Maxiliano Camino de un lado a otro, observando la chimenea ardiente de mi habitación. Mientras sopeso las ideas de cómo convencer a Bella de que sea mi esposa…que sea mía, y solo mía. Alfred, deja la bandeja de mis medicinas en la pequeña mesa, para mirarme con curiosidad. ─Señor…aquí le he traído la reserva, esperando que pueda conciliar el sueño esta noche ─anuncia y resoplo, encarándole─. ¿Le ocurre algo, señor? Lo noto pensativo, y espero no le haya enojado lo del pastel ─agrega, detengo mis pasos y mi cejo se aprieta. «Eso ha sido un hermoso regalo» pienso, tragando con dificultad, cuando se cruzan los labios de Bella en mis pensamientos…«esos pecaminosos labios» ─¿Por qué crees que ella no quiere casarse conmigo? Tengo dinero, puedo darle todo lo que quiera ─pregunto sin tapu

