ESA SEMANA TRANSCURRIÓ ahí en Buenos Aires, con las ilusiones encendiendo mi alma, pero como de ilusiones no se vive, seguía siendo igual de amarga, sólo que un poco más “emocionada”. Esperaba ansiosa el día jueves para “largarme” como decimos coloquialmente aquí en Argentina, para huir por un momento de aquella situación estresante, gris, y fea. Además, que Mendoza representaba para mí en aquel momento, esa ilusión que cambiaría el transcurso de esa vida precaria que había estado teniendo hasta entonces. Hice mis maletas, y las tuve retenidas en mi habitación mientras se acercaba el día jueves. Los días pasaban recordando a Tobías, fusilando en silencio a Sebastián, preocupándome ridículamente por las materias de la Universidad, y fumando empedernidamente todos los días. Sentía que aquell

