Los siguientes días, las cosas entre Santiago y yo permanecen tan tensas que solo hablamos lo esencial, a tal extremo que nuestra conversación se resume a unos cuantos monosílabos. Tomo mi bolso y bajo como cada mañana para tomar mi desayuno, cuando llego al comedor Elisa me recibe con una cálida sonrisa antes de dejar mi café, un par de huevos, unas tostadas y mi mermelada que no puede faltar. —¿Y Santiago? —Salió muy temprano, señora. ¿Gusta dejarle un mensaje? —No es necesario, ya hablaré más tarde con él. —Respecto a la cena de esta noche, le recuerdo que estará lista a las ocho de la noche, para que salga temprano de trabajar. —No te preocupes Elisa, hoy llegaré a casa a las tres de la tarde —miento con naturalidad al tiempo que me arrepiento por haber olvidado que como cada año

