Pero lo que más me llamó la atención fue lo que no estaba ahí. Ninguna pantalla, ningún televisor, ni rastro de tecnología. —Podés acomodarte, y ducharte —dijo Delora. —Claro. Estoy medio chivado. Debo tener mal olor, ¿no? —comenté, riendo. —No me refería a eso. Solo quería que supieras que podés hacerlo. Estoy abajo. La miré de reojo mientras se iba. La verdad es que la chica daba escalofríos, pero tenía algo magnético. Esa languidez, mezclada con su belleza, le daba algo casi sobrenatural. Vi su cintura delgada, mientras salía de mi dormitorio. El vestido se ciñó nuevamente a su trasero, con el movimiento, y yo me encontré otra vez con la contundencia de esas nalgas. Pero ella no era solo un trasero bonito. Eso estaba claro. Sacudí la cabeza. Cuando me había enterado de que tenía qu
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