Gia Von Stein El estruendo del silencio en el pequeño baño contiguo a mi oficina era ensordecedor, roto solo por el sonido del agua corriendo en el lavabo de mármol n***o. Todavía podía sentir el rastro del placer, ese hormigueo eléctrico residual que mis piernas, aún temblorosas, se negaban a olvidar. Max estaba detrás de mí, su presencia rodeándome, un muro de calor que me recordaba la intensidad brutal de los minutos anteriores sobre el escritorio. Me miré en el espejo. Mis labios estaban hinchados, con ese color rojo vivo que delataba sus mordiscos posesivos. Mi cabello, antes perfectamente peinado en un moño elegante, estaba desordenado, con mechones escapándose de su sujeción. Pero lo que más me impactó fue mi mirada. Había una chispa en mis ojos que no reconocía; una mezcla de

