Mis postres cada vez eran mejores, ya tenía un cuaderno lleno de deliciosas recetas de mi propia autoría y otras tantas de clásicos que había mejorado con toques personales que a mi parecer y de los que los probaban les daban un toque exclusivo y exquisito, me hacían sentir orgullosa. Pero había otra área de mi vida que se estaba complicando cada día más, la soledad a la que Roger me había desterrado crecía a diario llegando el momento en que ya no había receta, ni mezcla de galletas que me llenara, era como una especie de vacío que se estaba acostumbrando a colmarse de visiones fantasiosas alimentadas por historias escritas para lectores apasionados, por fantasías alimentadas por la escasa información que había logrado comprender de lo que me contaban Katy y Lilian que aunque para mi irre

