Mía Valentina Belmont El despertador no tuvo que sonar. Mis ojos se abrieron mucho antes de que la luz del alba lograra atravesar los ventanales del Penthouse, ese refugio que anoche sentí como una fortaleza y que hoy, bajo la fría claridad de la mañana, parecía más una vitrina. Me quedé inmóvil sobre las sábanas de seda, mirando el techo alto y liso, sintiendo el peso de un mundo que no me pertenecía. El silencio era absoluto, roto solo por el zumbido lejano de la ciudad que comenzaba a despertar. Me levanté con movimientos mecánicos, como si mi cuerpo fuera una máquina operada por una voluntad ajena en el baño, el mármol blanco se sentía gélido bajo mis pies descalzos. Abrí la llave de la ducha y dejé que el agua, casi hirviendo, golpeara mi espalda cerré los ojos, intentando q

