NAILEA
Un golpe en la puerta me sacó de mi transe.
—Pasa —dije sin despegar los ojos de los documentos.
—No te das un respiro, ¿verdad? —La voz de Kath me hizo alzar la mirada.
—Hola —le sonreí sin ganas.
—Levanta ese trasero, vamos a almorzar.
Fruncí el ceño y miré el reloj. ¿Cómo rayos ya era la hora de comer?
—¿En serio? —solté, incrédula.
—En serio —afirmó con los brazos cruzados.
Solté un suspiro, recogiendo el desastre de papeles sobre mi escritorio.
—Maldita sea, otra vez se me fue el tiempo.
—¿Y Renata? —pregunté, colgándome el bolso al hombro.
—Ya se fue con Inma.
—Bien, vámonos.
Cruzamos la calle hasta nuestro restaurante de siempre, ese donde hemos chismeado, reído y hasta llorado más de una vez. Al entrar, Renata e Inma ya estaban acomodadas en nuestra mesa favorita.
—Ya pedimos por ustedes —anunció Renata.
—Mamá —dijo Inma desde su regazo.
—Hola, mi amor —sonreí, extendiendo los brazos para cargarla. La llené de besos hasta que su risa explotó en carcajadas.
—Mamá —repitió, mirándome con esos ojitos que me derriten.
—He oído que el señor Holt no ha ido a trabajar desde el lunes por andar con esa modelo —soltó Renata, con tono de conspiración.
—Nah, no está saliendo con nadie —intervino Kath—. Además, el tipo tiene otras empresas que manejar.
—O tal vez anda resolviendo problemas familiares —dije. —¿Por qué estoy cayendo en su juego? Ustedes son mala influencia.
—No es chisme —se defendió Kath, levantando una ceja.
—¿Entonces qué es?
—Información valiosa —dijo Renata con una sonrisa.
Rodé los ojos justo cuando llegó la comida.
—Qué aburrida eres —se quejó Renata—. No dejas que uno disfrute el chism… perdón, la información valiosa.
—Así es Nailea, la mata diversión —se burló Kath.
—Lo que necesitas es un hombre en tu vida —soltó Renata de la nada.
Y pum. Como si lo hubiera llamado, Charles apareció en mi cabeza y, antes de poder evitarlo, sonreí.
—Alguien se sonrojó…
—Ni al caso —negué, pero mi sonrisa ya me había delatado.
—Eso dicen las culpables —dijo Renata, arqueando una ceja.
Bufé, sabiendo que no me iban a soltar hasta que soltara la sopa.
—Bueno… lo conocí la noche que nos quedamos a dormir en tu casa —admití.
—¡No me digas! —Renata abrió los ojos como platos—. ¿Es el mismo tipo bueno que te dejó en casa?
—El único —confirmé.
—¿Y se han estado viendo? —preguntó Kath.
—Bueno… sí. O sea, no… más o menos… —dije, sintiéndome cada vez más tonta.
—¡Aclárate, mujer! —exigió Renata.
—Salimos un par de veces.
—¿Y nos lo dices hasta ahora?
—No creí que fuera a pasar de que viniera al depa…
—¡Espera, qué! ¿Fue a tu casa? —Kath casi escupe su bebida.
—Mmm, suena a que no solo fue a su casa —añadió Renata con tono pícaro.
Puse los ojos en blanco.
—Nada de lo que están pensando. Solo vino después de aquella noche, luego un par de veces más y salimos a cenar el viernes.
—¡El viernes! ¿Y nos lo cuentas ahorita? —exclamó Kath.
—¿Y luego qué? —preguntó Renata, viendo que me callaba.
—Nada. No he sabido nada de él desde entonces. Parece que no pudo con el paquete —admití con una mueca—. Pero… fue tan lindo con Inma. Eso fue lo único que me hizo dudar.
Las chicas se miraron entre ellas con expresiones de “ajá, claro”.
—Te refieres a que hubo química —señaló Renata.
—Vaya, te pegó duro —añadió Kath.
—Un poquito —acepté, dándome por vencida.
—Aja… —Renata tarareó, haciéndome rodar los ojos.
—Bueno, tal vez más que un poquito —confesé.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó Renata.
—Nada. Esto siempre pasa. Salgo con un tipo, el tipo se larga cuando se entera de lo de Inma. Pero lo raro es que él ya lo sabía desde antes de salir conmigo… con nosotras —me corregí.
Miré a Inma, acariciando su manita.
—No necesito un hombre. Tengo a mi niña.
*
Estaba tan concentrada en los papeles que tenía enfrente que ni noté que alguien había entrado a la oficina.
—¿Nailea?
Levanté la vista y vi a Magdalena parada frente a mi escritorio con una caja en la mano.
—¿Para quién es eso? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Para ti.
—¿Para mí? —Mis cejas se alzaron.
—Sí. Acaba de llegar.
Magdalena la dejó sobre el escritorio y me quedé viéndola.
—Oh… gracias.
—¿Qué hay dentro? —preguntó Magdalena, claramente muriéndose de la curiosidad.
Le sonreí antes de tomar la caja y quitarle la tapa. Había una nota cuidadosamente doblada encima. La tomé con cuidado y leí:
Nailea,
Siento haber tardado tanto en escribirte desde la cena. No tengo excusa para eso, pero por favor, perdóname.
Me encantaría invitarte a salir el sábado por la noche para compensarlo. Te recogeré a las 7 p. m.
- Charles
Ponte esto.
Metí la mano en la caja y saqué un vestido.
—¡Oh, mierda! —exclamó Magdalena al ver la prenda.
Era impresionante.
¿Qué hacía con esto?
*
Salí de la oficina directa a la guardería, aún con la caja en las manos.
—Mamá está aquí —anunció Renata al verme salir del ascensor.
Inma chilló emocionada al verme.
—Hola, mi amor —la abracé fuerte. Kath miró la caja con ojos sospechosos.
—Eso está muy grande para ser algo de la oficina…
—Es de él —solté sin más.
Kath y Renata intercambiaron miradas.
—A ver, abre eso —dijo Kath, quitándome la caja sin permiso.
Renata agarró la nota y la leyó en voz alta. Luego sacaron el vestido y sus caras fueron todo un poema.
—Estoy oficialmente celosa —declaró Renata, mirando el vestido.
—¿Vas a ir? —preguntó Kath con interés.
—Obvio que va a ir —respondió Renata antes de que yo abriera la boca—. Tiene que ir.
—Ey, sigo aquí, ¿eh? —dije, agitando una mano—. Y sigo pensándolo.
—¿Qué hay que pensar? —Kath me miró como si estuviera loca.
Solté un suspiro.
—La nota y el vestido dejan claro que la invitación es solo para mí… no para Inma.
—Por favor —resopló Kath—, tú misma dijiste que le gustaba Inma. Probablemente ahora solo quiere tiempo a solas contigo.
Eso, en lugar de calmarme, me puso peor.
—No lo culpo —intervino Renata, encogiéndose de hombros—. También necesitas vivir un poco, Nailea.
—Nosotras nos encargamos de Inma —añadió Kath.
—De nada —agregó Renata con un guiño.
No pude evitar sonreír.
—¿Ya les dije cuánto las quiero?
—Solo como unas mil de veces —respondió Renata con los ojos en blanco.
—Mañana a las siete estamos en tu casa —sentenció Kath.
—Gracias, chicas.
—Agradécenos después de la cita —dijo Renata con una sonrisa pícara—. Ahora vámonos.
*
El timbre sonó justo cuando me terminaba de arreglar.
—¡Un momento! —grité mientras me apresuraba a abrir la puerta.
—Hola, Inma —dijeron ambas al unísono, saludando a mi hija.
Kath la tomó en brazos con naturalidad mientras entrábamos a la sala.
—Pensé que me iban a dejar colgada —bromeé.
—Ahora ve a ponerte guapa —ordenó Kath.
—Sí, señora —resoplé, dirigiéndome al cuarto.
*
Cuando salí, Kath se quedó en shock.
—¡QUÉ!
Renata entró con Inma dormida y se quedó igual.
—¡Santo cielo!
—Estás… increíble —dijo Kath, con los ojos bien abiertos.
—Gracias —dije.
—A ver si Charles no se desmaya cuando te vea —bromeó Renata.
Ambas se rieron, y yo también.
El timbre sonó de nuevo. Miré el reloj.
—¿Quieres que lo haga esperar un poco? —preguntó Kath con diversión.
—No —respondí—. Estoy lista.
Me acerqué a Inma y la besé en la frente.
—Buenas noches, mi amor.
—Diviértete, pero no demasiado —dijo Renata con una sonrisa cómplice.
—Hasta luego, chicas —dije mientras salía.
—O hasta mañana… —agregó Kath con picardía.
—¡Las oí! —grité desde el pasillo, escuchando sus risas detrás de mí.