Capítulo 3

1391 Words
—Necesitas mirarte bien a ti misma —dijo con desprecio—. ¿Cómo te atreves a pensar que puedes entrar en mi habitación… y meterte en mi cama? Sus ojos se oscurecieron aún más mientras la observaba de arriba abajo, como si su presencia fuera una ofensa personal. —¿Y todavía quieres casarte conmigo tan descaradamente? —continuó con una sonrisa fría—. Te aseguro que si lo haces… haré que te arrepientas el resto de tu vida. Cada palabra fue pronunciada con una precisión calculada, afilada como una cuchilla. Sus frases caían una tras otra, destinadas a humillar y herir. Pero Ariana Valmont no era alguien que pudiera quebrarse con simples amenazas. Había sido entrenada para soportar cosas mucho peores que palabras crueles. Si alguien iba a salir herido de aquel enfrentamiento… no sería ella. Sus ojos se volvieron fríos. —Te dije que me soltaras —repitió con calma, aunque en su voz vibraba una advertencia peligrosa—. ¿Me escuchaste? Dejó la lata de Coca-Cola sobre el tocador con un golpe seco. Al instante siguiente, levantó la pierna y lanzó una patada directa hacia el estómago de Damian Blackwood. El movimiento fue rápido. Preciso. Aunque llevaba puesto un pesado vestido de novia, sus movimientos eran sorprendentemente ágiles. Si Damian no hubiera pasado años entrenando artes marciales desde la escuela primaria, probablemente habría recibido el golpe de lleno. Con un rápido movimiento del cuerpo, esquivó el ataque. Damian la miró fijamente, levantando ligeramente las cejas con una mezcla de sorpresa e irritación. —¿Todavía te atreves a comportarte así delante de mí? Una chispa peligrosa brilló en sus ojos. —Muy bien… tú lo pediste. Durante años había dominado el despiadado mundo de los negocios sin que nadie lo supervisara. En ese campo, incluso los hombres más poderosos terminaban inclinando la cabeza ante él. Un dragón habría aprendido a respetarlo. Y ahora… una mujer se atrevía a atacarlo el mismo día de su boda. Aquello despertó algo peligroso en su interior. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, Ariana ya había levantado ligeramente la falda de su vestido de novia, permitiéndole moverse con mayor libertad. Con rapidez, se quitó los tacones y los dejó caer al suelo. Sus pies descalzos tocaron el suelo con determinación. Luego volvió a lanzarse contra él. —¡Bastardo! —espetó con furia—. ¡Ya te he tolerado demasiado! Sus ojos brillaban con una mezcla de indignación y desafío. —¡Quédate con tu maldito dinero! En realidad, Ariana Valmont solo se había encontrado con Damian Blackwood tres veces en toda su vida. Pero cada una de esas ocasiones había sido suficiente para comprender exactamente qué tipo de hombre era. Arrogante. Dominante. Y convencido de que todos debían someterse a él. En cada encuentro la había amenazado, avergonzado y tratado como si fuera una mujer débil que dependía de su caridad. Pero hoy… Hoy había cruzado el límite. —Muy bien —dijo Damian finalmente. Una sonrisa peligrosa apareció en su rostro mientras retrocedía un paso y levantaba la mano, haciéndole una señal provocadora. —Hoy voy a enseñarte una buena lección. Sus ojos brillaban con una emoción oscura. Durante varios minutos, lo único que pudo escucharse desde el exterior de la habitación fueron los sonidos secos de golpes y movimientos. Fuera de la puerta, las maquilladoras se miraban entre sí con nerviosismo. Ninguna se atrevía a abrir. Desde dentro llegaban ruidos que parecían confirmar lo peor. El señor Damian Blackwood… debía de estar golpeando brutalmente a su joven esposa el mismo día de su boda. Algunas de las chicas incluso comenzaron a llorar en silencio. Si una mujer tan hermosa había provocado la ira del poderoso heredero de la familia Blackwood… Entonces su destino debía de estar sellado. Tal vez aquella belleza había llegado demasiado pronto a su final. De repente… Un grito fuerte estalló desde el interior de la habitación. Luego, todo quedó en silencio. Un silencio tan absoluto que resultaba inquietante. Las maquilladoras que esperaban afuera se miraron entre sí con rostros pálidos. Sus corazones latían con fuerza, llenos de miedo. Nadie se atrevía a hablar. Después de escuchar tantos golpes y ruidos violentos durante varios minutos… todos habían llegado a la misma conclusión. Algo terrible debía haber sucedido. ¿Acaso… alguien había muerto? El aire parecía congelado. Finalmente, una de las chicas, temblando de nerviosismo, reunió el valor suficiente para acercarse a la puerta. Con manos temblorosas, la empujó lentamente. La puerta se abrió con un suave crujido. Todas contuvieron el aliento. Pero la escena que apareció ante sus ojos fue completamente distinta a lo que habían imaginado. No había sangre. No había signos de una tragedia. Solo dos personas tiradas en el suelo en medio de una habitación completamente desordenada. Cojines caídos. Sillas movidas. Objetos esparcidos por todas partes. Y en el centro de todo ese caos… La mujer vestida de blanco estaba desplomada sobre el cuerpo del elegante heredero. Ariana Valmont estaba encima de Damian Blackwood. Su vestido de novia se había deslizado peligrosamente hacia abajo durante la pelea, dejando ver más de lo que debía y provocando que varias de las maquilladoras se llevaran las manos a la boca, completamente sonrojadas. —¡Suéltame! La voz de Damian estalló con furia. Con un movimiento brusco, apartó a Ariana de encima de él. Su expresión era oscura y su paciencia parecía haberse agotado por completo. Se puso de pie rápidamente, sacudiéndose el traje con evidente irritación. —No tienes ni una sola cualidad redentora —dijo con frialdad—. Eres grosera, violenta y rencorosa. Sus ojos la miraron con desprecio. —No voy a ir a la iglesia. Su voz era firme, definitiva. —No eres digna de estar conmigo en un lugar tan sagrado. La habitación quedó en silencio. Las maquilladoras ni siquiera se atrevían a respirar. Mientras tanto, Ariana permanecía sentada en el suelo. Con total calma, acomodó el vestido que había quedado desordenado durante la pelea. Luego se levantó lentamente, como si nada de lo ocurrido hubiera sido importante. Su expresión era tranquila. Casi indiferente. —Eso depende de ti —respondió con serenidad. Sus palabras fueron claras, firmes. —Casarme es asunto mío. Sus ojos se fijaron en él sin rastro de vergüenza. —No necesito un hombre. La respuesta fue tan directa que varias de las chicas presentes quedaron completamente atónitas. Damian la miró con frialdad durante unos segundos. Luego soltó una risa breve, llena de sarcasmo. —Muy bien. Se dio la vuelta sin mirar atrás. —Entonces quédate con tu boda. Antes de salir, lanzó una última advertencia por encima del hombro. —Al final serás tú quien termine llorando. La puerta se cerró con fuerza tras él. El silencio volvió a llenar la habitación. Pero Ariana no parecía afectada. Simplemente se volvió hacia las maquilladoras que seguían paralizadas cerca de la puerta. —¿Van a quedarse ahí mirando todo el día? —preguntó con naturalidad—. Ayúdenme con el vestido. Las chicas reaccionaron de inmediato. Se apresuraron a acercarse para arreglar el vestido de novia y retocar su maquillaje. Porque incluso si era la única persona que asistiría a su propia boda… Ariana Valmont seguía decidida a entrar a esa iglesia. Desde pequeña había aprendido una lección muy clara: La dignidad y la reputación nunca se construyen con la caridad de otros. Siempre se defienden por uno mismo. Tres días después… Damian Blackwood aún no había regresado. Pero, curiosamente, Ariana Valmont se había convertido en el centro de atención de toda la alta sociedad. Los medios de comunicación estaban obsesionados con ella. Los titulares aparecían uno tras otro. “La chica del campo logra atrapar al heredero Damian Blackwood.” “Damian Blackwood abandona a su esposa el día de la boda y se reúne en secreto con Victoria Laurent.” “La chica salvaje no muestra vergüenza y todavía sueña con competir con una diosa por el corazón de un hombre.” Y no eran solo unos pocos artículos. Había docenas de titulares similares inundando las noticias, las r************* y las revistas de sociedad. La historia se había convertido en el escándalo favorito de todos. Pero mientras el mundo hablaba de ella… Ariana Valmont simplemente continuaba con su vida. Como si nada de aquello realmente le importara.
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