Gia Vallenari El despertador vibró sobre la mesa de noche a las cinco de la mañana, un sonido que en cualquier otra circunstancia me habría parecido una tortura, pero que hoy recibí como un llamado a las armas. Me senté en la cama y, al hacerlo, un pinchazo agudo de dolor recorrió mis glúteos, extendiéndose por la parte posterior de mis muslos. Cerré los ojos y apreté los dientes, dejando que la sensación se asentara. Era un ardor constante, un recordatorio físico de la mano de Maximilian, de su cinturón y de la entrega absoluta de la noche anterior. Sin embargo, era un dolor pasable. Un dolor que podía llevar con orgullo porque era la prueba de que no me había quebrado. Me puse de pie con cautela, sintiendo la rigidez en mis músculos. Caminé hacia el vestidor, ignorando las punzadas

