Gia Von Stein El ardor en mi mejilla no era solo físico era una combustión interna que estaba incinerando hasta el último rastro de la niña dócil que los Vallenari habían intentado esculpir en aquellos internados gélidos. Por un segundo, el mundo se detuvo, el zumbido en mis oídos era el único sonido, y el sabor metálico de la sangre en mi boca me recordó que estaba viva, que ya no era una espectadora de mi propia tragedia. Antonieta me miraba con una mezcla de triunfo y asco, su pecho subiendo y bajando bajo la seda de su traje de diseñador. Creía que me había quebrado. Creía que yo era como Nina, una mujer que se desmoronaba ante el juicio social o el golpe físico. Se equivocaba, me habían criado para ser fría, calculadora, para que solo me importara mis intereses. No lo pensé. No

