Capitulo 04

2052 Words
Gia Vallenari ​Salí de la empresa con una sonrisa que no podía ocultar, ni siquiera ante la mirada de pánico de Sarah cuando pasé por su escritorio. El aire de la tarde golpeó mi rostro y se sintió como una victoria. Al subirme a mi Alfa Romeo, el cuero del asiento pareció quemar mis muslos a través de la falda, pero no era el sol; era la anticipación. Mis dedos tamborileaban en el volante mientras conducía hacia el hotel para recoger lo poco que me quedaba allí. Mi plan estaba funcionando. No, estaba funcionando mejor de lo que jamás imaginé. Había logrado que el implacable Maximilian Von Stein, el hombre de hielo, me azotara en su oficina y aceptara un pacto de lujuria silenciosa. ​Él creía que estaba accediendo a mis términos por una cuestión de negocios, pero yo sabía la verdad: lo tenía muerto de hambre. Lo vi en sus ojos grises cuando se hundieron en mi escote, lo sentí en el temblor de sus manos cuando me separó tras ese beso. Maximilian no solo me deseaba; me necesitaba para purgar esa tensión militar que lo mantenía siempre al borde del colapso. ​Llegué al hotel, metí mi ropa en las maletas sin ningún orden y firmé el check-out con una rapidez eléctrica. Diez minutos después, ya estaba entrando por los portones de hierro de la mansión Von Stein. Al estacionar y entrar en la casa, el olor a su perfume —cuero, cedro y autoridad— me envolvió. ​Subí a la planta superior. Al llegar a mi antigua habitación, me detuve en el umbral. El rosa de las paredes todavía estaba allí, ese tono virginal que tanto odiaba porque me recordaba a la niña obediente que nunca fui. Pero el mueble principal había cambiado. En el centro, una cama King size, imponente y vestida con sábanas de seda gris oscuro, dominaba el espacio. ​—Espero que sea de tu agrado. ​Me giré sobresaltada. Maximilian estaba apoyado en el marco de la puerta que conectaba con el pasillo. Tenía la camisa desabrochada por arriba y los puños remangados, revelando la tinta oscura de sus tatuajes. ​—Es perfecta —respondí, dejando mis maletas en el suelo—. Mucho más cómoda que la del internado. ​Él dio un paso al frente, su presencia llenando la habitación. Su mirada recorrió mi cuerpo con una intensidad depredadora que me hizo humedecer al instante. ​—Hay una regla más, Gia —dijo, y su voz bajó una octava, volviéndose una caricia peligrosa—. Esta puerta nunca se cierra. No hay cerraduras para ti en esta casa. Si quiero supervisar tu "entrenamiento" a medianoche, lo haré. Si quiero entrar mientras duermes, entraré. Aquí no tienes secretos para mí. ​Un escalofrío me recorrió la columna. No era miedo; era una excitación tan pura que casi me hizo tambalear. ​—Entendido, Papi —susurré. ​Él tensó la mandíbula, un músculo saltando en su mejilla. Me miró un segundo más, como si estuviera debatiendo si tomarme allí mismo contra la pared rosa, pero finalmente dio media vuelta y se fue, dejándome sola con el eco de sus pasos. ​Me sentí triunfante. Todo estaba saliendo según mi plan. Me desnudé con lentitud, dejando que la ropa cayera al suelo como pétalos marchitos, y entré en el baño. Encendí la bañera, dejando que el agua casi hirviendo llenara la estancia de vapor. Me sumergí, cerrando los ojos y dejando que el calor relajara mis músculos, imaginando cómo serían esas sábanas grises sobre mi piel. Me pasé la esponja por el cuerpo con parsimonia, deteniéndome en mis pechos, rozando mis propios pezones hasta que se pusieron rígidos. Pero no me toqué más. No quería conformarme con mis dedos. Quería a Maximilian. ​Salí envuelta en una bata de baño de rizo blanco, gruesa y suave. Me senté en la cama y tomé mis cremas, empezando a extender la loción por mis piernas largas, disfrutando del brillo que dejaba en mis muslos. El silencio de la mansión era denso, expectante. ​La puerta se abrió. No hubo llamado, solo el roce de la madera. Maximilian entró. Se había quitado la corbata y la camisa colgaba abierta, mostrando su pecho ancho, cubierto de vello oscuro y músculos tallados por años de rigor. ​—Me disculpo por entrar así —dijo, aunque su mirada decía lo contrario—. Quería entregarte esto. ​Tenía un fajo de documentos, pero sus ojos no estaban en el papel. Estaban en el cruce de mis piernas. Me levanté lentamente, dejando que la bata se deslizara un poco, revelando el inicio de la curva de mis caderas. El deseo por él me quemaba. Me acerqué, acortando la distancia hasta que pude oler su virilidad mezclada con el jabón. ​—Maximilian... recuerda nuestro trato —susurré, llevando mis manos al cinturón de la bata—. Dijiste que esta noche aprendería mucho más. ​Desaté el nudo. La bata cayó al suelo con un susurro, dejándome completamente desnuda frente a él bajo la luz tenue de las lámparas. Vi cómo sus ojos se dilataban. Su respiración se volvió pesada, rítmica. Una duda cruzó mi mente: ¿Debería decirle que era virgen? Sabía que si se lo decía, su instinto de protección de exmilitar, ese residuo de moralidad que aún conservaba por ser mi padrastro, lo haría retroceder. Me vería como algo frágil. Y yo no quería ser cuidada; quería ser poseída, quería que me destrozara la inocencia. Guardé el secreto en mi garganta y lo ataqué. ​Lo besé con una ferocidad que lo hizo retroceder un paso. Mis labios buscaron los suyos con hambre, con desesperación. Él gruñó, un sonido animal que salió desde lo más profundo de su pecho, y sus manos, grandes y callosas, se cerraron sobre mis glúteos con una fuerza posesiva que me hizo soltar un gemido. Me levantó en vilo, y yo rodeé su cintura con mis piernas, sintiendo su m*****o, masivo y erecto, presionando contra mi entrada a través de su pantalón. ​—Estoy húmeda para ti, Papi —le susurré al oído, rozando mi lengua contra su lóbulo—. Llévame a la cama. Ahora. ​Él no necesitó que se lo dijera dos veces. Me lanzó sobre las sábanas de seda gris y se deshizo de su ropa con una urgencia brutal. Verlo desnudo fue una revelación: era una máquina de guerra hecha de carne y tinta. Su erección era imponente, una promesa de placer y dolor que me hizo temblar. ​Se lanzó sobre mí, cubriendo mi cuerpo con el suyo. Me besó con una pasión que me dejó sin aire, mientras sus manos recorrían mi cuerpo como si estuviera reclamando un territorio conquistado. Sus dedos se cerraron sobre mis senos, apretándolos con fuerza, y luego bajó su cabeza para morder mi piel, justo sobre mi corazón. El pequeño pinchazo de dolor se transformó en una ola de calor que bajó directo a mi sexo. ​—Gia... maldita sea —gruñó él, su voz ronca de pura lujuria. ​Bajó por mi cuerpo, besando mi vientre, mi ombligo, hasta que sus manos abrieron mis muslos de par en par. Miré hacia abajo, viendo su cabeza cobriza desaparecer entre mis piernas. Cuando su lengua tocó mi clítoris, grité de excitación, arqueando la espalda tanto que mis hombros se enterraron en el colchón. ​Maximilian empezó a jugar con mi clítoris con una maestría que mis dedos jamás habían logrado. Su lengua trazaba círculos frenéticos mientras sus dedos entraban y salían de mí, preparando el camino. El placer era tan agudo, tan punzante, que empecé a soltar gemidos incoherentes. ​—¡Más, Maximilian! ¡Ahí, por favor! —supliqué, mientras él succionaba mi pequeño botón de placer, haciéndome ver estrellas. ​Sentía cómo el orgasmo empezaba a formarse, una presión insoportable, pero él se detuvo justo antes de que llegara al borde. Se posicionó sobre mí, sus brazos como columnas de acero sosteniendo su peso. Me miró fijamente a los ojos, con una intensidad que me hizo sentir desnuda hasta el alma. ​—Mírame, Gia —ordenó—. Quiero que sepas exactamente quién te está tomando. ​Guio su m*****o hacia mi entrada. Lo sentí, masivo y ardiente, presionando contra mi delicado tejido. Cuando empujó para entrar, un grito de dolor real escapó de mis labios. El desgarro de mi himen fue un pinchazo agudo que me hizo tensar todos los músculos. ​Maximilian se detuvo en seco, con los ojos abiertos de par en par. ​—¿Gia? —susurró, su voz llena de un shock repentino—. Estás... maldita sea, eres virgen. No lo sabía. ​Intentó retroceder, su rostro desencajado por una mezcla de culpa y horror, pero yo no se lo permití. Envolví mis piernas alrededor de su cintura, anclándolo dentro de mí, y clavé mis uñas en su espalda tatuada. ​—No te atrevas a salir —le espeté, jadeando, mientras el dolor empezaba a mezclarse con un calor sordo—. No te detengas ahora. Termina lo que empezaste. ​Él cerró los ojos con fuerza y soltó un gruñido que hizo vibrar todo su cuerpo. ​—Deberías habérmelo dicho —gruñó, pero ya era tarde. El animal en él había olido la sangre y el deseo. ​Empezó a moverse con una lentitud tortuosa, dándome tiempo a acostumbrarme a su tamaño. Poco a poco, el dolor se transformó en una plenitud que nunca había experimentado. Cada vez que su pelvis chocaba contra la mía, el placer subía por mi espina dorsal. Empecé a gemir de nuevo, pero esta vez eran sonidos de puro éxtasis. ​—Eso es... Papi, sí... —murmuré, perdiendo la cordura. ​Al escuchar esa palabra, Maximilian perdió el último rastro de autocontrol. Sus embestidas se volvieron fuertes, ricas y profundas. Me penetraba con una cadencia militar, rítmica y despiadada. Mis pechos saltaban con cada impacto, y él se inclinó para atrapar uno con su boca, succionando el pezón mientras me embestía con más fuerza. ​—¡Oh Dios, Maximilian! ¡Grité de placer, mi voz resonando en las paredes rosas de la habitación que ya no era de una niña. ​Me sentía abierta, reclamada, poseída por un hombre que sabía exactamente cómo llevarme al límite. Sentía esa línea delgada entre el dolor de su tamaño y el placer de su fuerza, y me encantaba. Era adictivo. Quería que me llenara, que me marcara por dentro. ​—¡Más fuerte! —le exigí, golpeando mis talones contra su espalda. ​Él aumentó la velocidad. Sus gruñidos se mezclaban con mis gritos de placer. Cada embestida me empujaba un poco más hacia el colchón, haciéndome sentir pequeña pero increíblemente poderosa por haber provocado esta tormenta en él. Podía sentir cómo sus músculos se tensaban al límite, cómo su piel sudorosa resbalaba contra la mía. ​—Eres mía, Gia —gruñó él en mi oído, su aliento quemándome la piel—. Mía para disciplinar, mía para follar. ​—¡Sí! ¡Soy tuya, Papi! —grité, sintiendo cómo el clímax se acercaba como una ola gigante. ​El placer estalló en mi vientre con una fuerza que me hizo perder el conocimiento por un segundo. Mis paredes internas se contrajeron violentamente alrededor de él, succionándolo, mientras él soltaba un rugido gutural y se corría dentro de mí con una fuerza que me hizo arquear la espalda por última vez. ​Maximilian se derrumbó sobre mí, con el pecho agitado y el corazón latiendo desbocado contra el mío. El silencio volvió a la habitación, solo interrumpido por nuestras respiraciones entrecortadas. Me sentía vacía y llena al mismo tiempo, marcada para siempre por el hombre que se suponía que debía protegerme y que ahora era el dueño de cada uno de mis gemidos. ​Había perdido mi inocencia en una cama gris carbón, rodeada de paredes rosas, bajo el peso del hombre más prohibido de mi mundo. Y mientras sentía su calor dentro de mí, supe que este era solo el comienzo de mi verdadera educación. Maximilian Von Stein me había dado mi primera lección de sumisión, y yo estaba ansiosa por la siguiente.
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