La paz del bosque perdido se sentía con solo estar allí y Daphne no era la excepción para comprobar dicho sentimiento. Le parecía curioso permanecer en un sector en el que nunca había estado y, más aún, en un lugar tan hermoso. No dejaba de pensar que si Anabelle ponía sus manos en el bosque destruiría todo a su paso.
–Es hermoso, ¿no te parece? –Daphne sintió el calor que acompañaba la presencia que se acercaba a ella.
–Lo es. –La princesa continuó mirando el paisaje–. No pensé que un lugar como este permaneciera dentro de Ashura.
–Tampoco lo imaginaba. –Damián le regaló una sonrisa–. Es bueno que Anabelle no haya llegado aquí.
–Ujum. –Daphne alzó una ceja mirando finalmente a Damián–. Aunque a decir verdad aún pienso que eres un espía de Ariana.
–¡Oh, vamos! –El príncipe sonrió–. ¿Cómo puedes creer que este rostro angelical podría traicionarte?
–No juegues conmigo, Damián. –Daphne negó con la cabeza–. Podrás ser todo, pero un ángel no eres. Con solo ver tu llama sobre la cabeza pareces proveniente del infierno.
El Firex no pudo evitar soltar una audible carcajada. A pesar de la aparente tensión Daphne y Damián no eliminaban la sonrisa de sus rostros, en medio de la guerra podían sentirse tranquilos y en paz dentro de este bosque.
–Bien, bien, soy un ardiente chico de fuego. –Bromeó sobre sí mismo-. Pero con toda honestidad, los chicos calientes también somos un buen partido, ¿o es que no conoces la manera de actuar de Jules?
–¿Jules? A decir verdad… nunca he tenido la oportunidad de siquiera ver su rostro. –La morena pareció extrañada frente a aquella peculiar mención en ese momento–. Pero, ¿qué tiene que ver el pequeño tritón en todo esto? Él no es exactamente “caliente”. La joven princesa se carcajeó.
–Eso es lo que tú crees, por supuesto.
***
Un castillo repleto de fuego en el que un montón de sirvientas corrían de acá para allá transportando y arreglando diferentes salas como si alguno de los dioses fuese a presentarse en el lugar. Damián salía de su habitación extrañado al darse cuenta del movimiento encontrado en su hogar. Como de costumbre solo vestía unos vaqueros y su torso iba completamente desnudo, dejando en evidencia su trabajado abdomen y el prominente pecho que solo podría conseguirse con una buena rutina de ejercicios. Sus brazos no se quedaban atrás: grandes, gruesos… estaba claro que la belleza del príncipe no se quedaba tan solo en su rostro.
Sin embargo aquella piel expuesta estaba decorada con líneas que dejaban en claro que Damián también era un soldado. Cicatrices que recorrían gran parte de su pálido color, dibujando diversos trazos abstractos. La mayoría no resultaban tan notorias, pero algunas otras podían notarse a kilómetros de distancia. Para el príncipe no era algo de lo que avergonzarse, ya que, a su opinión, se trataban de las marcas de sus victorias.
Nada de eso tenía la real atención del joven pelirrojo en aquel momento, a fin de cuentas era tan solo un chico de diecisiete años que caminaba a través de los pasillos de su hogar en busca de su madre. Aquello era extraño, ya que Dam era un chico independiente desde la primera vez que tomó una espada en sus manos. Muy poco dependía de las atenciones de Ariana, aunque no por eso la despreciaba o la miraba con desdén.
–¿Mamá? –La había conseguido en una de las habitaciones vacías, la más grande, a decir verdad. La mujer se encontraba dando algunos retoques al lugar… y un enorme pulpo de color azul con mirada perturbadora no pudo escapar de la atención del príncipe–. ¿Qué está pasando? –Inquirió con cuidado.
–Ah, Dam. –Tan amable como de costumbre cuando se trataba de su hijo–. ¿Has dormido bien? –Su hijo asintió y aquello bastó para que Ariana sonriera como si un gran logro llegara a su vida–. Tesoro, tendremos la visita de Jules y Marye, el Rey Tritón y la princesa de la misma r**a.
–¿Jules? –Damián había oído mucho sobre el joven monarca que regía en los mares de Ashura. Sabía perfectamente que eran aliados de su propia r**a, pero en sus diecisiete años nunca le había visto. Los tritones no abandonaban sus mares a no ser que algo grave les ocurriera a ellos y, a decir verdad, los Firex tampoco estaban muy interesados en ir a darse un chapuzón en el agua–. ¿El joven rey de los mares?
–Estás en lo correcto, tesoro. Llegarán por la noche y quiero asegurarme de que tengan una excelente estadía. –Ariana estaba emocionada. Resultaba completamente evidente que la reina aprovecharía aquella oportunidad para solidificar las alianzas que ambas razas tenían desde tiempos inmemoriales.
–¿Con qué objetivo vienen a nuestro palacio? –Damián alzó una ceja con suspicacia. No era común que algo como esto ocurriera y él lo sabía.
–Relaciones políticas, hijo mío. Tal parece que desde que el chico ascendió al trono no ha existido una interacción entre monarcas. –Ariana reflexionó por un momento. Jules tan solo tenía algunos meses en el trono desde que su padre abdicó y abandonó su nación sin dejar razones ni mucho menos explicaciones de su partida. Ni siquiera ella misma había tenido oportunidades para compartir con el nuevo rey de los tritones–. Solo debemos fortalecer los lazos y conocer al nuevo líder de esta alianza. A fin de cuentas lo único que necesitamos es tenerlos a ambos en la palma de nuestra mano para manipularlos como nos plazca. ¿Entiendes lo que digo?
Era más que evidente que Damián ni siquiera necesitaba responder a esa pregunta ya que su madre simplemente había explicado y vuelto a sus asuntos. El peluche de pulpo gigante seguía estorbándole. ¿Por qué le miraba con esa sonrisa pervertida? ¿Así eran los tritones? Sea como sea aquel lugar comenzaba a tener mucho azul y eso le molestaba al chico, razón por la cual decidió retirarse. Las sirvientas pasaban por su lado sin siquiera atreverse a alzar la mirada y apreciar el cuerpo que se movilizaba frente a ellas. Aún recordaban a la joven que se atrevió a detallas las cicatrices del príncipe y había sido atrapada por Ariana… lo último que se supo es que la chica fue echada al más y su llama se apagó para siempre. No se trataba de un destino deseado, evidentemente.
¿Le emocionaba al príncipe ver el rostro de otros monarcas? Estaba claro que no era así, aunque en el fondo sentía curiosidad por saber quién era ese tritón de poca edad que se había sentado en el trono. En la historia de aquel mundo solo existían dos monarcas que comenzaron su reinado a corta edad y el primero de estos realizaba su tarea con perfecta responsabilidad. César Black, el joven que con tan solo ocho años se vio en la obligación de ocupar un puesto de mandato ya que sus padres fallecieron, o al menos eso decían los rumores.
El pequeño dictador le habían llamado y bajo su reinado los Nighter alcanzaron a ser la r**a más poderosa de toda Ashura, consiguiendo que el resto de los habitantes se lo pensaran dos veces antes de siquiera acercarse a uno de ellos.
En el caso de Jules la evolución no era capaz de percibirse aun ya que solo se escuchaban rumores relacionados a la manera en la que el nuevo monarca comenzaba a manejar los asuntos de la r**a. ¿De verdad tendría que tratar con alguien desconocido? Damián no era exactamente malo haciendo relaciones públicas, pero estar frente a quien parecía ser un malhumorado jovencito no resultaba la mejor de las opciones para pasar la tarde.
Sea como fuera el chico sabía que necesitaba alistarse para recibir al nuevo invitado de la casa. Rodó sus ojos estando de nuevo en su habitación, pensando en cuál sería el tono de rojo más apropiado para recibir a tritón. ¿Quizá debía colocarse algo rojo shiraz? ¿O tan resplandeciente como el tono cereza? Posiblemente debido a que Jules no era amante de un color tan cálido podría servir un precioso tono coral, ¿verdad?
La decisión fue tomada rápidamente por el príncipe colocándose lo que vio como más lógico. No tardó en estar listo frente al espejo, observando sus preciosas galas con un tono claro de coral, aunque, a decir verdad, había durado más de dos horas encerrado en lo profundo de su habitación colocando con cuidado cada pequeña prenda. Así era Damián, tan meticuloso que resultaba molesto esperarle para dar una vuelta.
–Comienzo a pensar que te has enfriado allí dentro, Damián. –La voz de Ariana sonaba un poco disgustada. Incluso con el pasar de los años la mujer no terminaba de acostumbrarse a la lentitud de su hijo–. Falta poco para que nuestros invitados lleguen y tú sigues sin aparecer.
La puerta por fin se abrió como respuesta y los ojos de la reina se abrieron impresionados frente al resultado de esas dos horas de espera. Resultaba evidente para ella que su hijo era una obra de arte muy bien realizada. Detuvo su mirada en los lóbulos de las orejas del chico en los cuales colgaban un par de cadenitas doradas con un precioso cristal rojo en la punta.
–No me dijiste que te harías perforaciones, Damián. –Ariana suspiró negando con la cabeza–. Pero no puedo negar que te ves hermoso.
El príncipe lo sabía, aunque recordarlo de vez en cuando no le molestaba en absoluto.
Tanto él como su madre echaron a andar. Quizá si Damián fuese otro de los príncipes habría optado por colocarse una capa majestuosa y la tan anhelada corona de la realeza, pero para el chico bastaba un sencillo smoking n***o con una camisa de botones coral que permanecía abierta hasta el inicio de su abdomen, dejando al descubierto mas piel de la que para muchos era apropiada. No había corona en su cabeza ya que para el príncipe aquello era simplemente molesto y pesado. Solo la usaba en momentos de verdadera necesidad.
Los invitados habían llegado y Ariana, tan formal como de costumbre, se sentó en su emblemático asiento aguardando que estos ingresaran en el salón del trono. El pelirrojo nunca entendería la necesidad de tantas tonterías para recibir a alguien. ¿No resultaba más sencillo saludarles en la entrada y enviarlos a su habitación?
Salió de sus pensamientos al ver a las dos personas cruzar la puerta. Una de sus cejas se alzó al ver al joven de piel bronceada que ingresaba presumiendo un sedoso cabello azul rey que cubría uno de sus ojos y caía en la parte trasera hasta su nuca. Sus ojos eran grandes y recorrían el palacio sin disimulo. Pero nada de eso era lo que llamaba la atención del príncipe. Se trataba de la camiseta sin mangas que vestía y las bermudas que le acompañaban. ¿Realmente era un rey?
–Ariana, en primer lugar es un placer conocerte y, evidentemente, también es un privilegio para ti tenerme en tu Castillo Magmal. –El príncipe no fue capaz de evitar soltar un bufido al escuchar semejantes palabras–. Soy Jules Harrington, rey de las sirenas y tritones, aunque estoy seguro de que eso ya lo sabes. –Hizo por fin una seña a la chica que le acompañaba quien, a decir verdad, no había retirado su mirada del pelirrojo–. Ella es mi hermana Ma…
–Marye Harrington, hermana menor y consejera personal del rey. –La chica entrelazó su brazo con el de su hermano dejando en evidencia lo unidos que se consideraban ambos–. Es un gusto conocerles. –Una sonrisa pícara se instaló en los labios de Marye al mirar nuevamente a Damián,
La joven era de todo menos desagradable a la vista. El pelirrojo detallaba sus ojos enormes que, al igual que los de su hermano, parecían absorber todo lo que veían, y eso incluía al príncipe que no dejaba de ser observado. Era delgada, aunque traía puesto un vestido bastante holgado, uno que usaría un simple súbdito al ir de visita a la playa. ¿Por qué parecían tan sencillos a pesar de ser monarcas de una r**a enorme?
Damián sabía que eso molestaría mucho a su madre mientras que, contrario a su manera de pensar, él comenzaba a pensar que conocer a ese par sería más emocionante de lo que se había imaginado.
–Rey Jules, Marye, siéntanse bienvenidos en nuestro humilde hogar. –Comenzó Ariana mirándoles con una sonrisa fingida.
–¿Humilde? –El chico alzó una ceja lanzando un vistazo a su alrededor–. Comprendo perfectamente que se trata de una frase diplomática, ¿pero te parece que esto es humilde?
El pelirrojo mordía su labio inferior intentando no reírse ante lo que acontecía. Ariana se acomodaba en su asiento mientras que de una manera sencilla Jules conseguía demostrar su intelecto superior desde el instante en que la conversación iniciaba.
–Supongo que tiene razón, Majestad. –Ariana sonrió de manera forzada mostrando sus perlados dientes–. Nuestros guardias personales les escoltarán hasta su habitación y, por la noche, podremos reunirnos para discutir asuntos importantes de interés mutuo.
–No. No queremos que ningún guardia nos escolte a ningún lugar. –La sonrisa del joven era victoriosa y rápidamente señaló al príncipe de la casa–. Él lo hará. Espero que no te moleste, Ariana.
La reina apretó los puños sim dejar de sonreír. ¿Cómo se suponía que podía reaccionar cuando sus invitados no escuchaban sus palabras y, en su lugar, tomaban sus propias decisiones?
–Madre –interrumpió Damián–, descuida, puedo acompañarlos, no pasa nada.
El príncipe había comenzado a caminar tan pronto como su madre hubo accedido a semejante petición. Tras él se encontraban los dos invitados y, a su vez, dos soldados tritones que traían sus pertenencias. Era evidente que el rey no saldría de su palacio sin ser escoltado por sus propios guardias personales. El camino era extenso, por lo que los minutos seguían pasando y aun no llegaban al lugar donde se hospedarían.
–Damián es tu nombre, ¿no es así? –Los siseos de Jules efectivamente conseguían poner al pelirrojo con la piel erizada–. Hijo de una reina tan formal pero que demuestra ser lo suficientemente informal para negar su trono. ¿Te disgustan los formalismos, Damián?
–Por lo visto es algo que tenemos en común, Jules. –Damián sabía que usar títulos no contribuiría en nada–. Sí, los odio. Nada más estúpido que crear relaciones basadas en un trono o las posiciones.
–Parece que no nos equivocamos, nii. –Intervino la joven refiriéndose a su hermano–. Damián es de los nuestros.
–Define “de los nuestros”. No estoy interesado en traiciones, propuestas a mejores posiciones luego de acabar con mi r**a o cosas parecidas. –El chico por fin se volteó y les miró. Jules soltó una audible carcajada.
–No seas idiota. Simplemente pensamos que podemos llevarnos bien. ¿Te parece que es un pecado, joven lealtad? –El rey alzó una ceja.
–¿Pecado? Siempre he considerado que los pecados son única y exclusivamente acciones poco comunes que son determinadas como tal por el terrible temor a las consecuencias que estas generan. –El pelirrojo miró hacia arriba reflexivo–. ¿Qué opina Su Majestad sobre los pecados? –Inquirió con sarcasmo–. ¿Piensa que están sujetos a algún tipo de los estándares comunes?
–Opino que si continúas haciéndote el chistoso provocaras que cometa un pecado sobre ti. –Jules continuó caminando hasta quedar justo al lado de Damián. La diferencia de tamaños era notoria, pero el joven tritón no era alguien que se dejara atemorizar fácilmente–. ¿O es que pretendes que pasemos desapercibido lo provocativo que te has vestido para recibirnos?
–¿Provocativo? –Damián dejó salir un bufido negando con la cabeza–. Mi mera existencia es provocativa, Alteza. No existen estándares ni rangos para las personas en las cuales genero pensamientos de ese tipo. –Por fin miró al joven rey de reojo–. Ni siquiera un rey es capaz de resistirse a mis encantos. Una pena que solo sea un simple sirviente que ha sido asignado a dirigirlo hasta su habitación.
Siguió su camino sin detenerse a mirar sus respectivas reacciones. Damián podía ser tan engreído como su madre si se lo proponía y, por supuesto, no se trataba de alguien que pensara en los rangos como un problema para demostrar su ego.