Gia Vallenari
El rugido del motor de mi Alfa Romeo era el único sonido que competía con el martilleo rítmico de mi corazón mientras conducía hacia el centro de la ciudad. El sol de la mañana se filtraba por el parabrisas, calentando mi piel, pero el verdadero calor, ese incendio que amenazaba con consumirme, venía de dentro.
No era el cansancio de la paliza física que Maximilian me había dado en el gimnasio a las cinco y media de la mañana; al contrario, sentía una vitalidad eléctrica, una urgencia que hacía que mis dedos se apretaran contra el volante de cuero.
Había pasado la noche en vela, pero no por el cambio de ambiente de la mansión de mis abuelos al hotel. La razón tenía nombre y apellido Maximilian Von Stein.
Anoche, bajo las sábanas de hilo frío de la cama King size, el descubrimiento me había golpeado con la fuerza de un tsunami.
Mis manos habían viajado por mi cuerpo, acariciando la línea de mis caderas, subiendo por mi vientre plano hasta detenerse en mis senos, hinchados y sensibles. Y en mi mente, no había rostros de chicos de mi edad, ni fantasías románticas. Solo estaba él.
Me imaginé esas manos tatuadas y poderosas, las mismas que habían ajustado mi guardia con rudeza, recorriendo mi piel. Imaginé su voz, esa barítono rasposa que ordenaba disciplina, susurrándome obscenidades al oído.
Me visualicé a mí misma, con mi cabello cobrizo enredado en sus dedos, sometida por su fuerza militar, por su experiencia de cuarenta años. Cuando llegué al clímax, arqueando la espalda y ahogando un grito en la almohada, supe que no había vuelta atrás. Había cruzado una línea mental y el deseo prohibido se había convertido en mi nueva religión.
Desde hacía dos años sabía que quería estar con un hombre, pero la universidad era mi mundo, tenía una meta salir de casa de mis abuelos, hace unos meses me había graduado y estaba lista para entrar al mundo s****l sin embargo no quería un novio con el que tomar helado. Quería un maestro. Quería a alguien con la veteranía suficiente para tomar mi inocencia técnica y moldearla, para enseñarme los rincones oscuros de mi propia sensualidad. Y Maximilian... Dios mío, él era la definición de experiencia andante.
El hecho de que hubiera estado casado con mi madre durante ocho años debería ser un freno, un tabú inquebrantable. Pero mi madre estaba muerta. Su recuerdo era una fotografía borrosa en un portarretratos, no una barrera moral.
No había convivido lo suficiente con ella, además solo era una niña cuando murió.
Sonaba fría. Lo sabía. Fría, calculadora y egoísta.
Pero diez años bajo la tutela de mis abuelos, personas que confundían el afecto con la eficiencia y que me trataban como un activo a proteger, me habían moldeado así. "Práctica", decían ellos cuando negociaba mi mesada con la frialdad de un banquero. Pues bien, ahora iba a usar esa practicidad para conseguir lo que mi cuerpo gritaba.
Había decidido que estos dos meses de "entrenamiento" no serían solo sobre acciones y logística. Serían sobre la conquista de Maximilian Von Stein.
Aparqué el coche en el sótano del edificio de Von Stein Enterprises. El ascensor me llevó al último piso con una velocidad vertiginosa. Al abrirse las puertas de acero, me encontré con la recepción minimalista. Una mujer muy joven, con un traje de chaqueta que parecía quedarle grande y una expresión de pánico perpetuo, se levantó de un salto.
—¿Señorita Vallenari? Soy Sarah. El... el señor Von Stein me ha asignado como su secretaria provisional. Por aquí, por favor.
La seguí por un pasillo insonorizado. Sarah caminaba rápido, como si temiera que Maximilian apareciera en cualquier momento para reprenderla.
Me llevó a una oficina espaciosa, con ventanales que ofrecían una vista impresionante de la ciudad.
El mobiliario era moderno, funcional y costoso. Sobre el escritorio de caoba, había montañas de carpetas, documentos y una pantalla de ordenador encendida.—El señor ha enviado esto —dijo Sarah, señalando la pila de papel con un gesto tembloroso—. Son los informes financieros de los últimos tres trimestres, los contratos de los proveedores principales y los estatutos de la fusión coreana. Dijo que... cito textualmente "Que empiece a ganarse el sueldo".
Sonreí internamente. Maximilian estaba tratando de enterrarme en trabajo administrativo para mantenerme ocupada y lejos de él. Ingenuo.
—Gracias, Sarah. Puedes retirarte.
Me senté en la silla de cuero ergonómica, sintiendo el roce de la tela de mi falda de tubo negra contra mis muslos.
Empecé a leer. La mañana transcurrió entre números, gráficos y cláusulas legales. A pesar de la distracción de mis pensamientos, mi mente funcionaba con la precisión de un reloj suizo.
La disciplina que me habían impuesto en los internados me servía ahora para asimilar la información con rapidez. Estaba decidida a demostrarle a Maximilian que no era solo una cara bonita con curvas de infarto; era una Vallenari, y los negocios estaban en mi sangre.
A mediodía, el estómago me rugió. Cerré la última carpeta y me levanté, alisando mi falda. Estaba decidida a salir a almorzar, a tomar un poco de aire y despejar mi mente de la imagen de esos antebrazos tatuados que no dejaban de aparecer entre línea y línea de los contratos.
Justo cuando estaba por llegar a la puerta, su voz, proyectada a través del intercomunicador de la oficina, me detuvo en seco.
—Vallenari. A mi despacho. Ahora.
La orden fue seca, militar, sin rastro de cortesía.
Sentí un estremecimiento familiar recorriendo mi columna. Esa voz... tenía el poder de hacerme temblar y humedecer al mismo tiempo.
Caminé hacia su oficina, que estaba al final del pasillo. No llamé. Empujé las puertas dobles y entré. Maximilian estaba sentado tras su inmenso escritorio de cristal, con la mirada fija en unos documentos. Llevaba una camisa gris oscuro, impecablemente planchada, que marcaba la amplitud de sus hombros y el relieve de su pecho musculoso. Los tatuajes de sus muñecas asomaban bajo los puños de la camisa.
Al verme entrar, levantó la vista. Sus ojos grises, gélidos y escrutadores, me recorrieron de arriba abajo. Fue una inspección táctica, desprovista de emoción, pero que hizo que mi piel se erizara. Se detuvo en mi escote, en la curva de mi cintura, en mis labios.
—Siéntate —dijo, señalando la silla frente a él con un gesto vago de la mano.
Me senté, cruzando las piernas y dejando que la falda se abriera un poco, revelando más piel de la necesaria. Él no se inmutó.—¿Cómo va tu día, Gia? —preguntó, y su tono era casi insultante por lo formal—. ¿Estás abrumada por la realidad del mundo empresarial o ya estás lista para admitir que esto te queda grande?
Lo miré fijamente, sosteniendo su mirada de acero.
—Va bien, Maximilian —respondí, suavizando mi voz, dándole un tono sedoso—. He revisado los informes financieros. Tienes un problema de liquidez en la filial de Milán y el contrato con el proveedor de logística de Seúl tiene una cláusula de penalización que no habías notado. He preparado un resumen completo y algunas propuestas de solución.
Vi un destello de sorpresa en sus ojos. No esperaba que fuera tan eficiente. Se reclinó en su silla, entrelazando sus dedos tatuados sobre el escritorio.
—Impresionante. Parece que no eres tan inútil como pensaba.
—No, no lo soy. Soy muy útil, Maximilian, de hecho soy práctica. Anoche... anoche decidí que estos dos meses serían muy interesantes.
Decidí que no iba a esperar más. El momento era ahora. Me levanté de la silla de un movimiento grácil y rodeé el escritorio. Él no movió ni un músculo, pero vi cómo su mandíbula se tensaba y cómo sus ojos grises seguían cada uno de mis movimientos.
Me detuve a su lado, tan cerca que podía oler su perfume: cuero, tabaco, madera y un toque metálico que me volvía loca. El calor que emanaba de su cuerpo era sofocante, magnético.—He aprendido mucho sobre la empresa esta mañana —dije, bajando el tono de voz, haciéndola casi un susurro—. Pero hay algo que no está en los informes. Algo que quiero aprender de ti.
Apoyé una mano en su hombro, sintiendo la dureza de su músculo a través de la tela de la camisa. Mi otra mano viajó por su pecho, acariciando la línea de su esternón, imaginando cómo sería lamer esa piel, saborear el sudor y el poder que emanaba de él.
Él respiró hondo. Su pecho subió y bajó bajo mi mano. Pude sentir cómo su ritmo cardíaco se aceleraba.
—¿Qué estás haciendo, Gia? —preguntó, y su voz sonaba ronca, peligrosa.
—Negociando, Maximilian —respondí, inclinándome hacia él. Mi rostro estaba a solo unos centímetros del suyo. Podía ver el detalle de la cicatriz en su mandíbula, las líneas negras de los tatuajes en su cuello—. Quiero mi treinta por ciento. Y te quiero a ti.
Me incliné un poco más y susurré la palabra que sabía que lo había vuelto loco está mañana.—Papi...
Fue como si hubiera activado un detonador.
Maximilian se levantó de la silla con una violencia que hizo que el mueble rodara hacia atrás. Sus ojos grises estaban llenos de una furia gélida, pero también de un deseo brutal que no pudo ocultar.
Me tomó por los hombros, apretando con fuerza, casi con dolor.
—¡Basta! —rugí, y su voz resonó en las paredes de la oficina—. No me llames así. No sabes lo que estás diciendo, niña. Soy tu padrastro. Fui el esposo de tu madre.
No me asusté. No retrocedí. Me quedé allí, mirándolo fijamente, desafiándolo con la verdad que ambos sabíamos.
—No eres mi padrastro, Maximilian. El vínculo legal murió con mi madre. — Ya te lo he dicho está mañana — Eres un hombre de cuarenta años, viudo y yo soy una mujer adulta, soltera.
Toma valor y lo besé.
Fue un beso impulsivo, cargado de toda la tensión acumulada de las últimas veinticuatro horas. Mis labios buscaron los suyos con desesperación, con un hambre que me sorprendió a mí misma. Pero él reaccionó de inmediato. Me separó bruscamente, empujándome hacia atrás hasta que choqué contra la pared.
—¡No! —dijo, respirando con dificultad, con el rostro rojo de rabia y deseo—. No juegues conmigo, Gia Vallenari. No tienes idea de con quién te estás metiendo. Aquí soy tu jefe. Soy la autoridad. Soy tu padrastro. Y exijo respeto.
—No estoy jugando, Maximilian. Estoy negociando. Dos meses. Dos meses de entrenamiento... y de deseo prohibido. Nadie tiene por qué saberlo. Solo quedará entre nosotros. Tú tendrás el control total en mi y yo tendré mi porcentaje,.mi libertad... y a ti.
Me volví a acercar a él. Él estaba acorralado contra su escritorio, con las manos apoyadas en el cristal, respirando como un animal herido. Volví a besarlo.
Esta vez, no me separó. Cedió.
Su boca se abrió bajo la mía, aceptando mi lengua con una ferocidad que me hizo gemir. Fue un beso brutal, posesivo, cargado de una rabia y un deseo que me dejaron sin aliento.
Sus manos tatuadas y poderosas bajaron por mi espalda, apretándome contra su cuerpo militar y musculoso. Sentí su rigidez contra mi vientre bajo, una pulsación dolorosa que me hizo temblar.
Acaricié su pecho, sintiendo los músculos tensos a través de la ropa.
Entre besos, él susurró, con voz entrecortada
—Esto está muy mal, Gia. Muy mal. No podemos...
—¿Según quién, Maximilian? —respondí, jadeando en su boca—. ¿Según quién está mal? Nadie tiene por qué saberlo. Solo quedará entre nosotros. Dos meses. Sesenta días de deseo prohibido.
Él se separó de mí unos centímetros, mirándome a los ojos con una intensidad que me hizo estremecer. Vi la lucha interna en su mirada de acero, la batalla entre la moral y el deseo brutal que lo consumía.
Finalmente, asintió. Un gesto sutil, casi imperceptible, pero que selló nuestro destino.
—Dos meses, Gia Vallenari.
Volvió a besarme, pero esta vez, el beso fue diferente. No fue un acto de rabia, sino de aceptación. Sus labios eran más suaves, más exigentes, y me sabían a cuero y tabaco. Sus manos tatuadas y poderosas recorrieron mi cuerpo con una posesividad que me hizo gemir de puro placer.
De repente, se separó de mí.
Me miró a los ojos con una sonrisa pecaminosa que me hizo temblar. Levantó una de sus manos tatuadas y poderosas y, sin previo aviso, me azotó la nalga derecha.
Gimí en su boca, un sonido de puro placer y sumisión que me dejó sin aliento. La sorpresa, el dolor y el deseo se mezclaron en mí, creando una explosión de sensaciones que me hicieron temblar.
Él me miró a los ojos con una sonrisa de victoria.—Ahora, vuelve a trabajar, Vallenari. Tienes mucho que aprender y te aseguro que está noche aprenderás mucho más.
Me alejé de él, sintiendo el calor de su cuerpo irradiando hacia el mío. Me sentía obediente, feliz y... sumisa.
Había conseguido lo que quería. Y el entrenamiento de Maximilian Von Stein estaba a punto de volverse mucho más interesante. Salí de su oficina con las piernas temblorosas, pero con una sonrisa de triunfo en los labios. La batalla había comenzado, y yo estaba decidida a ganarla