Maximilian Von Stein El silencio en el despacho era absoluto, roto únicamente por nuestras respiraciones que poco a poco recuperaban su compás natural. Gia seguía sobre mí, su cuerpo cálido y pesado presionando el mío contra el cuero del sofá. Sentía el rítmico latir de su corazón contra mi pecho, una percusión salvaje que empezaba a amansarse. Mis manos, que apenas unos minutos antes habían sido herramientas de disciplina y deseo voraz, bajaron por su espalda con una suavidad que me resultaba extraña, casi ajena. Recorrí la curva de su columna hasta llegar a sus glúteos. Al rozar la piel, Gia soltó un quejido agudo, un sonido pequeño y roto que me atravesó las costillas. Se tensó sobre mí, escondiendo el rostro en el hueco de mi cuello. —Shh... ya pasó —susurré, dejando que mis dedo

