En lo alto de una montaña, al borde de un precipicio, estaba él, sentado en la posición de flor de loto, ensimismado en el horizonte. —Pensé que sería un anciano calvo de barba blanca—, un comentario zafado de Luisa que no les causó en gracia a los guerreros, pues aquel hombre, que aunque su aspecto contrastaba con esa descripción, se trataba del gran maestro, que dándole la razón a Luisa, él se asemejaba más a un modelo de moda que a un líder de esta logia de guerreros. —Al fin llegan —habló con una potente voz, —los he estado esperando. —¿En serio, maestro? —Guio contestó con una pregunta boba. —No es en serio—, el gran maestro contestó, —simplemente estaba contemplando el amanecer y el atardecer al tiempo, que se me ocurrió que ya estamos embarcados en la misma situación de siempre.

