Mía Valentina Belmont El trayecto de vuelta fue un borrón de asfalto y rascacielos. Sentía que el volante quemaba mis manos y que cada semáforo en rojo era una pausa innecesaria que me obligaba a pensar. Al llegar, subí por el ascensor en un silencio que me zumbaba en los oídos. Al entrar a mi nuevo hogar, la inmensidad del salón vacío me recibió con una frialdad que calaba los huesos. Dejé las llaves sobre la encimera de mármol de la cocina y me despojé de la chaqueta del traje sastre. Mis hombros estaban tensos, cargando con el peso muerto de una empresa quebrada y un apellido que se desmoronaba. Me serví un vaso de agua con manos temblorosas y me quedé mirando la ciudad a través del ventanal. Allí abajo, el coche n***o seguía estacionado, una sombra fiel y aterradora que no me qu

