Gia Vallenari Las puertas del ascensor se cerraron, separándome de Maximilian y dejándome a solas con el eco de su última orden. "Demuéstrame qué tan buena eres realmente". Esas palabras flotaban en el aire, una mezcla de desafío y combustible para mi ambición. Mi corazón martilleaba con una cadencia metálica, una mezcla de adrenalina pura y un nerviosismo eléctrico que amenazaba con hacerme temblar las manos. Caminé hacia mi despacho con paso firme, ignorando el ardor persistente en mis glúteos con cada zancada. El dolor ya no era una molestia; se había transformado en un anclaje, un recordatorio físico de la intensidad de la noche anterior y de la fuerza que necesitaba invocar hoy. Me senté tras mi escritorio de caoba y abrí la carpeta digital que Maximilian me había enviado. El cl

