Los sirvientes del marqués habían confundido las veredas y los caminos por dónde podrían haber huido las mujeres con el fin de que cuando el Barón Reginald de Ziend se percatara de su ausencia y de su escape y enviará a buscarlas, lo que encontrara fuera un enmarañaje de sendas y rastros de sangre que los llevara a ningún lugar. Mientras las dos muchachas eran atendidas en el castillo del marqués, en la casa de Barón su amigo Arthur y él se levantaban con un fuerte dolor de cabeza. Bajando de las habitaciones ninguno notó rastros de sangre. Hasta que el Barón Reginald de Ziend choco su pierna con una mujer que se hallaba de rodillas limpiando un tapiz. ¿Qué haces allí de rodillas? ¿Eres estúpida que no te diste cuenta de mi presencia? ¡Lo siento! ¡Lo siento mucho Barón! ¡Quítate de

