Mía Valentina Belmont El sonido de la pluma estilográfica al deslizarse sobre el papel fue lo único que rompió el silencio sepulcral del despacho. Fue un sonido sibilante, casi como el de una cuchilla cortando seda. Al terminar el trazo de mi firma, sentí que una parte de mi alma se quedaba allí, atrapada en la tinta negra, vinculada para siempre a los términos y condiciones de un hombre que no conocía la piedad. —¡Excelente! —la voz de mi padre estalló en la habitación, cargada de un alivio que me resultó insultante—. ¡Simplemente excelente! Sabía que entrarías en razón, Mía. Sabía que el sentido del deber de una Belmont prevalecería. Me quedé mirando el papel, incapaz de levantar la vista. Mi padre se acercó al escritorio con una energía que no le había visto en meses. Su rostro

