El sonido de los fuertes pasos que se afincaban en el suelo del Palacio de Cristal evidenciaba que los pequeños pies de un chico corrían de un lado a otro, quien imitaba el sonido de un avión, mientras llevaba uno en la mano.
–Ledah, no deberías correr en los pasillos del palacio. –Habló una mujer de dorada cabellera, quien se interpuso en el recorrido del chico y lo sostuvo en sus brazos–. Puedes tropezar a las doncellas que hacen sus labores, cariño.
–Ledah quiere ser como un avión. Ledah quiere que mamá le regale una enorme ave para que enseñe a Ledah como volar. –El chico miraba a su madre con emoción, como cualquier otro pequeño de cinco años.
–De acuerdo, mi pequeño príncipe. Cuando cumplas los diez te llevaré con el fénix de hielo para que intentes capturarlo.
–¡Ledah! –Gritó su hermano desde el final del pasillo–. Debes venir a ver lo que he encontrado.
El chico no tardó en liberarse de los brazos de su madre y correr junto con su hermano hacía el patio trasero del castillo. Lian los miró con una sonrisa llena de nostalgia.
–Quisiera que su amistad fuese eterna… –Suspiró la mujer sin dejar de observar las dos siluetas de sus hijos correr fuera de su vista.
–Las reglas suelen ser duras, ¿no es así? –Peter abrazó a su esposa por la espalda–. Pero no necesariamente se deben enemistar, solo se blandirán por la corona, no por su amistad.
–Espero que Bóreas te escuché…
***
–Mira eso… –El pequeño Mike señalaba un extraño gusano lleno de minúsculos filamentos de hielo, como si portara estalagmitas sobre él-. Nunca había visto un hijo de la naturaleza como este.
Los dos chicos parecían gemelos: Cabellos dorados, ropas reales como dos príncipes, ojos azules como zafiros… pero solo uno llevaba el dorado aro que demostraba el linaje real que portaban: Mike. Tal y como lo mandaba la ley, uno solo podía ser el heredero a la corona, y ello se decidiría cuando el menor de los hijos cumpliera los diez años.
–Hermanito, Ledah quiere ir a una de las montañas para conocer a los hijos de la naturaleza que hay allí fuera. –Añadió el menor con nostalgia señalando las altas cumbres de Icy–. Pero papá y mamá le dicen a Ledah que no puede ir allí fuera.
El rubio más pequeño solía referirse a sí mismo en tercera persona. Se trataba de una manía que desde sus primeras palabras implementó y, por mucho que sus padres y sus tutores se habían empeñado en intentar cambiar, simplemente no lo conseguían.
Mike lo miró con tristeza. Sabía que Ledah jamás había salido del palacio porque no debía ser visto, además conocía que la ley prohibía que hubiesen dos príncipes… pero más allá de todo eso, quería demasiado a su hermanito y no soportaba verlo triste. Tras un suspiro, se agachó un poco para quedar a su altura y lo sostuvo por los hombros.
–Escúchame bien, Ledah. –El menor parpadeó. Conocía el rostro de su hermano cuando estaba serio–. Te llevaré a conocer esa colina que tanto deseas ver, pero padre y madre no pueden enterarse ¿De acuerdo?
–De acuerdo. –Dijo el chico con los ojos abiertos como platos–. Pero… ¿estás seguro? ¿No te meterás en problemas por culpa de Ledah? –Su rostro se tornó triste–. Ledah no quiere que te castiguen, hermanito.
–No dejaremos que se enteren porque volveremos antes del amanecer. –Un guiño proveniente de Michael calmó el atemorizado corazón de Ledah devolviendo la sonrisa en sus pequeños labios–. ¿Vale?
–Vale. Ledah te quiere, hermanito –Y con un fuerte abrazo fue sellada aquella promesa. El amor puro de dos almas que serían capaces de hacer cualquier cosa por el otro.
–Yo también te quiero.
***
El sol se había puesto, el cielo oscuro se adornaba con múltiples puntos claros que lo hacían ver como salpicaduras de pintura blanca en una prenda negra. Todos dormían en sus habitaciones… salvo dos sombras que se movían en el interior del castillo en lugares separados pero con un mismo rumbo. Ledah se quitó los zapatos porque al caminar en calcetines era menos probable que hiciera algún ruido al caminar. No podía creer que finalmente fuese a salir del palacio y, lo que más le hacía feliz era saber que sería su hermano quien lo llevaría fuera. No podía tener un mejor compañero.
A menudo se imaginaba como podía ser todo allí fuera. Había oído a sus padres conversar temas relacionados a otras razas como los Clorux y, de vez en cuando había visto entrar a un sujeto vestido de verde con alas en su espalda que traía mensajes para los reyes de una tal reina llamada Rosella. Lamentablemente nadie sabía que Ledah existía. Su solo nacimiento era un secreto para el mundo entero.
En ocasiones, al pensar que debía enfrentarse a su hermano por el reconocimiento y el trono lo hacía llorar solo en el interior de su habitación… aunque muchas de esas veces Mike podía oír su llanto desde la puerta de su habitación y este hecho le destrozaba el corazón. ¿Por qué el destino les hacía algo como eso? El mayor oía una y otra vez acerca de la existencia de un tal dios llamado Bóreas que les cuidaba… ¿Por qué permitía semejante atrocidad? No deseaban enfrentarse, eso era un hecho.
Mike y Ledah deseaban que apareciese alguien que adulterara las leyes, que su padre notara que lo último que querían hacer era enfrentarse y cancelara el combate propuesto en cinco años, pero ambos sabían que eso no pasaría. Solo podría existir un heredero a la corona y, por mucho que se lamentara, los deseos de Michael por obtener ese puesto eran enormes.
–Has llegado. –Susurró Mike a su hermano al verlo acercarse–. ¿Nadie te ha seguido?
–Ledah cree que no. –El chico miró a los lados para asegurarse de su respuesta–. ¿Cómo saldremos del castillo?
–Sígueme, por aquí.
Ledah siguió a su hermano mayor a uno de los rincones del patio del palacio, lugar donde un árbol era tan grande como los muros del castillo. Tras indicarle su estrategia ambos comenzaron a subirse en el árbol. El menor iba primero con la ayuda que Mike le daba desde abajo ya que este pensó que si su hermano resbalaba podría sostenerlo. Al llegar a la rama más alta los chicos se pasaron al muro, el cual era más alto de lo que se veía.
–¿Ahora que, hermanito? –Ledah se aferraba a su brazo con miedo por la enorme altura en la que se encontraban–. Es muy alto para saltar… Ledah tiene miedo.
–Usaremos el Zafiro para bajar. –Explicó Mike tragando saliva.
–Pero aun no eres experto en su uso. –El chico se sintió aterrado. Odiaba las alturas.
–Sí, pero no tenemos una mejor opción. –Ledah suspiró. Definitivamente esto no le daba buena espina.
Intentando la mejor de las concentraciones, Mike tomo el pequeño fragmento y comenzó a pensar en una plataforma flotante que los llevara al suelo. Esta fue apareciendo por a poco tras emanar la energía de las manos de Michael. Hizo una seña a Ledah para que subiera, seguido de él mismo. El trozo de hielo comenzó a descender lentamente. La concentración del mayor no menguaba mientras esta se movía.
Habían descendido la mitad del camino cuando una g****a apareció en el centro de la plataforma. Ledah miró de inmediato a su hermano, quien parecía no poder dar más. Sus marcas brillaban con exceso de fuerza, lo cual era un mal indicio.
–Mike. ¡Mike! –Le hablaba Ledah desesperado. No había respuesta. Su mirada estaba enfocada a la nada–. ¡Mike, reacciona! –La voz de Ledah temblaba. Su terror por las alturas se hacía presente y estaba a punto de caer de una gran distancia–. ¡Mike! ¡Reacciona! –Las lágrimas comenzaban a amenazar con salir.
–La… la corona… debe ser mía… –Musitaba Michael a nadie en particular. Estaba absorto en sus pensamientos.
–¿Qué estás diciendo? –Ledah parecía anonadado.
No hubo respuesta inmediata porque apenas terminó de hablar la plataforma de hielo se partió en miles de pedazos. El pequeño soltó un grito al verse cayendo hacia el vacío. No debió haber escuchado a su hermano. Ahora estaba a punto de morir.