Adamo Bebo un sorbo de mi café de las mañanas sin ser capaz de apartar la mirada de la rubia que descansa en la cama. Su cuerpo yace desnudo apenas cubierto por la sábana blanca enredada entre sus largas piernas, pasando por su vientre plano, cubriendo su trasero y parte de su torso desnudo. Su suave y largo cabello dorado descansa esparcido por la almohada. Luce como una Diosa. Su rostro está descubierto dejandome divisar sus espesas pestañas y perfectas cejas, su naríz recta, el suave rubor en sus mejillas y aquella boca que se volvió mi perdición. Sus labios son de un tono rojizo tan apetecible y dulces como la manzana a la que no puedes resistirte a probar aún sabiendo que te condenará. Incluso despertando cada mañana con esa imágen nunca tendría suficiente, saciarte de Brooklyn es

