Capítulo 2

1091 Words
Vincent Laurent la ignoró por completo, como si los gritos y el dolor de la niña no significaran absolutamente nada. Giró la cabeza con calma y miró al hombre que estaba a su lado, un médico vestido con una bata blanca impecable. Su voz fue fría y distante, como si estuviera dando una simple orden de negocios. —Dr. Ziegler… inyéctele la droga que altera la memoria. Hizo una breve pausa, observando a la niña con una mirada completamente indiferente. —Después llévenla a algún lugar aislado y déjenla allí. Que se las arregle sola para sobrevivir. El médico dudó apenas un instante, pero al ver la expresión impenetrable de Vincent Laurent, asintió en silencio. Mientras tanto, Vincent se volvió hacia Rachel Lewis, que observaba la escena con una calma inquietante, como si todo aquello fuera perfectamente normal. Con una gentileza que contrastaba cruelmente con lo ocurrido, la ayudó a subir al coche n***o que esperaba frente a la mansión en llamas. Sus manos protegieron con cuidado el vientre abultado de la mujer embarazada. Detrás de él, la desesperación estalló. —¡No…! La voz de Aria Hale se quebró en un grito lleno de pánico. —¡No! ¡No quiero olvidar! Dos guardaespaldas la sujetaban con fuerza mientras el médico preparaba la jeringa. La niña luchaba con todas sus fuerzas, retorciéndose entre los brazos de los hombres. —¡Tengo que recordar esto! —sollozó desesperadamente—. ¡No quiero olvidarlo…! Sus ojos estaban llenos de lágrimas… y de un odio ardiente. —¡No! ¡Ahhh…! La aguja penetró en su piel. Poco a poco, la fuerza abandonó su pequeño cuerpo. La oscuridad comenzó a tragarse su conciencia. Esa misma noche, dos guardaespaldas siguieron las órdenes recibidas. Condujeron durante horas por carreteras desiertas, atravesando montañas y caminos solitarios hasta alejarse casi cien millas de la ciudad. La luna iluminaba débilmente el asfalto cuando finalmente detuvieron el coche. Abrieron la puerta trasera y arrastraron el pequeño cuerpo inconsciente de la niña hacia el exterior. La dejaron abandonada en medio de una carretera solitaria, al pie de una montaña. El viento frío agitaba suavemente su cabello. Aquella había sido una orden directa de Rachel Lewis. La mujer esperaba que, tarde o temprano, algún conductor descuidado pasara por allí… y terminara el trabajo que ellos no quisieron ensuciarse en completar. Pero el destino tenía otros planes. Tres días después… En la lujosa suite presidencial de un hospital privado, una mujer de edad avanzada, con las sienes teñidas de elegantes mechones plateados, observaba a la niña dormida sobre la cama. Sus dedos arrugados acariciaban con infinita ternura el rostro pálido de la pequeña. Sus ojos estaban llenos de tristeza… Y también de una determinación silenciosa. El asistente personal que trabajaba para ella había terminado la investigación. Ahora ya no había dudas. Aquella pobre niña abandonada al borde de la muerte… era su propia sangre. Su verdadera nieta. Su nombre era Aria Hale. A partir de ese día, la niña viviría bajo su protección. Pero para protegerla de quienes intentaron matarla, la anciana tomó una decisión. Desde ese momento, la niña crecería con una nueva identidad. Un nuevo nombre. Ariana Valmont. La anciana haría todo lo que estuviera en sus manos para amarla, cuidarla y entrenarla, preparándola para un futuro que aún estaba por llegar. Y cuando Ariana creciera… Cuando recuperara por completo sus recuerdos… Sería ella misma quien destruiría a las personas que habían arruinado su vida. Sin piedad. Sin perdón. Dieciséis años después… Ariana Valmont estaba sentada frente al tocador, vestida con un elegante vestido de novia blanco que caía en suaves capas de tul hasta el suelo. La escena habría parecido perfecta… si no fuera porque ella sostenía una lata de Coca-Cola en una mano mientras, con la otra, deslizaba el dedo distraídamente por la pantalla de su teléfono móvil. En él se reproducía su telenovela favorita. A su alrededor, varias maquilladoras se movían con cuidado, retocando los últimos detalles de su peinado y maquillaje. De repente… La puerta se abrió con un crujido seco. Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada. El hombre que acababa de entrar parecía haber salido de una pintura divina. Era alto, imponente, con rasgos perfectamente esculpidos y una presencia que dominaba la habitación sin esfuerzo. Vestía un traje n***o impecable que resaltaba su figura atlética y que, bajo la luz del salón, parecía casi brillar. Cada paso que daba era firme y poderoso. Un aura fría y dominante lo rodeaba, tan intensa que las maquilladoras sintieron un escalofrío recorrerles la espalda. Era imposible ignorarlo. —Todos fuera. Su voz era profunda, elegante… terriblemente atractiva. Pero al mismo tiempo había algo oscuro en ella, como si proviniera de las profundidades del infierno. Nadie se atrevió a discutir. En cuestión de segundos, las maquilladoras recogieron apresuradamente sus herramientas y abandonaron la habitación en completo silencio. La puerta se cerró. El silencio se volvió pesado. Solo entonces, Ariana levantó lentamente la cabeza. En sus delicados rasgos se dibujaba una irritación evidente. Había sido interrumpida en la mejor parte de su telenovela. Y eso era algo que detestaba. Incluso si quien la había interrumpido era el hombre con el que, en pocos minutos, debía caminar hacia el altar. Damian Blackwood. Ariana estaba a punto de girarse por completo para enfrentarlo cuando, de repente, él extendió el brazo y le sujetó la barbilla con firmeza. El movimiento fue rápido. Autoritario. Obligándola a mirarlo directamente a los ojos. —Te lo advertí —dijo con voz baja pero peligrosa—. Te dije que le dijeras a mi padre que no querías casarte conmigo. Sus ojos oscuros brillaban con molestia. —Entonces dime… ¿por qué sigues aquí? Ariana no apartó la mirada. Sus ojos eran claros y tranquilos, completamente libres de miedo. —Suéltame —dijo en voz baja. Su voz era dulce y clara, pero debajo de esa suavidad había un frío que hacía estremecer. —Ya te lo dije antes. Este matrimonio es el último deseo de mi abuela. Sus labios se curvaron ligeramente. —Y pienso cumplirlo. —¿Ah, sí? Damian entrecerró los ojos y su expresión se volvió aún más oscura. Apretó su barbilla con más fuerza. —Ariana Valmont, solo te atreves a comportarte así porque tienes el respaldo de mi padre. Su tono era duro, casi cortante. —Escúchame bien. Nadie va a decidir cómo debo vivir mi vida. Su mirada era tan fría que habría hecho retroceder a cualquiera. Pero Ariana no se movió. No retrocedió ni un centímetro.
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