Gia Vallenari El coche se detuvo frente a la imponente fachada de la mansión de mis abuelos, y por un segundo, me sentí como si el tiempo hubiera retrocedido diez años. Esta casa, con sus muros de piedra fría y sus jardines perfectamente podados, fue mi prisión y mi refugio durante la mitad de mi infancia, en esos breves y gélidos intervalos en los que no estaba confinada en un internado suizo. Cada ventana parecía una mirada juzgadora, recordándome que aquí no se venía a ser feliz, sino a ser una Vallenari. Bajé del coche sintiendo que mis piernas pesaban una tonelada. El aire de la noche era fresco, pero yo sentía un calor sofocante subiendo por mi cuello. Caminé hacia la entrada, cada paso resonando en el mármol como un martillazo. Al tocar la puerta, me recibió una de las empleada

