Capítulo 1
Bajo la oscuridad profunda de la noche, la villa de la familia Har ardía sin piedad. Las llamas devoraban las paredes y el techo con un rugido feroz, iluminando el cielo con un resplandor anaranjado que parecía anunciar una tragedia inevitable.
—Mami…
Una niña pálida, de apenas seis años, estaba arrodillada en el suelo. Su pequeño cuerpo temblaba violentamente, incapaz de comprender por completo el horror que tenía frente a ella.
A unos centímetros de distancia yacía el cuerpo de su madre.
Una daga estaba incrustada en su pecho, profundamente hundida entre sus costillas. La sangre brotaba de la herida y se extendía lentamente por el suelo de mármol, formando un oscuro charco que reflejaba el brillo del fuego.
—Aria… no llores…
La voz de la mujer era débil, apenas un susurro quebrado.
—Aria… mamá no fue lo suficientemente fuerte… Te fallé…
Sus dedos, fríos y temblorosos, intentaron alcanzar el rostro de la niña.
—Tú… tienes que vivir bien…
Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras su mirada comenzaba a perder el brillo.
Entonces, sus ojos se cerraron.
Para siempre.
—Mami…
Los ojos de la pequeña se abrieron de par en par, llenos de incredulidad y desesperación.
Con manos temblorosas, sacudió suavemente el brazo de su madre, como si temiera despertarla de un sueño demasiado profundo.
Pero el cuerpo no reaccionó.
No respiraba.
—¡Mami… por favor, despierta!
Las lágrimas comenzaron a caer con fuerza por sus mejillas. Su pequeño corazón dolía como si mil cuchillas lo atravesaran al mismo tiempo.
—¡Mami!… ¡Ahhh…!
Un grito desgarrador rompió el silencio de la noche, mezclándose con el crepitar de las llamas.
De repente, algo cambió en la niña.
Con una determinación que no pertenecía a una criatura tan pequeña, extendió la mano y arrancó la daga del pecho de su madre.
La sangre salpicó sus dedos.
Tambaleándose, con los ojos rojos y llenos de un odio puro y salvaje, corrió hacia el hombre que observaba la escena desde unos metros de distancia.
Vestía un elegante traje púrpura, impecable a pesar del caos que lo rodeaba.
—¡Vincent Laurent… tienes que morir!
Levantó la daga con ambas manos, intentando clavarla en su abdomen, jurando en silencio que, si lo mataba… se reuniría con su madre.
Pero era demasiado pequeña.
Demasiado débil.
Demasiado baja.
La hoja apenas alcanzó a rasgar la tela del pantalón del hombre y a cortarle superficialmente el muslo.
—¡Estúpida niña! —escupió él con desprecio—. ¡Vete al infierno!
Apretando los dientes con furia, Vincent Laurent empujó brutalmente a Aria Hale hacia un lado.
El pequeño cuerpo de la niña salió despedido y cayó con fuerza contra el suelo de piedra. Un quejido de dolor escapó de sus labios mientras intentaba recuperar el aire.
Aria gruñó, apretando los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas. Su cuerpo temblaba, pero aun así trató de incorporarse.
No estaba dispuesta a quedarse en el suelo.
Dos de los guardaespaldas reaccionaron de inmediato. Con pasos rápidos y pesados se abalanzaron sobre ella y la sujetaron por los brazos antes de que pudiera levantarse.
La niña forcejeó con todas sus fuerzas, pero era demasiado pequeña para liberarse.
A unos pasos de distancia, Vincent Laurent colocó tranquilamente las manos detrás de la espalda, como si la escena que acababa de ocurrir no fuera más que una molestia insignificante.
Su mirada descendió hacia Aria con un desprecio frío y absoluto.
—Después de todo —dijo con voz gélida—, mi sangre corre por tus venas.
Sus labios se curvaron ligeramente en una sonrisa cruel.
—Si eres obediente y haces exactamente lo que te digo, te dejaré vivir. Pero si te atreves a desobedecerme… terminarás igual que tu abuelo y tu madre.
Durante años había soportado el desprecio de la familia Har.
Como el yerno que se había casado con su heredera, había vivido rodeado de miradas de superioridad y burlas silenciosas. Pero todo ese tiempo había sido paciente.
Había esperado.
Esperado el día en que todo lo que pertenecía a los Har finalmente sería suyo.
Y ese día… por fin había llegado.
Aria frunció los labios con tanta fuerza que comenzaron a sangrar. Su pequeño cuerpo estaba rígido de rabia, como si una tormenta estuviera a punto de estallar dentro de ella.
—¡Ja!
Una risa amarga escapó de su garganta.
—Vincent Laurent… será mejor que me mates ahora mismo.
Sus ojos brillaban con un odio tan intenso que resultaba inquietante en una niña tan pequeña.
—¡Porque si me dejas vivir… pasaré toda mi vida haciéndote sufrir!
—Oh, niña… no deberías decir algo así.
La voz suave, pero llena de arrogancia, vino desde un lado.
Todos volvieron la mirada hacia la mujer que se acercaba lentamente.
Vestía un elegante abrigo de piel de zorro blanco que contrastaba con el caos y las llamas que consumían la mansión. Su rostro era hermoso, pero su sonrisa estaba llena de desprecio.
Era Rachel Lewis.
Ella y Vincent Laurent habían sido novios desde la infancia.
El mismo año en que Vincent se casó con la hija de la familia Har, Rachel había dado a luz en secreto a un par de gemelos para él. Y ahora, acariciando suavemente su vientre, estaba embarazada de su tercer hijo.
El médico había confirmado que esta vez sería un niño.
Rachel había sufrido durante años, observando desde las sombras cómo otra mujer ocupaba el lugar que ella deseaba.
Pero ahora todo había cambiado.
La fortuna, las propiedades y el prestigio de la familia Har habían caído finalmente en manos de los Laurent.
Por fin podía convertirse en lo que siempre creyó merecer ser.
La respetada señora Laurent.
—El parricidio es un pecado muy grave —dijo con una sonrisa burlona mientras observaba a la niña—. Ten cuidado con lo que dices… podría caerte un rayo del cielo.
—¡Juro por el cielo que tú serás la primera en caer!
Aria quería llorar.
Lo deseaba con todas sus fuerzas.
Pero sus ojos estaban tan secos que le ardían. No quedaban lágrimas.
Solo dolor.
Solo odio.
Levantó la mirada y clavó sus ojos en Vincent Laurent.
En aquel hombre que una vez la había levantado en brazos, haciéndola girar en el aire mientras reía.
El mismo hombre que ahora había destruido su mundo.
—¡Eres mi padre! —gritó con la voz rota—. ¡Eras mi persona favorita! ¡El padre al que más respetaba!
Su pecho subía y bajaba con dificultad.
—¿Por qué…? —susurró, desesperada—. ¡Dime por qué!
Su familia había sido destruida.
Todos habían muerto.
Y el asesino… había sido su propio padre.
La noche vacía se llenó de llanto, dolor y desesperación.
Mientras tanto, el fuego seguía devorando la mansión.
Las llamas iluminaban el rostro de la niña, como si sellaran el odio que, desde ese momento, quedaría grabado para siempre en lo más profundo de sus huesos.