Las lágrimas que brotaban de los ojos de Amelia eran de felicidad, nunca imaginó que al llevarla a su habitación Francis lo que la esperaba eran los brazos amorosos del padre de sus hijos. ¡Alfred! Oh Alfred, jamás me imaginé encontrarte aquí... ¡Me siento tan feliz de verte! Creo que no nos volveríamos a ver por mucho tiempo... Así se supone Amelia, y aunque no quiera debo volver mañana temprano, se supone que estoy atendiendo un asunto del rey tu tío, lo hice ayer h corrí hasta aquí para verte... Y el marqués me pidió quedarme esta noche, según me lo informó aquí estaba el Barón Reginald de Ziend... Avergonzada Amelia se soltó de los brazos de Alfred y caminaba hasta su cama para sentarse cuando Alfred tamandola de su brazo le dijo: ¡No te estoy acusando de nada Amelia! Talves

