidos eran todos de su contrincante.
Finalmente el taxi se detuvo fuera de mi edificio y luego de pagar la tarifa de la carrera, bajamos del auto, aún sin mencionar palabra alguna.
Fue él, el primero en romper el pesado silencio.
—¿Me trajiste a tu casa? ¿Acaso eres estúpida? —detecté un pesado acento extranjero en sus palabras, pero no tuve tiempo de pensar sobre ello, porque su ofensa caló en mí de inmediato.
—¿Acabo de salvar tu vida y me llamas estúpida? Eres un desagradecido — mascullé, guardando mis manos dentro de los bolsillos de mi abrigo.
El frío viento de la noche amenazaba con congelar mis dedos hasta hacer que se cayeran como delgados palitos de hielo.
—¿Quién dijo que necesitaba ayuda? —cuestionó en tono altivo.
Eso fue todo.
Que se quedara afuera, en el frío y muriera de una infección por no tratar sus heridas con antiséptico.
Pero no iba a permitirle que me tratara de esa forma.
—Bien, déjame llamar a un taxi para que te lleve de regreso al callejón, ¡donde Hulk iba a sacar la vida fuera de ti a cuchilladas! —estallé, haciendo que el desconocido se tambaleara un poco hacia atrás, lo que hizo que su rostro fuera iluminado por las luces del edificio.
Cubrí mi boca, evitando que un grito de impresión escapara de mis labios al descubrir de quién se trataba.
Era el chico de ojos grises.
El hombre de mis pesadillas.
Mi instinto me dijo que corriera.
Y eso hice...
O por lo menos lo intenté.
Su fuerte brazo se envolvió alrededor de mi cintura y me atrajo a su cuerpo, evitando que pudiera avanzar más de dos pasos.
Forcejeé para soltarme de su abrazo, pero su fuerza era desmesurada, en comparación con la mía.
Sentí su pesada respiración en mi oído y un estremecimiento de temor recorrió mi cuerpo.
—Nos volvemos a ver, Luna —murmuró directamente en mi oído, apretando su agarre en mi cintura.
Estaba paralizada debido al miedo invadiendo mi sistema.
Me había reconocido. Sabía quien era yo. Iba a morir.
—No le dije a nadie lo que vi... Lo juro —balbuceé, temiendo que pensara que lo había delatado.
—Lo sé —las palabras se enredaban en su lengua, dejando en evidencia que el inglés no era su idioma nativo—. Ya estarías muerta sí hubieras abierto la boca.
Tragué saliva, sintiendo de repente mi garganta seca y en un intento desesperado por poner distancia entre nosotros, recordé sobre un movimiento que Adrian me había enseñado para situaciones en las que me encontrara de espaldas a mi agresor.
Dejé caer mi cabeza hacía adelante y con un rápido movimiento, traté de golpear su nariz con la parte trasera de la misma. Sin embargo, él esquivó el golpe con facilidad. Incluso casi como sí lo esperara.
—¡Déjame ir! —grité, sintiéndome frustrada.
—No —respondió, pero su agarre se aflojó un poco—. Dijiste que curarías mis heridas. Ahora debes cumplirlo. ¿Acaso tu palabra no vale?
Me estaba retando.
Mas antes de que pudiera responderle a su desafío, las luces de un auto nos iluminaron, haciendo que ambos giráramos para ver de que se trataba y casi me desmayo por el alivio de ver a Adrian bajarse de un taxi junto con Love.
—Mis amigos están aquí. Y sí no me sueltas en dos segundos, llamarán a la policía y no quieres eso, ¿verdad? —arqueé una ceja, sintiéndome victoriosa.
Pero la sensación duró poco, porqué sentí como algo duro se presionó contra mi costado.
—Miente conmigo —amenazó, presionando más el objeto extraño contra mí—. O tus entrañas adornarán el pavimento en dos segundos. Al igual que las de tus amigos.
Había un filo peligroso en su voz que me dijo que no estaba jugando.
Y sí a eso le sumábamos el hecho de que lo había visto asesinar a dos personas, no me quedaba duda de la seriedad de sus palabras.
Por lo que asentí en acuerdo y de repente, su brazo ya no estaba en mi cintura.
—¿Lyra? —me llamó Adrian.
Me tomé un par de segundos para recomponerme, antes de sonreír y enfrentar a mis amigos.
—¿Qué pasó? —preguntó Love, su mirada viajando nerviosamente del desconocido a mí.
—Eh...
—Iba a ser asaltada. Por suerte logré intervenir y no pasó nada —mintió rápidamente el hombre a mi lado, con tal seguridad, que por un momento le creí.
—Oh Dios mío, ¿estás bien? —Love se precipitó hacia mí, tomando mis mejillas en sus manos, buscando cualquier señal de que me encontraba herida.
Era incapaz de mirarle a los ojos y mentirle.
—¿Dónde ocurrió? Dijiste que llamarías un taxi —fue el turno de Adrian de intervenir, el cual no dejaba de mirar con sospecha al desconocido de ojos grises.
—Mi batería estaba muerta. Así que decidí caminar hasta la avenida y conseguir un taxi allí —«por lo menos esa parte es cierta», pensé —. Pero antes de llegar, un enorme hombre me asaltó. Pidiéndome el dinero y cosas de valor que llevara encima... Fue allí cuando...
—Zade —completó el desconocido, quién ahora tenía un nombre. Aunque no sabía sí se trataba de su nombre verdadero.
¿Acaso lucía como un Zade?
Alejé esos pensamientos de mi mente y me concentré en seguir el hilo de la conversación, antes de que alguno de ellos descubriera que estaba mintiendo.
—Cuando Zade apareció para evitar que las cosas se salieran de control —finalicé, sorprendida por la facilidad con la que las mentiras se deslizaron de mis labios.
Los siguientes cinco minutos fueron frenéticos. Love y Adrian cuestionaron hasta el más mínimo detalle de mi "asalto" y cuando casi tropezaba con mis mentiras, Zade lograba arreglarlo antes de que mis amigos lo notaran.
En un momento dado, Zade tomó mi brazo y me alejó de mis amigos, para despedirse de mí a solas.
—Recuerda mis palabras, Luna. Sí alguien se entera, no habrá lugar en la tierra donde no pueda encontrarte —murmuró para que mis amigos no alcanzaran a escuchar su amenaza.
—Creéme, lo tengo bastante claro —respondí en el mismo tono de voz.
Las comisuras de sus labios se movieron, solo un poco. Casi como si una sonrisa amenazara con dibujarse en su rostro, pero él hubiera logrado reprimir el impulso antes de que eso hubiera ocurrido.
—Nos volveremos a ver, Luna —se acercó a mí, haciendo que retrocediera un paso, el cual volvió a dar, por lo que cerró completamente la distancia entre nosotros antes de dejar un suave beso en mi frente.
Me tensé de inmediato.
—No, no lo haremos —me alejé de su toque, pero él simplemente negó como sí supiera algo que yo no.
—Por supuesto que lo haremos. Ahora te debo —y eso fue todo lo que dijo, antes de volver a desaparecer de mi vida.
Esperaba que esta vez, lo hiciera para siempre.
Sin embargo, no tenía tanta suerte.