—¡Arrodíllate! —la voz de Damian Blackwood era irrefutable. La autoridad en su tono obligó a James Blackwood, siempre arrogante y presumido, a caer de rodillas casi arrastrándose por el suelo. Damian no dijo nada más al principio. Encendió un cigarrillo y observó fijamente a James, lo que solo consiguió ponerlo aún más nervioso. —Fue mi culpa… todo fue culpa mía, tío Damian. —¿Y cuál fue exactamente tu culpa? —preguntó Damian con voz fría e indiferente. —Yo… no debí tocar a Victoria Laurent. Ella es la mujer que te gusta. Damian soltó una risa burlona antes de responder con dureza: —Esa no es la razón por la que no debiste acercarte a ella. Nunca me ha gustado. El problema es que es una mujer inmoral e indecente, y no merece tener ningún vínculo con nuestra familia. Además, ya tiene

