Mía Valentina Belmont El silencio en la habitación del hotel era tan denso que podía escuchar el latido errático de mi propio corazón. Tras la partida de Aleksandr, el aire parecía haber quedado impregnado de su esencia: una mezcla de sándalo, tabaco caro y una autoridad que me asfixiaba. Me quedé sentada en el borde de la cama, mirando mis manos temblorosas. Los Belmont siempre nos habíamos jactado de nuestra sangre azul, de nuestra solvencia moral y financiera, pero ahora me daba cuenta de que todo era una fachada de papel maché a punto de colapsar bajo la lluvia de la realidad. Me sentía como si estuviera en el fondo de un pozo, mirando hacia arriba y viendo cómo las personas que debían amarme me arrojaban paladas de tierra primero Andrés, luego Aleksandr con su verdad brutal, y f

